La breve vida feliz de Francis Macomber / Ernest Hemingway

Era hora de comer y estaban sentados bajo la doble lona verde de la tienda comedor, fingiendo que no había pasado nada. —¿Queréis zumo de lima o limonada? —preguntó Macomber.
—Yo tomaré un gimlet —le dijo Robert Wilson.
—Yo también tomaré un gimlet. Necesito tomar algo —dijo la mujer de Macomber.
—Supongo que es lo mejor —coincidió Macomber—. Dígale que prepare tres gimlets.
El criado ya había comenzado a prepararlos, sacando las botellas de las bolsas de lona isotérmicas, empapadas de humedad en el viento que soplaba a través de los árboles que sombreaban las tiendas.
—¿Qué debería darles? —preguntó Macomber.
—Una libra sería más que suficiente —le dijo Wilson—. No querrá malcriarlos.
—¿El capataz lo repartirá?
—Desde luego.
Media hora antes Francis Macomber había sido triunfalmente transportado hasta su tienda, desde los límites del campamento, a hombros y brazos del cocinero, los criados, el despellejador y los porteadores. Los porteadores de armas no habían tomado parte en el desfile. Cuando los muchachos nativos lo depositaron en el suelo a la puerta de su tienda, Macomber les estrechó a todos la mano, recibió sus felicitaciones y luego entró y se sentó en la cama hasta que llegó su mujer. Cuando ella entró no le dijo nada, él salió de la tienda enseguida para lavarse la cara y las manos en la jofaina portátil que había fuera y dirigirse luego a la tienda comedor, donde se sentó en una cómoda silla de lona a la brisa y a la sombra.
—Ya ha conseguido su león —le dijo Robert Wilson—, y un león condenadamente bueno.
La señora Macomber se volvió rauda hacia Wilson. Era una mujer extremadamente guapa y bien conservada, poseía la belleza y posición social que cinco años atrás le habían permitido exigir cinco mil dólares para promocionar, con fotografías, un producto de belleza que nunca había utilizado. Llevaba once años casada con Francis Macomber.
—Era un buen león, ¿verdad? —dijo Francis Macomber. Ahora su esposa le miraba. Miraba a los dos hombres como si nunca los hubiera visto.
A uno, Wilson, el cazador profesional, sabía que no lo había visto antes de emprender el safari. Era de estatura mediana y pelo pajizo, bigotillo de pelos cortos y tiesos, la cara muy roja y unos ojos extremadamente azules con unas arruguillas blancas en las comisuras que se hacían más profundas cuando sonreía. Ahora él le sonreía, y ella apartó la mirada de su cara y la dirigió a la caída de sus hombros bajo la chaqueta holgada que llevaba, con cuatro grandes cartuchos en las presillas donde debería haber habido el bolsillo izquierdo, a sus manos grandes y morenas, a sus pantalones viejos, sus botas muy sucias, y luego volvió a su cara roja. Se fijó en  que el rojo recocido de su cara quedaba delimitado por una línea blanca que señalaba la frontera de su sombrero Stetson, que ahora colgaba de uno de los colgadores del palo de la tienda.
—Bueno, por el león —dijo Robert Wilson. Volvió a sonreír a la señora Macomber, y esta, sin sonreír, miró con curiosidad a su marido.
Francis Macomber era muy alto, muy bien formado si no te importaba que tuviera los huesos tan largos, atezado, con el pelo rapado como un galeote, labios bastante finos, y se le consideraba un hombre apuesto. Llevaba la misma clase de ropas de safari que Wilson, solo que las suyas eran nuevas. Tenía treinta y cinco años, se mantenía muy en forma, era buen deportista, poseía varios récords de pesca mayor, y acababa de demostrarse a sí mismo, a la vista de todo el mundo, que era un cobarde.
—Por el león —dijo—. Nunca podré agradecerle lo que hizo. Margaret, su esposa, apartó la mirada de él y la dirigió a Wilson.
—No hablemos del león —dijo ella.
Wilson le dirigió una mirada sin sonreír y ahora fue ella quien le sonrió.
—Ha sido un día muy raro —dijo—. ¿No debería llevar el sombrero puesto aunque estemos debajo de una lona? Me lo dijo usted, por si no lo recuerda.
—Puede que me lo ponga —dijo Wilson.
—Sabe que tiene la cara muy roja, señor Wilson —le dijo ella, y volvió a sonreír.
—La bebida —dijo Wilson.
—No lo creo —dijo ella—. Francis bebe mucho, pero la cara nunca se le pone roja.
—Hoy está roja —dijo Macomber intentando hacer un chiste.
—No —dijo Margaret—. La mía es la que está hoy roja. Pero la del señor Wilson lo está siempre.
—Debe de ser una cuestión racial —dijo Wilson—. Y digo yo, ¿qué les parece si dejamos de hablar de mi belleza?
—Pero si acabo de empezar.
—Pues vamos a dejarlo —dijo Wilson.
—La conversación va a ser difícil —dijo Margaret.
—No seas tonta, Margot —dijo su marido.
—De difícil nada —dijo Wilson—. Ha conseguido un león magnífico.
Margot los miró a los dos, y ambos se dieron cuenta de que estaba a punto de llorar. Wilson hacía ya rato que se lo veía venir, y le aterraba. Pero Macomber ya había superado ese terror.
—Ojalá no hubiera ocurrido. Oh, ojalá no hubiera ocurrido —dijo ella, y se dirigió a su tienda. No emitió ningún sonido, pero los dos vieron que le temblaban los hombros bajo la camisa de color rosa, resistente al sol.
—Las mujeres se disgustan —le dijo Wilson al hombre alto—. En realidad no ha sido nada. Los nervios demasiado tensos, y una cosa y otra…
—No —dijo Macomber—. Supongo que ahora llevaré esa cruz el resto de mi vida.
—Tonterías. Tomemos una copa de este matagigantes —dijo Wilson—. Olvídelo todo. No ha sido nada.
—Lo intentaremos —dijo Macomber—. De todos modos, nunca olvidaré lo que hizo por mí.
—Nada —dijo Wilson—. Tonterías.
De modo que se quedaron sentados a la sombra. Habían instalado el campamento bajo unas acacias de ancha copa, y detrás de ellos había un precipicio salpicado de rocas, delante una extensión de hierba que iba hasta la orilla de un arroyo lleno de rocas, y más allá un bosque. Tomaron sus bebidas de lima, enfriadas al punto, y evitaron mirarse a los ojos mientras los criados preparaban la mesa para comer. Wilson se dio cuenta de que todos los criados ya estaban al corriente, y cuando vio al criado personal de Macomber mirando a su amo lleno de curiosidad mientras ponía los platos en la mesa le espetó unas palabras en swahili. El chico apartó la mirada. Estaba pálido.
—¿Qué le estaba diciendo? —preguntó Macomber.
—Nada. Le he dicho que se espabilara o me encargaría de que le dieran quince de los buenos.
—¿Quince qué? ¿Azotes?
—Es ilegal —dijo Wilson—. Se supone que debemos multarlos.
—¿Y usted aún los azota?
—Oh, sí. Si decidieran quejarse armarían un follón de mil demonios. Pero no se quejan. Lo prefieran a las multas.
—¡Qué raro! —dijo Macomber.
—No, la verdad es que no es raro —dijo Wilson—. Usted, ¿qué preferiría, perder el sueldo o que le dieran unos buenos azotes?
Pero enseguida se avergonzó de haberle hecho aquella pregunta, y antes de que Macomber pudiera contestar añadió:
—A todos nos dan una paliza todos los días, sabe, de uno u otro modo.
Eso tampoco lo arregló. Dios mío, se dijo. Qué diplomático
soy.
—Sí, a todos nos dan una paliza —dijo Macomber, todavía sin mirarle—. Siento muchísimo lo del león. No tiene por qué salir de aquí, ¿verdad? Quiero decir que nadie tiene por qué enterarse, ¿no cree?
—¿Quiere decir si lo contaré en el Mathaiga Club? —Ahora Wilson lo miraba fríamente. No se esperaba eso. Así que además de un maldito cobarde es un maldito cabrón, se dijo. Me caía bastante bien hasta hoy. Pero con los americanos nunca se sabe.
—No —dijo Wilson—. Soy un cazador profesional. Nunca hablamos de nuestros clientes. Puede estar tranquilo por lo que a eso respecta. Además, se supone que es de mal tono pedirnos que no hablemos.
Acababa de decidir que lo mip fácil sería romper cualquier asomo de amistad. Comería solo, y durante las comidas podría leer. Todos comerían solos. Durante el safari mantendría con ellos esa relación más formal —¿cómo lo llamaban los franceses?, distinguida consideración— y sería muchísimo más fácil que tener que pasar por toda esa basura emocional. Le insultaría y romperían limpiamente su amistad. Luego podría leer algún libro a la hora de comer y seguiría bebiéndose el whisky de los Macomber. Esa era la frase adecuada para cuando un safari iba mal. Te topabas con otro cazador y le preguntabas: «¿Cómo va todo?», y él te contestaba: «Oh, todavía sigo bebiéndome su whisky», y sabías que todo se había ido al garete.
—Lo siento —dijo Macomber, y lo miró con esa cara de americano que seguiría siendo adolescente hasta que alcanzara la mediana edad, y Wilson observó su pelo cortado a cepillo, su mirada apenas furtiva, la hermosa nariz, sus finos labios y la apuesta barbilla—. Siento mucho no haberme dado cuenta. Hay muchas cosas que ignoro.
Qué podía hacer, pues, se dijo Wilson. Estaba a punto de acabar con aquella relación de una manera rápida y limpia, y el miserable se ponía a disculparse después de haberlo insultado.
—No se preocupe por lo que yo pueda decir —replicó Wil
son—. Tengo que ganarme la vida. Ya sabe que en África ninguna mujer falla cuando dispara a su león y ningún hombre blanco sale nunca por piernas.
—Pues yo salí corriendo como un conejo —dijo Macomber. Bueno, qué demonios había que hacer con un hombre que hablaba así, se preguntó Wilson.
Wilson miró a Macomber con sus ojos azules y apagados de quien sabe manejar una ametralladora y el otro le devolvió la sonrisa. Tenía una agradable sonrisa si no te fijabas en cómo lo delataban los ojos cuando estaba ofendido.
—A lo mejor puedo arreglarlo cuando cacemos búfalos —dijo Macomber—. Cazaremos búfalos, ¿verdad?
—Por la mañana, si quiere —le dijo Wilson. Tal vez se había equivocado. Desde luego, así era como había que tomárselo. Desde luego, no se sabía nunca con estos americanos. Ahora ya volvía a estar del lado de Macomber. Si conseguía olvidarse de esa mañana. Pero claro, no podía. Aquella había sido una mala mañana con ganas.
—Aquí viene la memsahib —dijo. Volvía de su tienda, parecía haberse refrescado y se la veía alegre y encantadora. Su cara era un óvalo perfecto, tan perfecto que esperabas que fuera estúpida. Pero no lo era, se dijo Wilson, no, no era estúpida.
—¿Cómo está el guapo señor Wilson de cara roja? ¿Te encuentras mejor, Francis, tesoro?
—Oh, mucho mejor —dijo Francis.
—Ya no quiero pensar más en eso —dijo Margaret, sentándose a la mesa—. ¿Qué más da que Francis sea bueno o no matando leones? No es su oficio. Es el oficio del señor Wilson. El señor Wilson impresiona bastante matando cualquier cosa. Usted mata cualquier cosa, ¿verdad?
—Oh, lo que sea —dijo Wilson—. Sencillamente, lo que sea. —Son las más duras del mundo; las más duras, las más crueles, las más depredadoras y las más atractivas, y sus hombres se han ablandado o se han quedado con los nervios destrozados mientras ellas se endurecían. ¿O es que solo escogen a los hombres que pueden manejar? Aunque a la edad en que se casan eso no pueden saberlo, se dijo Wilson. Dio gracias por haber aprobado ya la asignatura de las mujeres americanas, porque aquella era muy atractiva.
—Iremos a cazar búfalos por la mañana —le dijo a Margaret.
—Yo iré —dijo ella.
—No, no irá.
—Oh, sí, iré. ¿Puedo, Francis?
—¿Por qué no te quedas en el campamento?
—Por nada del mundo —dijo ella—. No me perdería algo como lo de hoy por nada del mundo.
Cuando Margaret se fue a llorar, estaba pensando Wilson, parecía una mujer estupenda de verdad. Parecía comprender, darse cuenta de las cosas, que se apenaba por él y por ella y que sabía cuál era realmente la situación. Está fuera veinte minutos y ahora vuelve recubierta de esa crueldad femenina americana. No hay quien pueda con ellas. Desde luego, no hay quien pueda con ellas
—Mañana montaremos otro numerito para ti —dijo Francis Macomber.
—Usted no viene —dijo Wilson.
—Está usted muy equivocado —le contestó ella—. Y tengo muchísimas ganas de verle actuar de nuevo. Esta mañana ha estado fabuloso, si es que es fabuloso volarle la cabeza a un animal.
—Aquí está la comida —dijo Wilson—. Está contenta, ¿verdad?
—¿Por qué no? No he venido aquí a bostezar.
—Bueno, no ha sido aburrido —dijo Wilson. Desde donde estaba podía ver las rocas del río y la orilla elevada del otro lado, con los árboles, y se acordó de lo ocurrido por la mañana.
—Oh, no —dijo ella—. Ha sido encantador. Y mañana. No sabe lo impaciente que estoy por salir mañana.
—Lo que le ofrece es alce africano —dijo Wilson.
—Son aquellos animales que parecen vacas y saltan como liebres, ¿verdad?
—Supongo que es una manera de describirlos —dijo Wilson. —La carne es muy buena —dijo Macomber.
—¿Lo has matado tú? —preguntó Margaret.
—Sí.
—No son peligrosos, ¿verdad?
—Solo si te caen encima —dijo Wilson.
—Me alegra saberlo.
—¿Por qué no dejas de joder, Margot? —dijo Macomber, cortando el bistec de alce africano y colocando un poco de puré de patata, salsa y zanahoria en el tenedor vuelto del revés que atravesaba el trozo de carne.
—Supongo que podré —dijo ella—, ya que lo has expresado tan finamente.
—Esta noche brindaremos con champán por el león —dijo Wilson—. A mediodía hace demasiado calor.
—Oh, el león —dijo Margot—. ¡Se me había olvidado el león!
Así que, se dijo Robert Wilson, lo que pasa es que ella le está tomando el pelo, ¿no? ¿O quizá es la manera que tiene de montar el numerito? ¿Cómo ha de comportarse una mujer cuando descubre que su marido es un maldito cobarde? Es condenadamente cruel, pero todas son crueles. Son las que mandan, desde luego, y para mandar a veces hay que ser cruel. Sin embargo, ya estoy hasta las narices de su maldito terrorismo.
—Tome un poco más de alce —le dijo a Margaret cortésmente.
Al caer la tarde Wilson y Macomber salieron en el vehículo con el conductor nativo y dos porteadores de armas. La señora Macomber se quedó en el campamento. Hacía demasiado calor para salir, dijo, ya los acompañaría por la mañana temprano. Cuando se alejaban, Wilson la vio de pie debajo del gran árbol, y le pareció más guapa que hermosa, con su cansa caqui levemente rosada, el pelo negro echado para atrás y recogido en una trenza en la nuca, su cutis tan lozano, se dijo, como si estuviera en Inglaterra. Los saludó con la mano cuando el coche se alejó a través de la llanura pantanosa de altas hierbas y giró para cruzar entre los árboles y adentrarse en las pequeñas colinas cubiertas de sabana.
En la sabana encontraron un rebaño de impalas, y salieron del coche y acecharon un viejo macho de cuernos largos y de gran envergadura, y Macomber lo mató con un meritorio disparo que derribó al animal a unos doscientos metros de distancia y puso al rebaño en desenfrenada huida, los animales saltando y encaramándose en las grupas de los que iban delante, con unos saltos en los que estiraban las largas piernas de una manera tan increíble que parecía que flotaran, como en los saltos que a veces se dan en sueños.
—Ha sido un buen disparo —dijo Wilson—. Son un objetivo pequeño.
—¿La cabeza vale la pena? —preguntó Macomber.
—Es excelente —le dijo Wilson—. Si dispara así no tendrá ningún problema.
—¿Cree que mañana encontraremos algún búfalo?
—Es muy posible. Salen a pacer a primera hora de la mañana, y con suerte podemos pillarlos en campo abierto.
—Me gustaría poder borrar lo del león —dijo Macomber—. No es muy agradable que tu esposa te vea hacer algo así.
Yo hubiera dicho que era aún más desagradable hacerlo, se dijo Wilson, con esposa o sin esposa, o hablar de ello tras haberlo hecho. Pero lo que dijo fue:
—Yo no pensaría más en eso. Cualquiera puede asustarse al ver un león por primera vez. Asunto concluido.
Pero aquella noche, después de la cena y un whisky con soda junto al fuego antes de irse a la cama, mientras Francis Macomber estaba echado en la cama y escuchaba los ruidos de la noche, no todo había concluido. Ni había concluido ni estaba empezando. Estaba ahí exactamente como había ocurrido, con algunas partes indeleblemente subrayadas, y él se sentía triste y avergonzado. Pero más que vergüenza sentía un miedo frío y hueco en su interior. El miedo seguía allí como un hueco frío y viscoso, y en el lugar que antes ocupaba su seguridad en sí mismo se abría un vacío, y eso le provocaba náuseas. Y ahora seguía con él.
Había comenzado la noche antes, cuando se despertó y oyó el león rugiendo en algún lugar inconcreto, río arriba. Era un sonido grave, rematado por una especie de gruñido mezclado con tos que parecía proceder de delante de su tienda, y cuando Francis Macomber se despertó en plena noche para oírlo tuvo miedo. Oía a su esposa respirando plácidamente, dormida. No había nadie a quien poder decirle que tenía miedo, con quien compartir el miedo, y echado, solo, ignoraba ese proverbio somalí que dice que un hombre valiente siempre le tiene miedo a un león tres veces; la primera vez que ve su rastro, la primera vez que lo oye rugir y la primera vez que se enfrenta a él. Por la mañana, mientras desayunaba a la luz de un farol en la tienda comedor, antes de que el sol saliera, el león volvió a rugir y Francis pensó que estaba en los limites del campamento.
—Parece un viejo —dijo Robert Wilson, levantando la mirada de sus arenques ahumados y su café—. Escuche cómo tose.
—¿Está muy cerca?
—Más o menos a un kilómetro y medio río arriba.
—¿Lo veremos?
—Echaremos un vistazo.
—¿Llega tan lejos su rugido? Se oye como si estuviera en el campamento.
—Se le puede oír desde muy lejías —dijo Robert Wilson—. Es curioso lo lejos que puede llegar. Esperemos que sea un gato que valga la pena cazar. Los criados dijeron que había uno muy grande por aquí.
—Si le disparo, ¿dónde debo apuntar para detenerle? —preguntó Macomber.
—Entre los hombros —dijo Wilson—. En el cuello si cree que podrá darle. Busque el hueso. Derríbelo.
—Espero darle en el lugar adecuado —dijo Macomber.
—Usted dispara muy bien —le dijo Wilson—. Tómese su tiempo. Asegure el tiro. El primero es el que cuenta.
—¿A qué distancia estará?
—No se sabe. En eso el león también dice la suya. No dispare hasta que esté lo bastante cerca para asegurar el tiro.
—¿A menos de cien metros? —preguntó Macomber. Wilson lo miró rápidamente.
—Cien metros está bien. Puede que tenga que ser un poco menos. No se arriesgue a disparar a más distancia. Cien metros es una distancia razonable. A esa distancia le dará siempre que quiera. Ahí viene la memsahib.
—Buenos días —dijo Margaret—. ¿Vamos a ir a por el león? —En cuanto acabe de desayunar —dijo Wilson—. ¿Cómo se siente? —De maravilla —dijo ella—. Estoy muy emocionada.
—Iré a supervisar que todo esté a punto. —Wilson se marchó. Cuando se iba, el león volvió a rugir.
—Viejo gruñón —dijo Wilson—. Te haremos callar.
—¿Qué pasa, Francis? —le preguntó su mujer.
—Nada —dijo Macomber.
—Sí, algo te pasa —dijo ella—. ¿Por qué estás tan alterado? —No me pasa nada —dijo él.
—Dímelo —dijo ella mirándolo—. ¿No te encuentras bien? —Son esos condenados rugidos —dijo—. Lleva así toda la noche, ¿sabes?
—¿Por qué no me has despertado? —dijo ella—. Me habría encantado oírlo.
—Tengo que matar a ese maldito animal —dijo Macomber, abatido.
—Bueno, para eso estás aquí, ¿no?
—Sí. Pero estoy nervioso. Oír esos rugidos me pone los nervios de punta.
—Bueno, pues como dijo Wilson, mátalo y acaba con esos rugidos.
—Sí, cariño —dijo Francis Macomber—. Es fácil de decir, ¿verdad?
—No tendrás miedo, ¿verdad?
—Claro que no. Pero estoy nervioso después de oírlo rugir toda la noche.
—Dispararás de maravilla y lo matarás —dijo ella—. Sé que lo harás. Estoy terriblemente ansiosa por verlo.
—Acaba tu desayuno y nos pondremos en marcha.
—Aún no es de día —dijo ella—. Es una hora ridícula. Justo en ese momento el león rugió con un gemido cavernoso, repentinamente gutural, una vibración ascendente que pareció sacudir el aire y acabó en un suspiro y en un gruñido intenso y cavernoso.
—Suena casi como si estuviera aquí —dijo la mujer de Macom
ber.
—Dios mío —dijo Macomber—. Odio ese condenado ruido. —Es de lo más impresionante.
—Impresionante. Es aterrador.
Robert Wilson apareció sonriegte con su Gibbs de calibre 505, feo, chato y de boca sorprendentemente grande.
—Vamos —dijo—. Su porteador de armas ya tiene el Springfield y el rifle de gran calibre. Todo está en el coche. ¿Lleva la munición?
—Sí.
—Estoy lista —dijo la mujer de Macomber.
—Hay que hacer que deje de armar tanto jaleo —dijo Wilson—. Siéntese delante. La memsahib puede ir detrás conmigo.
Subieron al coche, y en el gris de la primera luz del día remontaron el río entre los árboles. Macomber abrió la recámara de su rifle y vio las balas con sus casquillos metálicos, echó el cerrojo y puso el seguro. Vio que le temblaba la mano. Se metió la mano en el bolsillo y tocó los cartuchos que llevaba, y pasó los dedos por los cartuchos que llevaba en las presillas de la pechera de la chaqueta. Se volvió hacia Wilson, sentado en la parte de atrás del vehículo, sin puerta y cuadrado, junto a su mujer, los dos sonriendo de la emoción, y Wilson se inclinó hacia delante y le susurró:
—Fíjese en cómo bajan los pajarracos. Eso significa que el abuelete ha abandonado su presa.
En la otra ribera del río Macomber vio, por encima de los árboles, buitres dando vueltas y bajando en picado.
—Es probable que se acerque a beber por aquí —le susurró Wilson—. Antes de echarse un rato. Mantenga los ojos abiertos.
Conducían lentamente por la elevada ribera del río, que en aquel lugar caía en picado hasta el lecho lleno de rocas, y avanzaron serpenteando entre los árboles. Macomber estaba atento a la otra orilla cuando notó que Wilson lo agarraba del brazo. El coche se detuvo.
—Ahí está —oyó decir en un susurro—. Vaya hacia delante y a la derecha. Baje y mátelo. Es un león maravilloso.
Entonces Macomber vio el león. Estaba de pie, casi de lado, con la gran cabeza levantada y vuelta hacia ellos. La brisa de primera hora de la mañana que soplaba hacia ellos le revolvía la oscura melena, y el león parecía enorme, perfilado sobre la orilla del río a la luz gris de la mañana, los hombros pesados, su cuerpo, en forma de tonel, formando una curva suave.
—¿A qué distancia está? —preguntó Macomber, levantando el rifle.
—A unos setenta y cinco metros. Baje y mátelo.
—¿Por qué no le disparo desde donde estoy?
—No se dispara desde el coche —oyó que Wilson le decía al oído—. Baje. No va a quedarse ahí todo el día.
Macomber salió por la abertura curva que había al lado del asiento delantero, primero puso el pie en el estribo y luego en el suelo. El león permanecía allí, mirando majestuosa y fríamente hacia ese objeto que sus ojos solo le mostraban en silueta, y que abultaba como un superrinoceronte. No le llegaba olor de hombre, y contemplaba el objeto moviendo su gran cabeza de un lado a otro. A continuación, mientras seguía contemplando el objeto, sin temor, pero vacilando antes de bajar a beber a la orilla con un cosa así delante de él, vio la figura de un hombre separarse del objeto; volvió su pesada cabeza para alejarse hacia el resguardo de los árboles cuando oyó un estampido, casi un chasquido, y sintió el impacto de una sólida bala del 30-06 que le perforó el flanco y le desgarró el estómago causándole una náusea repentina y caliente. Echó a trotar, pesado, con sus grandes patas, balanceando el vientre herido, a través de los árboles en dirección a las hierbas altas, donde podría protegerse, y el estampido se repitió y lo oyó pasar desgarrando el aire. Hubo otro estampido y sintió el golpe en las costillas inferiores y cómo la bala lo penetraba, laiangre caliente y espumosa en la boca, y galopó hacia las hierbas altas, donde podría acurrucarse y no ser visto y atraer esa cosa que provocaba esos estampidos lo bastante cerca para dar un salto y coger al hombre que la esgrimía.
Cuando Macomber salió del coche no pensaba en lo que el león sentiría. Solo sabía que las manos le temblaban, y mientras se alejaba del coche le parecía casi imposible conseguir mover las piernas. Tenía los muslos agarrotados, pero sentía el pálpito de los músculos. Levantó el rifle, apuntó a la inserción de la cabeza del león entre los hombros y apretó el gatillo. No pasó nada, y eso que apretó hasta que pensó que se le iba a romper el dedo. Entonces se dio cuenta de que no había quitado el seguro, y cuando bajó el rifle para quitarlo avanzó otro paso helado, y el león, al ver cómo su silueta se separaba de la silueta del coche, se volvió e inició un trotecillo, y, cuando Macomber disparó, oyó un golpe sordo que significaba que la bala había dado en el blanco; pero el león seguía moviéndose. Macomber volvió a disparar y todos vieron que la bala levantó una salpicadura de tierra, y el león siguió trotando. Volvió a disparar, acordándose de que debía apuntar más abajo, y todos oyeron el impacto de la bala en el blanco, y el león pasó a galopar y ya estaba en medio de las hierbas altas antes de que Macomber hubiera tenido tiempo de cargar el rifle.
Macomber comenzó a sentir náuseas, le temblaban las manos que sostenían el Springfield, aún en posición de disparo, y su esposa y Robert Wilson estaban a su lado. Y también los dos porteadores de armas, hablando entre ellos en wakamba.
—Le he dado —dijo Macomber—. Le he dado dos veces.
—Le dio en las tripas y luego un poco más adelante —dijo Wilson sin entusiasmo. Los porteadores de armas parecían muy serios. Ahora callaban.
—Puede que lo haya matado —prosiguió Wilson—. Tendremos que esperar un poco antes de ir a averiguarlo.
—¿A qué se refiere?
—Esperaremos a que se desangre un poco antes de ir a buscarlo.
—Oh —dijo Macomber.
—Es un león de primera —dijo Wilson con alegría—. Aunque se ha metido en un mal sitio.
—¿Por qué es un mal sitio?
—Porque no podrá verlo hasta que lo tenga encima.
—Ah —dijo Macomber.
—Vamos —dijo Wilson—. La memsahib puede quedarse en el coche. Le echaremos un vistazo al rastro de sangre.
—Quédate aquí, Margot —le dijo Macomber a su mujer. Tenía la boca muy seca y le costaba mucho hablar.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque lo dice Wilson.
—Vamos a echar un vistazo —dijo Wilson—. Quédese aquí. Incluso lo verá mejor desde aquí.
—Muy bien.
Wilson le habló en swahili al conductor. Este asintió y dijo:
—Sí, bwana.
A continuación bajaron la empinada orilla y cruzaron el río, trepando por encima de las rocas y sorteándolas y subieron a la otra ribera, ayudándose de algunas raíces que sobresalían, y siguieron la ribera hasta llegar al lugar por donde había trotado el león cuando Macomber le disparó por primera vez. Había sangre oscura en la hierba corta que los porteadores de armas señalaron con unos tallos, y el reguero se escurría hasta los árboles de la ribera.
—¿Qué hacemos? —preguntó Macomber.
—No tenemos muchas opcic, nes —dijo Wilson—. No podemos traer el coche. La orilla es demasiado empinada. Dejaremos que se agarrote un poco y luego usted y yo iremos a buscarlo.
—¿No podríamos prender fuego a la hierba? —preguntó Macomber.
—Demasiado verde.
—¿No podemos enviar batidores?
Wilson lo miró de arriba abajo.
—Claro que podemos —dijo—. Pero es casi un asesinato. Verá, sabemos que el león está herido. A un león que no está herido se le puede empujar. Irá avanzando, huyendo del ruido. Pero un león herido está dispuesto a atacar. No lo ve hasta que lo tiene encima. Se quedará totalmente pegado al suelo en un escondrijo en el que se diría que no cabe ni una liebre. No parece muy acertado enviar a los criados a este tipo de espectáculo. Alguien podría resultar malherido.
—¿Y los porteadores de armas?
—Oh, ellos vendrán con nosotros. Es su shauri. Han firmado un contrato para eso, ¿sabe? Aunque tampoco se les ve muy contentos, ¿no cree?
—No quiero meterme ahí —dijo Macomber. Le salió antes de saber lo que decía.
—Ni yo —dijo Wilson alegremente—. Aunque la verdad es que no tengo elección. —Entonces, como si no se le hubiera ocurrido hasta ese momento, miró a Macomber y de repente se dio cuenta de que temblaba y de su patética expresión.
—Naturalmente, no tiene por qué hacerlo —dijo—. Para eso me ha contratado, sabe. Por eso soy tan caro.
—¿Quiere decir que irá solo? ¿Por qué no lo dejamos allí?
Robert Wilson, que hasta ese momento solo se había preocupado del león y del problema que presentaba, y que no había pensado en Macomber excepto para darse cuenta de que estaba hablando demasiado, súbitamente se sintió como el que abre la puerta equivocada de una habitación de hotel y ve algo vergonzoso.
—¿A qué se refiere?
—¿Por qué no lo dejamos allí?
—¿Quiere decir que finjamos que no le hemos dado?
—No. Simplemente dejarlo ahí.
—Eso no se hace.
—¿Por qué?
—Para empezar, seguro que está sufriendo. Además, otros podrían tropezarse con él.
—Entiendo.
—Pero usted se puede quedar al margen.
—Me gustaría ir —dijo Macomber—. Es solo que estoy asustado.
—Yo iré delante —dijo Wilson— y Kongoni irá el último. Manténgase detrás de mí y ligeramente a un lado. Muy probablemente le oiremos gruñir. Si le vemos, dispararemos los dos. No se preocupe por nada. Le cubriré. De hecho, sería mejor que no viniera. Sería mucho mejor. ¿Por qué no se va con la memsahib mientras yo me encargo de todo?
—No, quiero ir.
—Muy bien —dijo Wilson—. Pero no venga si no quiere. Este es mi shauri, ¿sabe?
—Quiero ir —dijo Macomber.
Se sentaron bajo un árbol y fumaron.
—¿Quiere volver y hablar con la memsahib mientras esperamos? —preguntó Wilson.
—No.
—Iré yo y le diré que tenga p7ciencia.
—Bueno —dijo Macomber. Se quedó allí sentado, con las axilas sudadas, la boca seca, sintiendo un vacío en el estómago, queriendo reunir el valor para decirle a Wilson que liquidara el león sin él. No podía saber que Wilson estaba furioso por no haberse dado cuenta antes del estado en que se encontraba y no haberle mandado con su mujer. Mientras estaba allí sentado apareció Wilson.
—He traído el rifle de gran calibre —dijo—. Cójalo. Creo que ya le hemos dado tiempo. Vamos.
Macomber cogió el rifle de gran calibre y Wilson dijo: —Manténgase unos cinco metros detrás de mí y a la derecha y haga exactamente lo que le diga.
A continuación habló en swahili con los dos porteadores de armas, que ponían cara de funeral.
—Vamos —dijo.
—¿Podría beber un sorbo de agua? —preguntó Macomber. Wilson le dijo algo al porteador de más edad, que llevaba una cantimplora en el cinturón, y el hombre se la quitó, desenroscó el tapón y se la entregó a Macomber, que la cogió pensando que parecía muy pesada y notando la envoltura de fieltro peluda y barata. La levantó para beber y miró delante de él, las hierbas altas y los árboles de copas aplanadas que había detrás. Soplaba brisa en dirección a ellos, y la hierba se ondulaba suavemente al viento. Miró al porteador y se dio cuenta de que también él sentía miedo.
A unos treinta metros de donde comenzaban las hierbas altas yacía el león, aplastado contra el suelo. Tenía las orejas gachas y el único movimiento que se permitía era sacudir arriba y abajo su larga cola de pelo negro. Se había puesto en guardia nada más llegar a ese escondite; sentía náuseas a causa de la herida en el vientre, y la herida de los pulmones lo había debilitado, haciendo aflorar una fina espuma roja en la boca cada vez que respiraba. Tenía los flancos mojados y calientes, y las moscas se arremolinaban en torno a los pequeños orificios que las balas habían abierto en su pellejo pardo; sus grandes ojos amarillos, entrecerrados con odio, miraban en línea recta, y solo parpadeaban cuando le llegaba el dolor, al respirar, y sus garras se clavaban en la tierra blanda y recocida. Todo él, dolor, náusea, odio y todas las fuerzas que le restaban, se tensaban en una concentración absoluta para cuando hubiera que atacar. Oía hablar a los hombres y esperaba, haciendo acopio de todas sus fuerzas para acometer en cuanto los hombres se adentraran en la hierba. Cuando oía las voces la cola se le tensaba y la sacudía arriba y abajo, y, cuando se acercaron al límite de las hierbas, emitió su medio gruñido mezclado con tos y atacó.
Kongoni, el porteador de más edad, en cabeza siguiendo el rastro de sangre; Wilson, que vigilaba las hierbas atento a cualquier movimiento, el rifle de gran calibre a punto; el segundo porteador, mirando delante y escuchando; Macomber, cerca de Wilson con el rifle montado; acababan de adentrarse en la hierba cuando Macomber oyó el medio gruñido mezclado con tos ahogado de sangre y vio el movimiento que silbaba entre las hierbas. Cuando se dio cuenta estaba corriendo; corriendo desaforadamente, presa del pánico en campo abierto, corriendo hacia el río.
Oyó el ¡patapum! del rifle de gran calibre de Wilson, seguido de un segundo ¡patapum!, y al volverse vio el león, que ahora tenía un aspecto horrible y al que parecía faltarle la mitad de la cabeza, arrastrándose hacia Wilson en el límite de las altas hierbas, mientras el hombre de cara roja manipulaba el cerrojo de su rifle feo y chato y apuntaba cuidadosamente, y otro ¡patapum! salía de la boca, y la mole reptante, pesada y amarilla del león se quedaba rígida, la enorme cabeza mutilada se deslizaba hacia delante, y Macomber, solo en el claro al que había llegada corriendo, empuñando un rifle cargado mientras dos negros y un blanco lo miraban con desprecio, supo que el león estaba muerto. Se acercó a Wilson, cuya estatura parecía toda ella un puro reproche, y Wilson lo miró y le dijo:
—¿Quiere sacar fotos?
—No —dijo Macomber.
No dijeron nada más hasta llegar al coche. Entonces Wilson dijo:
—Un león de primera. Los criados lo despellejarán. Nosotros nos podemos quedar a la sombra.
La esposa de Macomber no le había dirigido la mirada, ni él a ella, y Macomber se había sentado junto a ella en el asiento de atrás, mientras Wilson iba delante. En una ocasión le cogió la mano sin dirigirle la vista, y ella la apartó. Al mirar hacia al otro lado del río, donde los porteadores de armas desollaban el león, se dio cuenta de que ella lo había visto todo. Mientras estaban allí sentados, su mujer extendió el brazo y puso la mano en el hombro de Wilson. Este se volvió y ella se inclinó hacia delante por encima del asiento y le besó en la boca.
—Oh, vaya —dijo Wilson, poniéndose más rojo aún de lo que era su color natural.
—El señor Robert Wilson —dijo ella—. El guapo señor Wilson de cara roja.
A continuación volvió a sentarse al lado de Macomber y miró hacia el otro lado del río, donde yacía el león, con las patas delanteras desnudas y levantadas, a la vista los blancos músculos y los tendones, y la barriga blanca e hinchada, mientras los negros le iban arrancando la piel. Al final los porteadores cargaron la piel, húmeda y pesada, y se subieron a la parte de atrás del coche, enrollándola antes de subir, y partieron. Nadie dijo nada más hasta que estuvieron de regreso en el campamento.
Esa era la historia del león. Macomber no sabía lo que el león había sentido antes de echar a correr, ni cuando atacó, cuando la increíble descarga de un 505 con una velocidad de salida de dos toneladas le dio en el morro, ni lo que lo impulsó a seguir avanzando, cuando el segundo estampido le destrozó las patas traseras y continuó arrastrándose hacia ese objeto que retumbaba y explotaba y le había destruido. Wilson sí sabía algo de lo que sentía el león, y lo había expresado diciendo: «Un león de primera», pero Macomber tampoco sabía cuáles eran los sentimientos de Wilson acerca de todo eso. Tampoco sabía lo que sentía su esposa, más allá de que no quería saber nada de él.
Su mujer ya se había enfadado con él otras veces, pero nunca duraba. Él era muy rico, y seria mucho más rico, y sabía que ella no le abandonaría nunca. Era una de las pocas cosas que sabía de verdad. Sabía eso, de motos —eso fue antes—, de coches, de cazar patos, de pesca, salmón, trucha y en alta mar, de sexo en los libros, muchos libros, demasiados libros, de todos los deportes de pista, de perros, no mucho de caballos, de no perder el dinero que tenía, de casi todas las demás cosas que tenían que ver con su mundo, y que su mujer no le dejaría. Su mujer había sido una gran belleza, y seguía siendo una gran belleza en África, pero en su país ya no era una belleza tan llamativa como para dejarlo y encontrar algo mejor, y ella lo sabía y él lo sabía. A ella se le había pasado la oportunidad de dejarlo y él lo sabía. Si él hubiese sido mejor con las mujeres probablemente a ella habría comenzado a preocuparle que él pudiera encontrar una nueva y bella esposa; pero ella le conocía demasiado bien y sabía que no tenía que preocuparse. Además, él siempre había sido muy tolerante, cosa que parecería la mejor de sus virtudes de no ser la más siniestra.
Con todo, se les consideraba una pareja relativamente feliz, una de esas parejas de las que siipre se rumorea que se van a separar pero nunca ocurre, y, tal como lo expresó un columnista de sociedad, añadían más que una pizca de aventura a su tan envidiado e imperecedero romance mediante un safari en lo que se conocía como el «Africa más oscura» hasta que Martin Johnson la iluminó en tantas pantallas cinematográficas, donde perseguían al viejo Simba, el león, al búfalo, a Tembo el elefante y coleccionaban especímenes para el Museo de Historia Natural. El mismo columnista había informado que habían estado a punto tres veces en el pasado, y era cierto. Pero siempre se reconciliaban. Su unión poseía una base sólida. Margot era demasiado hermosa para que Macomber se divorciara, y él tenía demasiado dinero para que ella le dejara.
Eran ya las tres de la mañana, y Francis Macomber, que había dormido un rato después de dejar de pensar en el león, se despertó y volvió a dormirse, y de repente volvió a despertarse, asustado por un sueño en el que tenía encima la cabeza ensangrentada del león, y mientras escuchaba el fuerte latido de su corazón se dio cuenta de que su mujer no estaba en el otro catre de la tienda. Con esa idea se quedó despierto dos horas.
Transcurrido ese tiempo su mujer entró en la tienda, levantó la mosquitera y se instaló confortablemente en su catre.
—¿Dónde has estado? —preguntó Macomber en la oscuridad. —Hola —dijo ella—. ¿Estás despierto?
—¿Dónde has estado?
—Salí a tomar un poco el aire.
—Y un cuerno.
—¿Qué quieres que diga, cariño?
—¿Dónde has estado?
—Salí a tomar un poco el aire.
—No sabía que ahora tenía ese nombre. Eres una zorra. —Bueno, y tú un cobarde.
—Muy bien —dijo él—. ¿Y qué?
—Por mí, nada. Pero por favor, no hablemos, cariño, porque tengo mucho sueño.
—Crees que voy a tragar con todo.
—Sé que lo harás, cariño.
—Bueno, pues no.
—Por favor, cariño, no hablemos. Tengo mucho sueño. —Esto no se iba a repetir. Me prometiste que se había acabado. —Bueno, pues resulta que no se ha acabado —dijo ella dulce
mente.
—Me dijiste que si hacíamos este viaje eso no se repetiría. Me lo prometiste.
—Sí, cariño. Esa era mi intención. Pero ayer el viaje se fue al garete. No tenemos por qué hablar de eso, ¿verdad?
—En cuanto has tenido la oportunidad la has aprovechado, ¿verdad?
—Por favor, no hablemos. Tengo tanto sueño, cariño. —Pues pienso hablar.
—Pues no te preocupes por mí, porque yo tengo intención de dormir. —Y eso hizo.
Antes de que amaneciera estaban los tres a la mesa, desayunando, y Francis Macomber descubrió que, de todos los hombres a los que había odiado, Robert Wilson era el que más odiaba.
—¿Ha dormido bien? —preguntó Wilson con su voz ronca, llenando una pipa.
—¿Y usted?
—De primera —le dijo el cazador profesional.
Cabrón, se dijo Macomber, cabrón insolente.
Así que ella lo despertó al enttar, se dijo Wilson, mirándolos a los dos con sus ojos azules e inexpresivos. Bueno, ¿por qué no la pone en su sitio? ¿Qué cree que soy, un maldito santo de yeso? Que la ponga en su sitio. Es culpa de él.
—¿Cree que encontraremos algún búfalo? —preguntó Margot, apartando un plato de albaricoques.
—Es posible —dijo Wilson, y le sonrió—. ¿Por qué no se queda en el campamento?
—Por nada del mundo —le dijo ella.
—¿Por qué no le ordena que se quede en el campamento? —le dijo Wilson a Macomber.
—Ordéneselo usted —le dijo fríamente Macomber. —Dejémonos de dar órdenes —dijo Margot, y volviéndose ha
cia Macomber— y de tonterías, Francis. —Lo dijo en una voz bas
tante amable.
—¿Está preparado? —preguntó Macomber.
—Cuando quiera —le dijo Wilson—. ¿Quiere que la memsahib venga?
—¿Importa algo lo que yo quiera?
Al diablo, se dijo Robert Wilson. Al diablo una y mil veces. Así que esas tenemos. Bueno, pues como quieran.
—Tanto da —dijo.
—¿Está seguro de que no le gustaría quedarse solo en el campamento con ella y dejar que vaya yo solo a cazar el búfalo? —preguntó Macomber.
—Eso no lo puede hacer —dijo Wilson—. Si yo fuera usted no diría tonterías.
—No digo tonterías. Estoy disgustado.
—Una mala palabra, disgustado.
—Francis, ¿quieres hacer el favor de hablar con sensatez? —dijo su esposa.
—Hablo con toda la maldita sensatez del mundo —dijo Macomber—. ¿Ha probado alguna vez una comida tan inmunda como esta?
—¿Estaba mala la comida? —preguntó Wilson sin inmutarse. —No tan mal como todo lo demás.
—Me gustaría que se calmara un poco, hombre —dijo Wilson sin alterarse—. Uno de los criados que sirve la mesa entiende un poco de inglés.
—Que se vaya al infierno.
Wilson se puso en pie y se alejó dando bocanadas a su pipa. Le dijo unas palabras en swahili a uno de los porteadores de armas que estaba esperándole. Macomber y su mujer se quedaron sentados a la mesa. Él miraba fijamente la taza de café.
—Si armas una escena te dejo, cariño —dijo Margot sin alterarse.
—No lo harás.
—Ponme a prueba.
—No me dejarás.
—No —dijo ella—. No te dejaré si te comportas. —¿Comportarme? Hay que ver. Comportarme.
—Sí. Compórtate.
—¿Por qué no pruebas a comportarte tú?
—Llevo mucho tiempo intentándolo. Muchísimo.
—Odio a ese cerdo de cara roja —dijo Macomber—. Odio su sola presencia.
—Pues es muy simpático.
—Oh, cállate —casi gritó Macomber. Justo en ese momento apareció el coche. Se paró delante de la tienda comedor y salieron el conductor y los dos porteadores de armas. Wilson se acercó y se quedó mirando a marido y mujerrentados a la mesa.
—¿Vamos a cazar? —preguntó.
—Sí —dijo Macomber poniéndose en pie—. Sí.
—Más vale que cojan un jersey. Hará frío en el coche —dijo Wilson.
—Cogeré mi chaqueta de piel —dijo Margot.
—La tiene el criado —dijo Wilson. Se subió delante con el conductor, y Francis Macomber y su mujer se sentaron detrás sin hablar.
Espero que a este idiota no se le ocurra pegarme un tiro en la nuca, se dijo Wilson. En un safari las mujeres son un fastidio.
El coche rechinaba al cruzar el río por un vado lleno de rocas a la luz gris de la mañana, y subió la otra empinada orilla en ángulo. Allí Wilson había ordenado abrir un paso a golpe de pala el día antes para que pudieran alcanzar aquella zona ondulada y boscosa que parecía un parque.
Era una buena mañana, se dijo Wilson. Había un denso rocío, y cuando las ruedas aplastaban las hierbas y las matas bajas le llegaba el olor de las frondas aplastadas. Era un olor como a verbena, y le gustaba el olor tempranero del rocío, los helechos aplastados y el aspecto de los troncos de los árboles, negros entre la neblina matinal, a medida que el coche se abría paso por esa ve- getación sin caminos, parecida ala de un parque. Había apartado de su mente a los dos que iban detrás y estaba pensando en los búfalos. Los búfalos que él perseguía se pasaban las horas de sol en un pantano de densa vegetación donde era imposible disparar, pero por la noche pacían en una zona de campo abierto, y si podían interponerse entre ellos y el pantano con el coche, Macomber tendría muchas posibilidades de disparar en un terreno abierto. No quería cazar búfalos ni ninguna otra cosa con Macomber en una zona de vegetación densa. La verdad es que no quería cazar ni búfalos ni ninguna otra cosa con Macomber en ninguna parte, pero era un cazador profesional, y en su vida había cazado con gente rara de verdad. Si hoy conseguían un búfalo ya solo les quedaría el rinoceronte, y el pobre hombre ya habría pasado por esa peligrosa prueba y todo volvería a estar en orden. Podría romper con la mujer y Macomber también lo superaría. Al parecer había pasado por aquello muchas veces. Pobre desgraciado. Debía de tener algún método para superarlo. Bueno, al fin y al cabo la culpa era de ese pobre idiota.
El, Robert Wilson, llevaba un catre de dos plazas para acomodar cualquier fruta madura que le cayera del cielo. Había cazado para cierta clientela, internacional, libertina, deportista, en la que las mujeres parecían no quedar del todo satisfechas con el safari hasta que compartían ese catre con el cazador profesional. Él las despreciaba cuando las tenía lejos, aunque algunas le habían gustado bastante en el momento, y se ganaba la vida con ellas; y sus normas eran también las de él desde el momento en que lo contrataban.
Obedecía las normas de quienes le contrataban excepto en lo que se refería a la caza. En la caza él tenía sus propias normas, y los demás o se atenían a ellas o se buscaban a otro. También sabía que todos le respetaban por eso. Aunque ese Macomber era un tipo raro. Que me aspen si no lo es. Y la mujer. Bueno, la mujer. Sí, la mujer. Mmm, la mujer. Bueno, eso lo dejaría correr. Se volvió. Macomber estaba apesadumbrado y furioso. Margot le sonrió. Hoy parecía más joven, más inocente y lozana, con una belleza no tan profesional. Dios sabe qué hay en su corazón, se dijo Wilson. La noche anterior no había hablado mucho. Además, era un placer contemplarla.
El coche ascendió una ligera pendiente y prosiguió entre los árboles. A continuación se adentro en un claro que era como una pradera cubierta de hierba, manteniéndose al abrigo de los árboles de la linde. El conductor iba despacio y Wilson observaba atentamente la extensión de la pradera hasta donde se perdía, en el horizonte. Hizo parar el coche y estudió la planicie con sus binoculares. Luego le hizo seña al conductor de que siguiera y el coche avanzó con lentitud, evitando los socavones dejados por los jabalíes y esquivando montículos de barro construidos por las hormigas. A continuación, observando el campo abierto, Wilson se volvió de repente y dijo:
—¡Dios mío, ahí están!
Y Macomber, mirando hacia donde le señalaban mientras el coche avanzaba a saltos y Wilson le hablaba rápidamente en swahili al conductor, vio tres enormes animales negros que parecían casi cilíndricos de tan largos y gruesos, como grandes tanques negros, que galopaban por el otro extremo de la pradera abierta. Galopaban con el cuello y el cuerpo rígidos, y pudo ver los cuernos negros, abiertos y curvados hacia arriba mientras avanzaban con la cabeza adelantada; no movían la cabeza.
—Son tres búfalos viejos —dijo Wilson—. Les cortaremos el paso antes de que lleguen al pantano.
El coche iba a más de setenta kilómetros por hora a campo
abierto, y mientras Macomber miraba los búfalos estos se hacían más y más grandes, hasta que llegó a distinguir el aspecto gris, costroso y sin vello de un toro enorme, el cuello que formaba parte de sus hombros, y el negro brillante de sus cuernos. Galopaba un poco rezagado del resto, que iban en hilera con su paso firme y veloz; y luego el coche dio un bandazo como si se hubiera subido a una carretera, los animales se aproximaron y vio la veloz enormidad del toro, y el polvo sobre su piel de escaso pelo, la amplia protuberancia del cuerno y el hocico de fosas nasales anchas y dilatadas, y ya levantaba el rifle cuando Wilson le gritó: «¡Desde el coche no, idiota!», y no tuvo miedo, solo odió a Wilson, y hubo un frenazo y el coche derrapó, clavándose de lado en el suelo hasta quedar casi parado, y Wilson salió por un lado y él por el otro, trastabillando al tocar con los pies el suelo porque el coche aún estaba en marcha, y enseguida disparó al toro mientras este seguía galopando, oyó cómo las balas le impactaban, vació el rifle mientras el animal se alejaba a paso firme, y al final recordó que debía dirigir sus disparos entre los hombros, y cuando intentaba recargar torpemente vio que el toro estaba en el suelo. Había caído de rodillas y sacudía la cabeza. Al ver que los otros dos seguían galopando le disparó al líder y le dio. Volvió a disparar y falló, y oyó el carauang del rifle de Wilson y vio cómo el líder se desplomaba de narices.
—Dele al otro —dijo Wilson—. ¡Ahora dispare usted!
Pero el otro toro seguía galopando al mismo ritmo y Macomber falló, levantando una salpicadura de polvo, y Wilson falló y el polvo formó una nube y Wilson gritó: «¡Vamos, está demasiado lejos!», y le cogió del brazo y ya volvían a estar en el coche, Macomber y Wilson agarrados a los laterales y avanzando a toda mecha, dando bandazos por encima del terreno irregular, acercándose al toro, que seguía con su galope constante, veloz, de cuello grueso y línea recta.
Estaban detrás de él y Macomber estaba cargando el rifle, tirando los casquillos al suelo, se le encasquilló el arma, la desencasquilló, y ya estaban casi encima del toro cuando Wilson gritó: «¡Para!» y el coche derrapó y casi vuelcan y Macomber cayó hacia delante sobre los pies, cargó el rifle y disparó lo más adelante que pudo apuntar a la espalda negra, redondeada y al galope, apuntó y volvió a disparar, y otra vez, y otra, y no falló ni una vez, pero las balas no parecían afectar al animal. Entonces disparó Wilson, el estampido le dejó sordo, y vio que el toro sQ tambaleaba. Macomber volvió a disparar, apuntando cuidadosamente, y el animal cayó de rodillas.
—Muy bien —dijo Wilson—. Buen trabajo. Este es el tercero.
Macomber se sintió ebrio de euforia.
—¿Cuántas veces ha disparado? —preguntó.
—Solo tres —dijo Wilson—. Usted mató al primer toro. El más grande. Yo le he ayudado a acabar con los otros dos. Temía que se metieran en la espesura. Usted los mató. Yo solo le he echado una mano. Ha disparado condenadamente bien.
—Subamos al coche —dijo Macomber—. Tengo sed.
—Primero vamos a rematar a ese búfalo —le dijo Wilson. El búfalo estaba de rodillas y sacudía furiosamente la cabeza, bramando furioso desde sus ojos hundidos a medida que se le acercaban.
—Ojo que no se levante —dijo Wilson. Y añadió—: Póngase un poco de lado y dele en el cuello, justo detrás de la oreja.
Macomber apuntó cuidadosamente al centro de ese cuello enorme y zarandeado por la rabia y disparó. La cabeza se desplomó hacia delante.
—Ya está —dijo Wilson—. Le ha dado en el espinazo. Son unos animales impresionantes, ¿verdad?
—Vamos a echar un trago —dijo Macomber. En su vida se había sentido tan bien.
En el coche, la mujer de Macomber estaba pálida.
—Eres maravilloso, cariño —le dijo a Macomber—. Menuda persecución.
—¿Ha sido duro?
—Ha sido espantoso. Nunca había estado tan asustada. —Echemos un trago —dijo Macomber.
—Desde luego —dijo Wilson—. Déselo a la memsahib. —Margot bebió del whisky que había en la petaca y se estremeció un poco al tragar. Le entregó la petaca a Macomber, que se la pasó a Wilson.
—Ha sido de lo más emocionante —dijo Margot—. Me ha dado un terrible dolor de cabeza. No sabía que se permitía disparar desde el coche.
—Nadie ha disparado desde el coche —dijo Wilson fríamente. —Me refería a perseguirlos con un coche.
—Normalmente no se hace —dijo Wilson—. Aunque tal como lo hemos hecho me ha parecido bastante deportivo. Nos hemos arriesgado más conduciendo por esta planicie llena de baches que si hubiéramos cazado a pie. Los búfalos podrían habernos atacado cada vez que disparábamos de haber querido. Les hemos dado todas las oportunidades. De todos modos no se lo mencione a nadie. Es ilegal, si a eso se refería.
—A mí me ha parecido muy injusto —dijo Margot— perseguir a esos grandes animales indefensos en coche.
—¿Ah, sí? —dijo Wilson.
—¿Qué pasaría si se enteraran en Nairobi?
—Que para empezar perdería mi licencia. Y otras cosas desagradables —dijo Wilson, echando un trago de la petaca—. Me quedaría sin trabajo.
—¿En serio?
—Sí, en serio.
—Bueno —dijo Macomber, y sonrió por primera vez en todo el día—. Ahora ella le tiene pifiado.
—Siempre sabes decir las cosas con tanta delicadeza, Francis —dijo Margot Macomber. Wilson los miró a los dos. Si un cabrón se casa con una zorra, pensaba, ¿qué clase de animales serán los hijos? Lo que dijo fue—: Hemos perdido a uno de los porteadores. ¿Se han dado cuenta?
—Dios mío, no —dijo Macomber.
—Ahí viene —dijo Wilson-,, Se encuentra bien. Debe de haberse caído cuando dejamos atrás el primer búfalo.
Vieron acercarse al porteador de mediana edad, tocado con su gorro de punto, su túnica caqui, sus pantalones cortos y sus sandalias de goma. Cojeaba, y se le veía sombrío y disgustado. Cuando llegó se dirigió a Wilson, y todos vieron el cambio que sufrió la cara del cazador.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Margot.
—Dice que el primer toro se ha levantado y se ha metido en la espesura. —Wilson habló con una voz totalmente inexpresiva.
—Oh —dijo Macomber, pálido.
—Entonces va a ser como lo del león —dijo Margot, llena de impaciencia.
—Ni de casualidad va a ser como lo del león —le dijo Wilson—. ¿Quiere otro trago, Macomber?
—Sí, gracias —dijo Macomber. Pensó que volvería a experimentar la misma sensación que con el león, pero no fue así. Por primera vez en su vida sintió que no tenía miedo. En lugar de miedo le invadía una auténtica euforia.
—Vamos a echarle un vistazo a ese segundo búfalo —dijo Wilson—. Le diré al conductor que ponga el coche en la sombra.
—¿Qué van a hacer? —preguntó Margaret Macomber. —Echarle un vistazo al búfalo —dijo Wilson.
—Yo también voy.
—Vamos.
Los tres se acercaron a la negra mole del segundo búfalo, la cabeza echada hacia delante, sobre la hierba, los cuernos enormes y separados.
—Es una cabeza magnífica —dijo Wilson—. Debe de tener más de un metro de envergadura.
Macomber lo miraba encantado.
—A mí me parece algo repugnante —dijo Margot—. ¿Podemos ir a la sombra?
—Claro —dijo Wilson—. Mire —le dijo a Macomber, y seña- 16—: ¿Ve aquella espesura?
—Sí.
—Ahí es donde se ha metido el primer toro. El porteador dice que cuando él se cayó del coche el toro estaba en el suelo. Se quedó mirando cómo perseguíamos a toda velocidad a los otros dos búfalos. Cuando se volvió se encontró con el búfalo en pie y mirándole. El porteador corrió como un demonio y el toro se fue lentamente hacia esos matorrales.
—¿Podemos ir a por él ahora? —dijo Macomber, impaciente. Wilson lo estudió lentamente. Que me aspen si esto no es raro, se dijo. Ayer estaba hecho un flan y hoy se comería el mundo.
—No, démosle un rato.
—Por favor, vamos a la sombra —dijo Margot. Tenía la cara blanca y parecía enferma.
Se dirigieron al coche, que estaba bajo un solitario árbol de copa ancha, y se metieron en él.
—Lo más probable es que esté muerto ahí dentro —observó Wilson—. Dentro de un rato iremos a echar un vistazo.
Macomber sintió una felicidad desmedida e irracional que nunca había experimentado.
—Dios mío, menuda persecución —dijo—. Nunca había sentido nada igual. ¿No ha sido maravilloso, Margot?
—A mí me ha parecido horroroso.
—¿Por qué?
—Me ha parecido horroroso —dijo con amargura—. Detestable.
—¿Sabe?, no creo que nunca vuelva a tener miedo de nada —le dijo Macomber a Wilson—. Algltpasó dentro de mí después de ver el búfalo y comenzar a perseguirlo. Como cuando revienta un dique. Ha sido pura emoción.
—Te depura el hígado —dijo Wilson—. Ala gente le pasan cosas muy raras.
La cara de Macomber resplandecía.
—Algo me ha pasado —dijo—. Me siento completamente distinto.
Su esposa no dijo nada y le miró con extrañeza. Estaba sentada en el extremo del asiento y Macomber se inclinaba hacia delante mientras hablaba con Wilson, que estaba de lado, hablando por encima del respaldo del asiento delantero.
—¿Sabe?, me gustaría probar con otro león —dijo Macomber—. Ahora ya no me dan miedo. Después de todo, ¿qué pueden hacerte?
—Exactamente —dijo Wilson—. Lo peor que pueden hacerte es matarte. ¿Cómo es ese fragmento? Shakespeare. Es buenísimo. A ver si me acuerdo. Oh, es buenísimo. Durante una época solía repetírmelo. Vamos a ver. «A fe mía que no me importa; un hombre solo puede morir una vez; le debemos a Dios una muerte y tanto da cómo se la paguemos; el que muere este año, el que viene ya se ha librado.» Buenísimo, ¿eh?
Se avergonzó de haber revelado aquellas palabras que habían guiado su vida, pero había visto alcanzarla mayoría de edad a algunos hombres, y era algo que siempre le conmovía. Era totalmente distinto de cumplir los veintiún años.
Había hecho falta un momento singular en la cacería, una acción precipitada que no había dado opción a pensárselo de antemano, para provocar aquello en Macomber, pero tanto daba cómo había sucedido, lo cierto era que había sucedido. Míralo ahora, se dijo Wilson. Lo que pasa es que algunos siguen siendo unos críos durante mucho tiempo, se dijo Wilson. Algunos toda la vida. Siguen pareciendo unos chavales cuando cumplen los cincuenta. El gran niño-hombre americano. Qué gente tan extraña. Pero ahora ese Macomber le caía bien. Un tipo bien raro. Probablemente eso también significaría que dejaría de ser un cornudo. Bueno, eso sí que estaría bien. Eso estaría de primera. El tipo probablemente ha estado toda la vida asustado. No sabe cómo empezó. Pero ya lo ha superado. Con el búfalo no ha tenido tiempo de estar asustado. Eso y que también estaba furioso. Y el coche. Los coches te hacen sentirte más como en casa. Ahora está que se come el mundo. En la guerra había visto a gente a la que le pasaba algo parecido. Te cambiaba más eso que perder la virginidad. Se te iba el miedo como si te lo hubieran extirpado. Y en su lugar surgía otra cosa. Lo más importante de un hombre. Lo que le hacía hombre. Las mujeres también lo sabían. Adiós al maldito miedo.
Desde la otra punta del asiento Margaret Macomber los miró a los dos. En Wilson no había ningún cambio. Vio a Wilson tal como lo había visto el día antes, cuando comprendió por primera vez cuál era su gran talento. Pero ahora veía el cambio ocurrido en Francis Macomber.
—¿Siente también usted toda esta felicidad por lo que va a ocurrir? —preguntó Macomber, explorando aún su nueva abundancia.
—No debe mencionarlo —le dijo Wilson, observando la cara del otro—. Se lleva más decir que está asustado. Y mire lo que le digo, también tendrá miedo muchas veces.
—Pero ¿no siente felicidad por lo que vamos a hacer?
—Sí —dijo Wilson—. Eso ocurre. Pero no hay que hablar demasiado de esto. Déjelo. Si habla demasiado de una cosa pierde la gracia.
—No decís más que tonterías, los dos —dijo Margot—. Solo porque habéis cazado unos anisales inocentes desde un coche habláis como si fuerais héroes.
—Lo siento —dijo Wilson—. Me he disparado. —Empieza a estar preocupada por lo ocurrido, se dijo.
—Si no sabes de qué hablas, ¿por qué te metes? —le preguntó Macomber a su mujer.
—De repente te has vuelto muy valiente, así, sin más —dijo su
mujer, zahereña. Pero su desprecio era vacilante. Tenía miedo de algo.
Macomber se rió, una carcajada muy natural y campechana.
—Y que lo digas —dijo—. Ya lo puedes decir, ya.
—¿Y no es un poco tarde? —dijo Margot con amargura. Porque durante muchos años había hecho todo lo que había podido, y nadie tenía la culpa de que su matrimonio hubiera llegado a esa situación.
—No para mí —dijo Macomber.
Margot no dijo nada, pero se reclinó en la esquina del asiento. —¿Cree que le hemos dado tiempo suficiente? —le preguntó alegremente Macomber a Wilson.
—Podemos ir a echar un vistazo —dijo Wilson—. ¿Le queda munición?
—El porteador sí.
Wilson dijo unas palabras en swahili, y el porteador, que estaba desollando una de las cabezas, se enderezó, sacó una caja de balas del bolsillo y se las llevó a Macomber, que llenó el cargador y se metió el resto en el bolsillo.
—También podría utilizar el Springfield —dijo Wilson—. Está acostumbrado a él. Dejaremos el Mannlicher en el coche con la memsahib. Su porteador puede llevar el arma pesada. Yo tengo este maldito cañón. Y ahora deje que le explique una cosa. —Se había guardado esto para el final porque no quería preocupar a Macomber—. Cuando un búfalo ataca lo hace con la cabeza alta y echada hacia delante. No se le puede disparar al cerebro porque la protuberancia de los cuernos lo protege. Solo se le puede disparar a la nariz. Solo hay otro disparo bueno, y es al pecho, o, si está de lado, al cuello o a los hombros. Una vez han recibido un disparo se ponen hechos una furia.No intente ninguna filigrana. Elija la opción más sencilla. Ya han acabado de desollar la cabeza. ¿Nos ponemos en marcha?
Llamó a los porteadores, que llegaron sacudiéndose las manos, yel de más edad se subió atrás.
—Solo me llevaré a Kongoni —dijo Wilson—. El otro puede quedarse a vigilar que no vengan los pajarracos.
Mientras el coche avanzaba lentamente por el claro, hacia la isla de árboles tupidos que formaban una lengua de follaje siguiendo un cauce seco que cortaba el terreno pantanoso abierto, Macomber sintió que de nuevo el corazón le latía con fuerza y volvía a tener la boca seca, pero era excitación, no miedo.
—Por aquí es por donde ha entrado —dijo Wilson. A continuación le dijo al porteador en swahili—: Sigue el rastro de sangre.
El coche estaba en paralelo a los matorrales. Macomber, Wilson y el porteador se bajaron. Macomber volvió la mirada y vio a su mujer con el rifle a su lado, mirándolo. La saludó con la mano, pero ella no le devolvió el saludo.
La vegetación era muy espesa, y el terreno estaba seco. El porteador de mediana edad sudaba profusamente, y Wilson se inclinó el sombrero delante de los ojos y su nuca roja apareció justo delante de Macomber. De repente el porteador le dijo algo en swahili a Wilson y echó a correr hacia delante.
—Está muerto ahí delante —dijo Wilson—. Buen trabajo. —Se volvió para coger la mano de Macomber, y mientras se la estrechaban, sonriéndose mutuamente, el porteador se puso a gritar como un loco y le vieron salir de la espesura corriendo de lado, veloz como un cangrejo, y el toro también salió, el morro levantado, la boca apretada, goteando sangre, el gran cabezón hacia delante, a la carga, los ojillos hundidos inyectados en sangre mientras los miraba. Wilson, que estaba delante, se había arrodillado y disparaba, y Macomber, mientras disparaba, no oyendo sus disparos a causa del estruendo del arma de Wilson, vio fragmentos como de pizarra que saltaban de la enorme protuberancia de los cuernos, y la cabeza sufrió una sacudida, y volvió a disparar a las anchas fosas nasales y vio cómo los cuernos sufrían otra sacudida y salían volando algunos fragmentos, y ahora no veía a Wilson, y, apuntando con cuidado, volvió a disparar, y tenía la enorme mole del búfalo casi encima, y el rifle estaba casi alineado con la cabeza que acometía, el morro levantado, y podía ver aquellos ojillos malignos, y la cabeza empezó a descender y sintió un repentino destello cegador, candente que estallaba dentro de su cabeza, y ya nunca volvió a sentir nada más.
Wilson se había hecho a un lado para poder disparar a los hombros. Macomber había permanecido impertérrito apuntando a la nariz, disparando cada vez un pelín alto y dándole en la pesada cornamenta, sacándole esquirlas y astillas como si le disparara a un tejado de pizarra, y la señora Macomber, en el coche, le había dispa rado al búfalo con el Mannlicher del 6,5 porque pensó que iba a cornear a Macomber, pero le había dado a su marido, unos cinco centímetros por arriba y un poco a un lado de la base del cráneo.
Ahora Francis Macomber estaba tendido en el suelo, a dos metros de donde yacía el búfalo, y su mujer se arrodillaba a su lado, Wilson junto a ella.
—Yo no le daría la vuelta —dijo Wilson.
La mujer lloraba histérica.
—Yo de ti volvería al coche —dijo Wilson—. ¿Dónde está el rifle?
Ella regresó con la cabeza, la cara deformada. El porteador recogió el rifle.
—Déjalo como está —dijo Wilson. Y luego—: Ve a buscar a Abdulá para que dé fe de cómo se ha producido el accidente.
Wilson se arrodilló, sacó un pañuelo del bolsillo y lo extendió sobre la cabeza a cepillo de Francis Macomber. La sangre empapó la tierra seca y suelta.
Wilson se incorporó y vio el búfalo tendido de lado, las patas extendidas, su vientre de pelo ralo poblado de garrapatas. Menudo toro, registró automáticamente su cerebro. Aquí hay un metro de cornamenta. O más. Mucho más. Llamó al conductor y le dijo que extendiera una manta sobre el búfalo y se quedara junto a él. A continuación se acercó al coche, donde la mujer lloraba en un rincón.
—Menuda la has hecho —dijo en una voz sin inflexiones—. Pero si de todos modos él te habría dejado.
—Cállate —dijo ella.
—Por supuesto, ha sido un accidente —dijo—. Lo sé.
—Cállate —dijo ella.
—No te preocupes —dijo él—. Habrá que pasar por algunos momentos desagradables, pero haré que saquen algunas fotos muy útiles para la investigación. También está el testimonio de los porteadores y del conductor. Estás completamente a salvo.
—Cállate —dijo ella.
—Hay muchísimas cosas que hacer —dijo él—. Y tendré que mandar un camión al lago para que telegrafíen pidiendo un avión que nos lleve a los tres a Nairobi. ¿Por qué no le envenenaste? Es lo que hacen en Inglaterra.
—Cállate. Cállate. Cállate —gritó la mujer.
Wilson la miró con sus ojos azules e inexpresivos.
—Ya he terminado —dijo él—. Me había enfadado un poco. Tu marido había empezado a caerme bien.
—Oh, por favor, cállate —dijo ella—. Por favor, cállate.
—Eso está mejor —dijo Wilson—. Pedirlo por favor es mucho mejor. Ahora me callo.

 

Julio Cortázar Instrucciones para John Howell

Instrucciones para John Howell

A Peter Brook
Pensándolo después —en la calle, en un tren, cruzando campos— todo eso hubiera parecido absurdo, pero un teatro no es más que un pacto con el absurdo, su ejercicio eficaz y lujuso. A Rice, que se aburría en un Londres otoñal de fin de semana y que había entrado al Aldwych sin mirar demasiado el programa, el primer acto de la pieza le pareció sobre todo mediocre; el absurdo empezó en el intervalo cuando el hombre de gris se acercó a su butaca y lo invitó cortésmente, con una voz casi inaudible, a que lo acompañara entre bastidores. Sin demasiada sorpresa pensó que la dirección del teatro debía estar haciendo una encuesta, alguna vaga investigación con fines publicitarios. “Si se trata de una opinión”, dijo Rice, “el primer acto me parece flojo, y la iluminación, por ejemplo…” El hombre de gris asintió amablemente pero su mano seguía indicando una salida lateral, y Rice entendió que debía levantarse y acompañarlo sin hacerse rogar. “Hubiera preferido una taza de té”, pensó mientras bajaba unos peldaños que daban a un pasillo lateral y se dejaba conducir entre distraído y molesto. Casi de golpe se encontró frente a un bastidor que representaba una biblioteca burguesa; dos hombres que parecían aburrirse lo saludaron como si su visita hubiera estado prevista e incluso descontada. “Desde luego usted se presta admirablemente”, dijo el más alto de los dos. El otro hombre inclinó la cabeza, con un aire de mudo. “No tenemos mucho tiempo”, dijo el hombre alto, “pero trataré de explicarle su papel en dos palabras”. Hablaba mecánicamente, casi como si prescindierra de la presencia real de Rice y se limitara a cumplir una monótona consigna. “No entiendo”, dijo Rice dando un paso atrás. “Casi es mejor”, dijo el hombre alto. “En estos casos el análisis es más bien una desventaja; verá que apenas se acostumbre a los reflectores empezará a divertirse. Usted ya conoce el primer acto; ya sé, no le gustó. A nadie le gusta. Es a partir de ahora que la pieza puede ponerse mejor. Depende, claro.” “Ojalá mejore”, dijo Rice que creía haber entendido mal, “pero en todo caso ya es tiempo de que me vuelva a la sala”. Como había dado otro paso atrás no lo sorprendió demasiado la blanda resistencia del hombre de gris, que murmuraba una excusa sin apartarse. “Parecería que no nos entendemos”, dijo el hombre alto, “y es una lástima porque faltan apenas cuatro minutos para el segundo acto. Le ruego que me escuche atentamente. Usted es Howell, el marido de Eva. Ya ha visto que Eva engaña a Howell con Michael, y que probablemente Howell se ha dado cuenta aunque prefiere callar por razones que no están todavía claras. No se mueva, por favor, es simplemente una peluca.” Pero la admonición parecía casi inútil porque el hombre de gris y el hombre mudo lo habían tomado de los brazos; y una muchacha alta y flaca que había aparecido bruscamente le estaba calzando algo tibio en la cabeza. “Ustedes no querrán que yo me ponga a gritar y arme un escándalo en el teatro”, dijo Rice tratando de dominar el temblor de su voz. El hombre alto se encogió de hombros. “Usted no haría eso”, dijo cansadamente. “Sería tan poco elegante… No, estoy seguro que no haría eso. Además la peluca le queda perfectamente, usted tiene tipo de pelirrojo.” Sabiendo que no debía decir eso, Rice dijo: “Pero yo no soy un actor.” Todos, hasta la muchacha, sonrieron alentándolo. “Precisamente”, dijo el hombre alto. “Usted se da muy bien cuenta de la diferencia. Usted no es un actor, usted es Howell. Cuando salga a escena, Eva estará en el salón escribiendo una carta a Michael. Usted fingirá no darse cuenta de que ella esconde el papel y disimula su turbación. A partir de ese momento haga lo que quiera. Los anteojos, Ruth.” “¿Lo que quiera?”, dijo Rice, tratando sordamente de liberar sus brazos mientras Ruth le ajustaba unos anteojos con montura de Carey. “Sí, de eso se trata”, dijo desganadamente el hombre alto, y Rice tuvo como una sospecha de que estaba harto de repetir las mismas cosas cada noche. Se oía la campanilla llamando al púbico, y Rice alcanzó a distinguir los movimientos de los tramoyistas en el escenario, unos cambios de luces; Ruth había desaparecido de golpe. Lo invadió una indignación más amarga que violenta, que de alguna manera parecía fuera de lugar. “Esto es una farsa estúpida”, dijo tratando de zafarse, “y les prevengo que…” “Lo lamento”, murmuró el hombre alto. “Francamente hubiera pensado otra cosa de usted. Pero ya que lo toma así…” No era exactamete una amenaza, aunque los tres hombres lo rodeaban de una manera que exigía la obediencia o la lucha abierta; a Rice le pareció que una cosa hubiera sido tan absurda o quizá tan falsa como la otra. “Howell entra ahora”, dijo el hombre alto, mostrando el estrecho pasaje entre los bastidores. “Una vez allí haga lo que quiera, pero nosotros lamentaríamos que…” Lo decía amablemente, sin turbar el repentino silencio de la sala; el telón se alzó con un frotar de terciopelo, y los envolvió una ráfaga de aire tibio. “Yo que usted lo pensaría, sin embargo”, agregó cansadamente el hombre alto. “Vaya ahora.” Empujándolo sin empujarlo, los tres lo acompañaron hasta la mitad de los bastidores. Una luz violeta encegueció a Rice; delante había una extensión que le pareció infinita, y a la izquierda adivinó la gran caverna, algo como una gigantesca respiración contenida, eso que después de todo era el verdadero mundo donde poco a poco empezaban a recortarse pecheras blancas y quizá sombreros o altos peinados. Dio un paso o dos, sintiendo que las piernas no le respondían, y estaba a punto de volverse y retroceder a la carrera cuando Eva, levántandose precipitadamente, se adelantó y le tendió una mano que parecía flotar en la luz violeta al término de un brazo muy blanco y largo. La mano estaba helada, y Rice tuvo la impresión de que se crispaba un poco en la suya. Dejándose llevar hasta el centro de la escena, escuchó confusamente las explicaciones de Eva sobre su dolor de cabeza, la preferencia por la penumbra y la tranquilidad de la biblioteca, esperndo a que callara para adelantarse al proscenio y deci,r en dos palabras, que los estaban estafando. Pero Eva parecía esperar que él se sentara en el sofá de gusto tan dudoso como el argumento de la pieza y los decorados, y Rice comprendió que era imposible, casi grotesco, seguir de pie, mientras ella, tendiéndole otra vez la mano, reiteraba la invitación con una sonrisa cansada. Desde el sofá distinguió mejor las primeras filas de platea, apenas separadas de la escena por la luz que había ido virando del violeta a un naranja amarillento, pero curiosamente a Rice le fue más fácil volverse hacia Eva y sostener su mirada que de alguna manera lo ligaba todavía a esa insensatez, aplazando un instante más la única decisión posible a menos de acatar la locura y entregarse al simulacro. “Las tardes de este otoño son interminables”, había dicho Eva buscando una caja de metal blanco perdida entre los libros y los papeles de la mesita baja, y ofreciéndole un cigarrillo. Mecánicamente Rice sacó su encendedor, sintiéndose cada vez más ridículo con la peluca y los anteojos; pero el menudo ritual de encender los cigarrillos y aspirar las primeras bocanadas era como una tregua, le permitía sentarse más cómodamente, aflojando la insoportable tensión del cuerpo que se sabía mirado por frías constelaciones invisibles. Oía sus respuestas a las frases de Eva, las palabras parecían suscitarse unas a otras con un mínimo esfuerzo, sin que se estuviera hablando de nada en concret; un diálogo de castillo de naipes en el que Eva iba poniendo los muros del frágil edificio, y Rice sin esfuerzo intercalaba sus propias cartas y el castillo se alzaba bajo la luz anaranjada hasta que al terminar una prolija explicación que incluía el nombre de Michael (“Ya ha visto que Eva engaña a Howell con Michael”) y otros nombres y otros lugares, un té al que había asistido la madre de Michael (¿o era la madre de Eva?) y una justificación ansiosa y casi al borde de las lágrimas, con un movimiento de ansiosa esperanza Eva se inclinó hacia Rice como si quisiera abrazarlo o esperara que él la tomase en los brazos, y exactamente después de la última palabra dicha con una voz clarísima, junto a la oreja de Rice murmuró: “No dejes que me maten”, y sin transición volvió a su voz profesional para quejarse de la soledad y del abandono. Golpeaban en la puerta del fondo y Eva se mordió los labios como si hubiera querido agregar algo más (pero eso se le ocurrió a Rice, demasiado confundido para reaccionar a tiempo), y se puso de pie para dar la bienvenida a Michael que llegaba con la fatua sonrisa que ya había enarbolado insoportablemente en el primer acto. Una dama vestida de rojo, un anciano: de pronto la escena se poblaba de gente que cambiaba saludos, flores y noticias. Rice estrechó las manos que le tendían y volvió a sentarse lo antes posible en el sofá, escudándose tras de otro cigarrillo; ahora la acción parecía prescindir de él y el público recibía con murmullos satisfechos una serie de brillantes juegos de palabras de Michael y los actores de carácter, mientras Eva se ocupaba del té y daba instrucciones al criado. Quizá fuera el momento de acercarse a la boca del escenario, dejar caer el cigarrillo y aplastarlo con el pie, a tiempo para anunciar: “Respetable público…” Pero acaso fuera más elegante (No dejes que me maten) esperar la caída del telón y entonces, adelantándose rápidamente, revelar la superchería. En todo eso había como un lado ceremonial que no era penoso acatar; a la espera de su hora, Rice entró en el diálogo que le proponía el anciano caballero, aceptó la taza de té que Eva le ofrecía sin mirarlo de frente, como si se supiese observada por Michael y la dama de rojo. Todo estaba en resistir, en hacer frente a un tiempo interminablemente tenso, ser más fuerte que la torpe coalición que pretendía convertirlo en un pelele. Ya le resultaba fácil advertir cómo las frases que le dirigían (a veces Michael, a veces la dama de rojo, casi nunca Eva, ahora) llevaban implícita la respuesta; que el pelele contestara lo previsible, la pieza podía continuar. Rice pensó que de haber tenido un poco más de tiempo para dominar la situación, hubiera sido divertido contestar a contrapelo y poner en dificultades a los actores; pero no se lo consentirían, su falsa libertad de acción no permitía más que la rebelión desaforada, el escándalo. No dejes que me maten, había dicho Eva; de alguna manera, tan absurda como el resto, Rice seguía sintiendo que era mejor esperar. El telón cayó sobre una réplica sentenciosa y amarga de la dama de rojo, y los actores le parecieron a Rice como figuras que súbitamente bajaran un peldaño invisible: disminuidos, indiferentes (Michael se encogía de hombros, dando la espalda y yéndose por el foro), abandonaban la escena sin mirarse entre ellos, pero Rice notó que Eva giraba la cabeza hacia él mientras la dama de rojo y el anciano se la llevaban amablemente del brazo hacia los bastidores de la derecha. Pensó en seguirla, tuvo una vaga esperanza de camarín y conversación privada. “Magnífico”, dijo el hombre alto, palmeándole el hombro. “Muy bien, realmente la ha hecho usted muy bien.” Señalaba hacia el telón que dejaba pasar los últimos aplausos. “Les ha gustado de veras. Vamos a tomar un trago.” Los otros dos hombres estaban algo más lejos, sonriendo amablemente, y Rice desistió de seguir a Eva. El hombre alto abrió una puerta al final del primer pasillo y entraron en una sala pequeña donde había sillones desvencijados, un armario, una botella de whisky ya empezada y hermosísimos vasos de cristal tallado. “Lo ha hecho usted muy bien”, insistió el hombre alto mientras se sentaban en torno a Rice. “Con un poco de hielo ¿verdad? Desde luego, cualquiera tendría la garganta seca.” El hombre de gris se adelantó a la negativa de Rice y le alcanzó un vaso casi lleno. “El tercer acto es más difícil pero a la vez más entretenido para Howell”, dijo el hombre alto. “Ya ha visto cómo se van descubriendo los juegos.” Empezó a explicar la trama, ágilmente y sin vacilar. “En cierto modo usted ha complicado las cosas”, dijo. “Nunca me imaginé que procedería tan pasivamente con su mujer; yo hubiera reaccionado de otra manera.” “¿Cómo?”, preguntó secamente Rice. “Ah, querido amigo, no es justo preguntar eso. Mi opinión podría alterar sus propias decisiones, puesto que usted ha de tener ya un plan preconcebido. ¿O no?” Como Rice callaba, agregó: “Si le digo eso es precisamente porque no se trata de tener planes preconcebidos. Estamos todos demasiado satisfechos para arriesgarnos a malograr el resto.” Rice bebió un largo trago de whisky. “Sin embargo, en el segundo acto usted me dijo que podía hacer lo que quisiera”, observó. El hombre de gris se echó a reír, pero el hombre alto lo miró y el otro hizo un rápido gesto de excusa. “Hay un margen para la aventura o el azar, como usted quiera”, dijo el hombre alto. “A partir de ahora le ruego que se atenga a lo que voy a indicarle, se entiende que dentro de la máxima libertad en los detalles.” Abriendo la mano derecha con la palma hacia arriba, la miró fijamente mientras el índice de la otra mano iba a apoyarse en ella una y otra vez. Entre dos tragos (le habían llenado otra vez el vaso) Rice escuchó las instrucciones para John Howell. Sostenido por el alcohol y por algo que era como un lento volver hacía sí mismo que lo iba llenando de una fría cólera, descubrió sin esfuerzo el sentido de las instrucciones, la preparación de la trama que debía hacer crisis en el último acto. “Espero que esté claro”, dijo el hombre alto, con un movimiento circular del dedo en la palma de la mano. “Está muy claro”, dijo Rice levantándose, “pero además me gustaría saber si en el cuarto acto…” “Evitemos las confusiones, querido amigo”, dijo el hombre alto. “En el próximo intervalo volveremos sobre el tema, pero ahora le sugiero que se concentre exclusivamente en el tercer acto. Ah, el traje de calle, por favor.” Rice sintió que el hombre mudo le desabotonaba la chaqueta; el hombre de gris había sacado del armario un traje de tweed y unos guantes; mecánicamente Rice se cambió de ropa bajo las miradas aprobadoras de los tres. El hombre alto había abierto la puerta y esperaba; a lo lejos se oía la campanilla. “Esta maldita peluca me da calor”, pensó Rice acabando el whisky de un solo trago. Casi en seguida se encontró entre nuevos bastidores, sin oponerse a la amable presión de una mano en el codo. “Todavía no”, dijo el hombre alto, más atrás. “Recuerde que hace fresco en el parque. Quizás si se subiera el cuello de la chaqueta…Vamos, es su entrada.” Desde un banco al borde del sendero Michael se adelantó hacia él, saludándolo con una broma. Le tocaba responder pasivamente y discutir los méritos del otoño en Regent’s Park, hasta la llegada de Eva y la dama de rojo que estarían dando de comer a los cisnes. Por primera vez —y a él lo sorprendió casi tanto como a los demás— Rice cargó el acento en una alusión que el público pareció apreciar y que obligó a Michael a ponerse a la defensiva, forzándolo a emplear los recursos más visibles del oficio para encontrar una salida; dándole bruscamente la espalda mientras encendía un cigarrillo, como si quisiera protegerse del viento, Rice miró por encima de los anteojos y vio a los tres hombres entre los bastidores, el brazo del hombre alto que le hacía un gesto conminatorio (debía estar un poco borracho y además se divertía, el brazo agitándose le hacia una gracia extraordinaria) antes de volverse y apoyar una mano en el hombro de Michael. “Se ven cosas regocijantes en los parques”, dijo Rice. “Realmente no entiendo que se pueda perder el tiempo con cisnes o amantes cuando se está en un parque londinense.” El público rió más que Michael, excesivamente interesado por la llegada de Eva y la dama de rojo. Si vacilar Rice siguió marchando contra la corriente, violando poco a poco las instrucciones en una esgrima feroz y absurda contra actores habilísimos que se esforzaban por hacerlo volver a su papel y a veces lo conseguían, pero él se les escapaba de nuevo para ayudar de alguna manera a Eva, si saber bien por qué pero diciéndose (y le daba risa, y debía ser el whisky) que todo lo que cambiara en ese momento alteraría inevitablemente el último acto (No dejes que me maten). Y los otros se habían dado cuenta de su propósito porque bastaba mirar por sobre los anteojos hacia los bastidores de la izquierda para ver los gestos iracundos del hombre alto, fuera y dentro de la escena estaban luchando contra él y Eva, se interponían para que no pudieran comunicarse, para que ella no alcanzara a decirle nada, y ahora llegaba el caballero anciano seguido de un lúgubre chofer, había como un momento de calma (Rice recordaba las instrucciones: una pausa, luego la conversación sobre la compra de acciones, entonces la frase reveladora de la dama de rojo, y telón), y en ese intervalo en que obligadamente Michael y la dama de rojo debían apartarse para que el caballero hablara con Eva y Howell de la maniobra bursátil (realmente no faltaba nada en esa pieza), el placer de estropear un poco más la acción llenó a Rice de algo que se parecía a la felicidad. Con un gesto que dejaba bien claro el profundo desprecio que le inspiraban las operaciones arriesgadas, tomó del brazo a Eva, sorteó la maniobra envolvemente del enfurecido y sonriente caballero, y caminó con ella oyendo a sus espaldas un muro de palabras ingeniosas que no le concernían, exclusivamente inventadas para el público, y en cambio sí Eva, en cambio un aliento tibio apenas un segundo contra su mejilla, el leve murmullo de su voz verdadera diciendo: “Quedate conmigo hasta el final”, quebrado por un movimiento instintivo, el hábito que la hacía responder a la interpelación de la dama de rojo, arrastrando a Howell para que recibiera en plena cara las palabras reveladoras. Sin pausa, sin el mínimo hueco que hubiera necesitado para poder cambiar el rumbo que esas palabras daban definitivamente a lo que habría de venir más tarde, Rice vio caer el telón. “Imbécil”, dijo la dama de rojo. “Salga, Flora”, ordenó el hombre alto, pegado a Rice que sonreía satisfecho. “Imbécil”, repitió la dama de rojo, tomando del brazo a Eva que había agachado la cabeza y parecía como ausente. Un empujón mostró el camino a Rice que se sentía perfectamente feliz. “Imbécil”, dijo a su vez el hombre alto. El tirón en la cabeza fue casi brutal, pero Rice se quitó él mismo los anteojos y los tendió al hombre alto. “El whisky no era malo” dijo. “Si quiere darme las instrucciones para el último acto…” Otro empellón estuvo a punto de tirarlo al suelo y cuando consiguió enderezarse, con una ligera náusea, ya estaba andando a tropezones por una galería mal iluminada; el hombre alto había desaparecido y los otros dos se estrechaban contra él; obligándolo a avanzar con la mera presión de los cuerpos. Había una puerta con una lamparilla naranja en lo alto. “Cámbiese”, dijo el hombre de gris alcanzándole su traje. Casi sin darle tiempo a ponerse la chaqueta, abrieron la puerta de un puntapié, el empujón lo sacó trastabillando a la acera, al frío de un callejón que olía a basura. “Hijos de perra, me voy a pescar una pulmonía”, pensó Rice, metiendo las manos en los bolsillos. Había luces en el extremo más alejado del callejón, desde donde venía el rumor del tráfico. En la primera esquina (no le habían quitado el dinero ni los papeles) Rice reconoció la entrada del teatro. Como nada impedía que asistiera desde su butaca al último acto, entró al calor del foyer, al humo y las charlas de la gente en el bar; le quedó tiempo para beber otro whisky, pero se sentía incapaz de pensar en nada. Un poco antes de que se alzara el telón alcanzó a preguntarse quién haría el papel de Howell en el último acto, y si algún otro pobre infeliz estaría pasando por amabilidades y amenazas y anteojos; pero la broma debía terminar cada noche de la misma manera porque en seguida reconoció al actor del primer acto, que leía una carta en su estudio y la alcanzaba a una Eva pálida y vestida de gris. “Es escandaloso”, comentó Rice volviéndose hacia el espectador de la izquierda. “¿Cómo se tolera que cambien de actor en mitad de una pieza?” El espectador suspiró fatigado. “Ya no se sabe con estos autores jóvenes”, dijo. “Todo es símbolo, supongo.” Rice se acomodó en la platea saboreando malignamente el murmullo de los espectadores que no parecían aceptar tan pasivamente como su vecino los cambios físicos de Howell; y sin embargo la ilusión teatral los dominó casi en seguida; el actor era excelente y la acción se precipitaba de una manera que sorprendió incluso a Rice, perdido en una agradable indiferencia. La carta era de Michael, que anunciaba su partida de Inglaterra; Eva la leyó y la devolvió en silencio; se sentía que estaba llorando contenidamente. Quédate conmigo hasta el final, había dicho Eva. No dejes que me maten, había dicho absurdamente Eva. Desde la seguridad de la platea era inconcebible que pudiera sucederle algo en ese escenario de pacotilla; todo había sido una continua estafa, una larga hora de pelucas y de árboles pintados. Desde luego la infaltable dama de rojo invadía la melancólica paz del estudio donde el perdón y quizá el amor de Howell se percibían en sus silencios, en su manera casi distraída de romper la carta y echarla al fuego. Parecía inevitable que la dama de rojo insinuara que la partida de Michael era una estratagema, y también que Howell le diera a entender un desprecio que no impediría una cortés invitación a tomar el té. A Rice lo divirtió vagamente la llegada del criado con la bandeja; el té parecía uno de los recursos mayores del comediógrafo; sobre todo ahora que la dama de rojo maniobraba en algún momento con una botellita de melodrama romántico mientras las luces iban bajando de una manera por completo inexplicable en el estudio de un abogado londinense. Hubo una llamada telefónica que Howell atendió con perfecta compostura (era previsible la caída de las acciones o cualquier otra crisis necesaria para el desenlace); las tazas pasaron de mano en mano con las sonrisas pertinentes, el buen tono previo a las catástrofes. A Rice le pareció casi inconveniente el gesto de Howell en el momento en que Eva acercaba los labios a la taza, su brusco movimiento y el té derramándose sobre el vestido gris. Eva estaba inmóvil, casi ridícula; en esa detención instantánea de las actitudes (Rice se había enderezado sin saber por qué, y alguien chistaba impaciente a sus espaldas), la exclamación escandalizada de la dama de rojo se superpuso al leve chasquido, a la mano de Howell que se alzaba para anunciar algo, a Eva que torcía la cabeza mirando al público como si no quisiera creer y después se deslizaba de lado hasta quedar casi tendida en el sofá, en una lenta reanudación del movimiento que Howell pareció recibir y continuar con su brusca carrera hacia los bastidores de la derecha, su fuga que Rice no vio porque también él corría ya por el pasillo central sin que ningún otro espectador se hubiera movido todavía. Bajando a saltos la escalera, tuvo el tino de entregar su talón en el guardarropa y recobrar el abrigo; cuando llegaba a la puerta oyó los primeros rumores del final de la pieza, aplausos y voces en la sala; alguien del teatro corría escaleras arriba. Huyó hacia Kean Street y al pasar junto al callejón lateral le pareció ver un bulto que avanzaba pegado a la pared; la puerta por donde lo habían expulsado estaba entornada, pero Rice no había terminado de registrar esas imágenes cuando ya corría por la calle iluminada y en vez de alejarse de la zona del teatro bajaba otra vez por Kingsway, previendo que a nadie se le ocurriría buscarlo cerca del teatro. Entró en el Strand (se había subido el cuello del abrigo y andaba rápidamente, con las manos en los bolsillos) hasta perderse con un alivio que él mismo no se explicaba en la vaga región de las callejuelas internas que nacían en Chancery Lane. Apoyándose contra una pared (jadeaba un poco y sentía que el sudor le pegaba la camisa a la piel) encendió un cigarrillo y por primera vez se preguntó explícitamente, empleando todas las palabras necesarias, por qué estaba huyendo. Los pasos que se acercaban se interpusieron entre él y la respuesta que buscaba; mientras corría pensó que si lograba cruzar el río (ya esta cerca del puente de Blackfriars) se sentiría a salvo. Se refugió en un portal, lejos del farol que alumbraba la salida hacia Watergate. Algo le quemó la boca, se arrancó de un tirón la colilla que había olvidado; y sintió que le desgarraba los labios. En el silencio que lo envolvía trató de repetirse las preguntas no contestadas, pero irónicamente se le interponía la idea de que sólo estaría a salvo si alcanzaba a cruzar el río. Era ilógico, los pasos también podrían seguirlo por el puente; por cualquier callejuela de la otra orilla; y sin embargo eligió el puente, corrió a favor de un viento que lo ayudó a dejar atrás el río y perderse en un laberinto que no conocía hasta llegar a una zona mal alumbrada; el tercer alto de la noche en un profundo y angosto callejón sin salida lo puso por fin frente a la única pregunta importante, y Rice comprendió que era incapaz de encontrar la respuesta. No dejes que me maten, había dicho Eva, y él había hecho lo posible, torpe y miserablemente, pero lo mismo la habían matado, por lo menos en la pieza la habían matado y él tenía que huir porque no podía ser que la pieza terminara así, que la taza de té se volcara inofensivamente sobre el vestido de Eva y sin embargo Eva resbalara hasta quedar tendida en el sofá; había ocurrido otra cosa sin que él estuviera allí para impedirlo, quédate conmigo hasta el final, le había suplicado Eva, pero lo habían echado del teatro, lo habían apartado de eso que tenía que suceder y que él, estúpidamente unstalado en su platea, había contemplado sin comprender o comprendiéndolo desde otra región de sí mismo donde había miedo y fuga y ahora, pegajoso como el sudor que le corría por el vientre, el asco de sí mismo. “Pero yo no tengo nada que ver”, pensó. “Y no ha ocurrido nada; no es posible que cosas así ocurran.” Se lo repitió aplicadamente; no podía ser que hubieran venido a buscarlo, a proponerle esa insensatez, a amenazarlo amablemente; los pasos que se acercaban tenían que ser los de cualquier vagabundo, unos pasos sin huellas. El hombre pelirrojo que se detuvo junto a él casi sin mirarlo, y que se quitó los anteojos con un gesto convulsivo para volver a ponérselos después de frotarlos contra la solapa de la chaqueta, era sencillamente alguien que se parecía a Howell, al actor que había hecho el papel de Howell y había volcado la taza de té sobre el vestido de Eva. “Tire esa peluca”, dijo Rice, “lo reconocerán en cualquier parte”. “No es una peluca”, dijo Howell (se llamaría Smith o Rogers, ya ni recordaba el nombre en el programa). “Qué tonto soy”, dijo Rice. Era de imaginar que habían tenido preparada una copia exacta de los cabellos de Howell, así como los anteojos habían sido una réplica de los de Howell. “Usted hizo lo que pudo”, dijo Rice, “yo estaba en la platea y lo vi; todo el mundo podrá declarar a su favor”. Howell temblaba, apoyado en la pared. “No es eso”, dijo. “Qué importa, si lo mismo se salieron con la suya.” Rice agachó la cabeza; un cansancio invencible lo agobiaba. “Yo también traté de salvarla”, dijo, “pero no me dejaron seguir”. Howell lo miró rencorosamente. “Siempre ocurre lo mismo”, dijo como hablándose a sí mismo. “Es típico de los aficionados, creen que pueden hacerlo mejor que los otros, y al final no sirve de nada.” Se subió el cuello de la chaqueta, metió las manos en los bolsillos. Rice hubiera querido preguntarle: “¿Por qué ocurre siempre lo mismo? Y si es así, ¿por qué estamos huyendo?” El silbato pareció engolfarse en el callejón, buscándolos. Corrieron largo rato a la par, hasta detenerse en algún rincón que olía a petróleo, a río estancado. Detrás de una pila de fardos descansaron un momento; Howell jadeaba como un perro y a Rice se le acalambraba una pantorrilla. Se la frotó, apoyándose en los fardos, manteniéndose con dificultad sobre un solo pie. “Pero quizá no sea tan grave”, murmuró. “Usted dijo que siempre ocurría lo mismo.” Howell le puso una mano en la boca; se oían alternadamente dos silbatos. “Cada uno por su lado” dijo Howell. “Tal vez uno de los dos pueda escapar.” Rice comprendió que tenía razón pero hubiera querido que Howell le contestara primero. Lo tomó de un brazo, atrayéndolo con toda su fuerza. “No me dejes ir así”, suplicó. “No puedo seguir huyendo siempre, sin saber.” Sintió el olor alquitranado de los fardos, su mano como hueca en el aire. Unos pasos corrían alejándose; Rice se agachó, tomando impulso, y partió en la dirección contraria. A la luz de un farol vio un nombre cualquiera: Rose Alley. Más allá estaba el río, algún puente. No faltaban puentes ni calles por donde correr.

La Calle de los Mendigos

Mario Levrero

 

Extraigo un cigarrillo y lo llevo a los labios; acerco el encendedor y lo hago funcionar, pero no enciende. Me sorprende, porque hace pocos momentos marchaba perfectamente, la llama era buena, y nada indicaba que el combustible estuviera por agotarse; es más: recuerdo haberle puesto piedra nueva, y una nueva carga de disán, hace apenas unas horas.

Acciono, sin resultado, repetidas veces el mecanismo; compruebo que se produce la chispa; entonces, con un cuentagotas, vuelvo a llenar el tanque de disán.

Tampoco enciende, ahora.

En varios años nunca había fallado así. Me propuse buscar el desperfecto.

Con una moneda le quito nuevamente el tornillo que cierra el tanque; esto no parece contribuir a desarmarlo. Con la misma moneda, quito luego el tornillo correspondiente al conducto de la piedra; sale también un resorte, que está enganchado a la punta del tornillo. En el otro extremo, el resorte lleva una pieza de metal, parecida a la piedra (que también sale, junto con algunos filamentos, blancos y del largo del resorte, en los que nunca me había fijado). El encendedor sigue siendo una pieza entera; en nada he adelantado quitando estos tornillos.

Lo examiné con más cuidado, y vi un tercer tornillo: es el que oficia de eje para la palanca que hace girar la rueda y provoca la chispa. Lo quito, pero ya no pude usar la moneda; debí servirme de un pequeño destornillador.

Tengo una colección de destornilladores, en total son muchos, van de menor a mayor, de uno a otro conservan las proporciones. Utilicé el más pequeño, aunque pude haber obtenido igual resultado con el N° 2, o el N° 3.

Salen algunos elementos: la palanca, el tornillo mismo (que, del otro lado, tiene una tuerca, aunque el aspecto exterior de esta tuerca es igual al de un tornillo; la parte no visible es hueca), dos o tres resortes y la ruedita con muescas; ésta rueda alegremente sobre la mesa, cae al suelo, y ya no la encuentro.

El encendedor, sin embargo, me sigue pareciendo un todo; hay algo ofensivo en esa solidez, un desafío. Y permanece oculta la falla. Introduzco entonces el destornillador en distintos orificios; en primer término atraviesa el conducto de la piedra, y asoma la punta por la parte de arriba; en el receptáculo del combustible encuentro algodón, y no sigo explorando; luego investigo los orificios de la parte superior. Hay dos: uno de ellos es el extremo de otro conducto, cuya función desconozco; es un tubo acodado, el destornillador no puede seguir más allá. El otro es más ancho, recto; al final del mismo -a una distancia que, calculo, corresponde aproximadamente a la mitad del encendedor- la herramienta, girando, de pronto se detiene, atrapada por la cabeza de un tornillo, que resuelvo quitar; es corto y ancho; entonces, tiro con los dedos de una pequeña saliente, mientras con la mano izquierda sujeto la parte exterior del cuerpo del encendedor, y veo, complacido, que algo se desliza.

Queda en mi mano izquierda la delgada capa metálica; con un leve chasquido, en el momento en que termina de salir la parte interior, un pequeño conjunto metálico se expande (me sorprendo, porque el tamaño es aproximadamente cuatro veces mayor) y queda en mi mano derecha una réplica, tamaño gigante, que apenas conserva las proporciones, y algo del aspecto del encendedor, pero hay muchos huecos y vericuetos; imagino un mecanismo de resortes que, para volver a guardar este conjunto en su capa, debo comprimir (no imagino cómo, aunque intuyo que debe ser difícil); sólo un mecanismo de resortes puede explicar este sorprendente crecimiento.

Introduciendo el destornillador en varios orificios descubrí que hay tornillos insospechados; pero el número uno es ya demasiado pequeño para ellos, no hace una fuerza pareja y temo que se estropeen. Elijo otro; el ideal es el N° 4, aunque bien podría usar el N° 3 o el N° 5, quizás el N° 6, y aun el N° 7.

Quito algunos tornillos. Caen resortes, de un conducto salen una pieza metálica entera, aceitada (parece un émbolo), y un par de ruedas dentadas.

Descubro que el conjunto consta también de dos partes, una externa y otra interna; cuando no encuentro más tornillos, procedo a separarlas por el mismo procedimiento anterior. El fenómeno se repite con puntualidad, y obtengo una estructura aproximadamente cuatro veces más grande que la anterior (y dieciséis veces más grande que el encendedor), pero el peso es siempre más o menos el mismo; incluso diría que esta estructura es más liviana que el encendedor entero, lo cual, si a primera vista puede parecer extraño -especialmente cuando se sostiene en la palma de la mano-, es lógico; por ley, el contenido tiene que pesar menos que el encendedor completo, a pesar de que su tamaño, mediante el ingenioso mecanismo de resortes, pueda aumentar y, por ello, parecer más pesado.

Me decido a quitar el algodón; parece estar muy comprimido (lo que explica que el disán se conserve tantos días en el interior del tanque -muchos más que en otros encendedores). El tanque ha crecido proporcionalmente, y ahora el algodón está más flojo; el contenido, compruebo, equivale a muchos paquetes grandes; no me ha costado trabajo quitarlo, porque mi mano entra entera en el tanque.

A esta altura, pienso que me va a ser muy difícil volver a armar el encendedor; quizás ya no pueda volver a usarlo. Pero no me importa; la curiosidad por el mecanismo me impulsa a seguir trabajando; ya no me interesa averiguar la causa de la falla (y creo que ya no estoy en condiciones de darme cuenta de dónde está esa falla), sino llegar a tener una idea de la estructura de ciertos encendedores.

No uso, ahora, destornillador, para investigar los conductos; mi mano cabe cómodamente en la mayoría de ellos. Es curioso el intrincamiento de algunos, semejante a un laberinto; mi mano encuentra a veces varios huecos en un mismo conducto, explora uno -que no es más que el principio, o el final, de otro conducto, y que a su vez tiene varios huecos que corresponden a otros tantos conductos. Hay menos tornillos, y también, en apariencia, actúa una menor cantidad de resortes.

Siguiendo con la mano, y parte del brazo, uno de los conductos y algunos de sus derivados, llego a un lugar que parece estar próximo al centro de la estructura; allí mis dedos palpan unas bolitas metálicas. Tienen la particularidad de estar sueltas a medias, como la punta de un bolígrafo; puedo hacerlas girar empujándolas con el dedo.

Presiono con más fuerza sobre una de ellas, y se desprende de la lámina metálica que la sujeta; comienza a rodar por los conductos y cae fuera de la estructura. Observo que su tamaño es como el de una bolita de las que los niños usan para jugar. Caen muchas. Diez o doce, o más. Tomo una de ellas y me sorprende el peso; parece que fuera una pieza entera. Pero de ser así, no me explico cómo pudo caber dentro del primitivo tamaño de encendedor. Pienso que, probablemente, también se hayan expandido mediante un sistema de resortes; me sigue llamando la atención el peso.

De pronto me sentí atacado por el sueño. Miré el reloj y vi que eran las dos de la madrugada. Es fascinante cómo uno se olvida del paso del tiempo cuando está entretenido en algo que le interesa. Pensé que debía irme a la cama, pero no puedo abandonar el trabajo. Quiero llegar, me propongo, a descubrir la última estructura, o a que el encendedor se desarme en su totalidad, se descomponga en cada uno de sus elementos.

Ahora, después de un par de operaciones, mediante las cuales vuelvo a separar la estructura en dos (una capa, o cáscara y una estructura cuadruplicada), el encendedor ocupa más de la mitad de la pieza; esta última estructura ya no se parece en nada al encendedor, sus formas son menos rígidas, hay curvas; si tuviera espacio suficiente para mirarla desde cierta distancia, quizás pudiera afirmar que es casi esférica.

Solamente a través del encendedor puedo pasar de un extremo a otro de la habitación; lo hago con cierta comodidad, aunque debo arrastrarme. Se me ocurre que si lo separara nuevamente en dos partes, obtendría una estructura por la cual podría andar sobre mis piernas. Pero temo, es casi una certeza, que ya no quepa en la habitación.

Hasta ahora he utilizado solamente uno de los conductos, que la atraviesa de lado a lado en forma rectilínea; pero hay otros, y siento tentación de meterme por ellos. Me atemorizan los laberintos; tomo un cono de hilo, ato el extremo a la manija de un cajón de la cómoda, y me introduzco en un conducto, que pronto tuerce la dirección y me lleva a otros.

Son blandos, sin dejar de ser metálicos; más que blandos, diría «muelles»; todavía se presiente la acción de resortes. Me maldigo: no se me ocurrió traer una linterna o, al menos, una caja de fósforos. La oscuridad se hizo total. Llevé, trabajosamente, la mano al bolsillo del pantalón, y solté la carcajada. Un movimiento reflejo, buscaba el encendedor en el bolsillo sin recordar que me encuentro dentro de él.

«Debo regresar a buscar la linterna», pensé, y ya me disponía a remontar el hilo, para volver, cuando veo una débil luz ante mis ojos. «Una salida, o quizás el mismo orificio por el que entré» -pienso y sigo arrastrándome hacia adelante, hacia la luz; ésta se vuelve cada vez más fuerte.

Puedo apreciar entonces cómo es el lugar en que me encuentro; no es exactamente un túnel, en el sentido de conducto tubular cerrado; está compuesto por infinidad de pequeños elementos, aunque hay grandes columnas metálicas, algunas más anchas que mi cuerpo, que lo atraviesan; pero no puedo ver dónde comienzan ni dónde terminan.

Sigo avanzando y no logro llegar al exterior; la luz se va haciendo más intensa -quiero decir que ahora es un poco más fuerte que la de una vela-; no logro aún localizar su fuente.

Descubro que puedo incorporarme, y camino -aunque ligeramente encorvado.

Escucho gemidos.

«Es la calle de los mendigos» -pienso-, y doy vuelta la esquina y veo la fuente de luz -un farol-, y por encima las estrellas.

En efecto, hay mendigos suplicantes y con ulceraciones en brazos y piernas, la calle es empedrada, y empinada; los comercios están cerrados, las cortinas metálicas bajas.

«Debo buscar un bar que esté abierto» -pienso-. «Necesito cigarrillos, y fósforos».

 

***

El oso / W. Faulkner

William Faulkner

EL oso

 

  1. Tenía diez años. Pero aquello había empezado ya, mucho antes incluso del día en que por fin pudo escribir con dos cifras su edad y vio por vez primera el campamento donde su padre y el mayor de Spain y el viejo general Compson y los demás pasaban cada año dos semanas en noviembre y otras dos semanas en junio. Para entonces había ya heredado, sin haberlo visto nunca, el conocimiento del tremendo oso con una pata destrozada por una trampa, que se había ganado un nombre en un área de casi cien millas, una denominación tan precisa como la de un ser humano. Hacía años que llevaba oyendo aquello; la larga leyenda de graneros saqueados, de lechones y cerdos adultos e incluso terneros arrastrados en vida hasta los bosques para ser devorados, de trampas de todo tipo desbaratadas y de perros despedazados y muertos, de disparos de escopeta e incluso de rifle a quemarropa sin otro resultado que el que hubiera logrado una descarga de guisantes lanzados por un chiquillo con un tubo, una senda de pillaje ydestrucción que había comenzado mucho antes de que él hubiera venido al mundo, una senda a través de la cual avanzaba, no velozmente, sino más bien con la deliberación irresistible y despiadada de una locomotora, la velluda y tremenda figura. Estaba en su conocimiento antes de llegar siquiera a verlo. Aparecía y se alzaba en sus sueños antes incluso de que llegara a verlos bosques intocados por el hacha donde el animal dejaba su huella deforme -velludo, enorme, de ojos enrojecidos, no malévolo, sino simplemente grande, demasiado grande para los perros que trataban de acorralarlo, para los caballos que trataban de derribarlo,

para los hombres y los proyectiles que dirigían contra él, demasiado grande para la tierra misma que constituía su ámbito forzoso-. Le parecía verlo todo entero, con la adivinación absoluta de los niños, mucho antes de que llegara siquiera a poner los ojos en alguna de ambas cosas: la tierra salvaje y condenada cuyas márgenes estaban siendo constante e ínfimamente roídas por las hachas y los arados de hombres que la temían porque era salvaje, hombres que eran miríada y que carecían de nombre unos para otros en aquella tierra donde el viejo oso se había hecho ya un nombre, a través de la cual transitaba no un animal mortal, sino un anacronismo, indomable e invencible, salido de un tiempo ancestral y muerto, un fantasma, epítome y apoteosis de la vieja vida salvaje en la que los hombres hormigueaban y lanzaban golpes de hacha con frenesí de odio y de miedo, como pigmeos en torno a las patas de un elefante somnoliento; el viejo oso solitario, indómito y aislado, viudo, sin cachorros, liberado de la mortalidad, viejo Príamo privado de su vieja esposa y que ha sobrevivido a todos sus hijos. Cada noviembre, hasta que tuvo diez años, solía mirar el carro con los perros y la ropa de cama y las provisiones y las armas, y a su padre y a Tennies Jim, el negro, y a Sam Fathers, el indio, hijo de una esclava y de un jefe chickasaw, y los veía partir camino de la  ciudad, de Jefferson, donde se reunirían con el mayor de Spain y los demás. Para el chico, cuando tenía siete y ocho y nueve años, la partida no iba al Gran Valle a cazar osos o ciervos, sino a su cita anual con aquel oso al que ni siquiera pretendían dar muerte. Solían volver dos semanas después, sin trofeo, sin piel ni cabeza. Y él tampoco las esperaba. Ni siquiera temía que lo trajeran en el carro. Creía que incluso después de que hubiera cumplido diez años y su padre le permitiera ir con ellos aquellas dos semanas de noviembre,no haría sino participar, junto a su padre y el mayor de Spain y el general Compson y los otros, en una más entre las representaciones históricas anuales de la furiosa inmortalidad del viejo oso. Entonces oyó a los perros. Fue en la segunda semana de su primera estancia en el campamento. Permaneció con Sam Fathers contra el viejo roble, al lado del impreciso cruce en el que, al alba, llevaban nueve días apostándose; y oyó a los perros. Antes los había oído ya en una ocasión, una mañana de la primera semana de campamento, un murmullo sin procedencia que resonaba a través de los bosques húmedos, que crecía rápidamente en intensidad hasta disociarse en ladridos diferenciados que él podía reconocer y alos que podía asignar nombres. Había levantado y montado laescopeta, como Sam le había dicho, y había permanecido de nuevo inmóvil mientras la algarabía, la carrera invisible, llegaba velozmente y pasaba y se perdía; le había parecido que podía realmente ver al ciervo, al gamo -rubio, de color de humo, alargado por la velocidad- huyendo, esfumándose, mientras los bosques y la soledad gris seguían resonando incluso después de que los gritos de los perros se hubieran perdido en la distancia. -Ahora baja los percusores -dijo Sam. -Sabías que no venían aquí -dijo él. -Sí -dijo Sam-. Quiero que aprendas lo que debes hacer cuando no dispares. Es después que se ha presentado y se ha perdido la oportunidad de derribar al oso o al ciervo cuando los perros y los hombres resultan muertos. -De todas formas -dijo él-, era sólo un ciervo. Luego, en la mañana décima, oyó de nuevo a los perros. Y él, antes de que Sam hablara, tal como le había enseñado, aprestó el arma -demasiado larga, demasiado pesada-. Pero esta vez no había ciervo, no había coro clamoroso de jauría a la carrera sobre un rastro libre, sino un ladrar trabajoso, una octava demasiado alto, con algo más que indecisión y abyección en él, que ni siquiera avanzaba velozmente, que se demoraba demasiado en quedar fuera del oído por completo, que, incluso entonces, dejaba en el aire, en alguna parte, aquel eco tenue, levemente histérico, abyecto, casi doliente, sin el significado de que ante él huyera una forma no vista, comedora de hierba, de color de humo, y Sam, que le había enseñado antes que nada a montar el arma y a tomar una posición desde donde pudiera dominar todos los ángulos, y, una vez hecho esto, a quedarse absolutamente inmóvil, se había movido hasta situarse a su lado; podía oír la respiración de Sam sobre su hombro, podía ver cómo las aletas de la nariz del viejo se curvaban al atraer el aire a los pulmones. -Ajá -dijo Sam-. Ni siquiera corre. Camina. -¡Old Ben! -dijo el chico-. Pero ¡aquí! -exclamó-. ¡Por esta zona! -Lo hace todos los años -dijo Sam-. Una vez. Acaso para ver quién está ese año en el campamento; si sabe disparar o no. Para ver si tenemos ya un perro capaz de acorralarlo y retenerlo. Ahora a ésos se los llevará hasta el río, y luego hará que vuelvan. Será mejor que también nosotros volvamos; veremos qué aspecto tienen cuando regresen al campamento. Cuando llegaron, los perros estaban ya allí; había diez, y se acurrucaban al fondo, debajo de la cocina; el chico y Sam, encuclillas, escrutaron la oscuridad: estaban apiñados, quietos, con los ojos luminosos centelleando hacia ellos y esfumándose; no se oía sonido alguno, sólo aquel efluvio de algo más que perruno, más fuerte que los perros y que no era sólo animal, no sólo bestial, pues nada había habido aún frente a aquel abyecto y casi doliente ladrido salvo la soledad, la inmensidad salvaje, de forma que cuando el undécimo perro, una hembra, llegó a mediodía, para el chico, que miraba junto a todos los demás -incluido el viejo tío Ash, que se consideraba antes que nada cocinero- cómo Sam embadurnaba con trementina y grasa de eje de carro la oreja desgarrada y el lomo surcado de heridas, seguía siendo no una criatura viviente, sino la propia inmensidad salvaje quien, inclinándose momentáneamente sobre la tierra, había rozado ligeramente la temeridad de aquella perra.

-Exactamente igual que un hombre -dijo Sam-. Igual que las personas. Posponiendo todo lo posible la necesidad de ser valiente, sabiendo todo el tiempo que tarde o temprano tendría que ser valiente al menos una vez para seguir viviendo en paz consigo misma, y sabiendo siempre de antemano lo que le iba a suceder cuando lo hiciera. Aquella tarde, él en la mula tuerta del carro, a la que no le importaba el olor de la sangre ni -según le dijeron- el olor de los osos, y Sam en la otra mula, cabalgaron durante más de tres horas a través del veloz día de invierno que se agotaba por momentos. No seguían ninguna senda, ni siquiera un rastro que él pudiera identificar, y casi repentinamente estuvieron en una región que él jamás había visto antes. Entonces supo por qué Sam le había hecho montar la mula tuerta a la que nada espantaba. La otra, la cabal, separó en seco y trató de revolverse y desbocarse incluso después deque Sam hubiera desmontado, dando sacudidas y tirando de las riendas mientras Sam la retenía, mientras la hacía avanzar con palabras dulces -no podía arriesgarse a atarla y la conducía hacia adelante mientras el chico desmontaba de la tuerta. Luego, de pie al lado de Sam en la penumbra de la tardemoribunda, miró el tronco derribado y podrido, dañado y arañado por surcos de garras, y junto a él, sobre la tierra húmeda, vio lahuella de la torcida y enorme garra de dos dedos. Supo entonces loque había olido cuando escudriñó debajo de la cocina en dirección alos perros apiñados. Por vez primera tuvo conciencia de que el osoque poblaba los relatos oídos y surgía amenazadoramente en sussueños desde antes de que pudiese recordar, y que, por tanto, debía

  1. 6de haber existido igualmente en los relatos oídos y en los sueños desu padre y del mayor de Spain e incluso del viejo general Compsonantes de que ellos a su vez pudieran recordar, era un animal mortal,y que si ellos viajaban al campamento cada noviembre sin esperanzareal de volver con aquel trofeo, no era porque no se le pudiera darmuerte, sino porque hasta el momento no tenían ninguna esperanzareal de poder hacerlo. -Mañana -dijo. -Lo intentaremos mañana -dijo Sam-. No tenemos el perro to-davía. -Tenemos once. Lo han perseguido esta mañana. -No se necesitará más que uno -dijo Sam-. Pero no está aquí. Talvez no exista en ninguna parte. Hay otra posibilidad, la única, y esque tropiece por azar con alguien que tenga una escopeta. -No seré yo -dijo el chico-. Será Walter o el mayor o… -Podría ser -dijo Sam-. Tú, mañana por la mañana, mantén losojos bien abiertos. Porque es inteligente. Por eso ha vivido tanto. Sise ve acorralado y ha de pasar por encima de alguien, te elegirá a ti. -¿Cómo? -dijo el chico-. ¿Cómo podrá saber…? -Y calló-. Quieresdecir que me conoce, a mí, que nunca he estado aquí antes, que nisiquiera he tenido ocasión de descubrir si yo… -Calló de nuevomientras miraba a Sam, a aquel viejo cuya cara nada revelaba hastaque se dibujaba en ella la sonrisa. Y dijo con humildad, sin siquierasorpresa-: Era a mí a quien vigilaba. Supongo que no necesitaríavenir sobre mí más que una vez. A la mañana siguiente dejaron el campamento tres horas antesdel alba. Era demasiado lejos para llegar a pie; fueron en el carro,también los perros. De nuevo la primera luz gris de la mañana losorprendió en un lugar desconocido por completo; Sam lo habíaapostado y le había dicho que permaneciera allí, y luego se habíaalejado. Con aquella escopeta demasiado grande para su tamaño,
  2. 7que ni siquiera era suya, sino del mayor de Spain y con la que habíadisparado una sola vez -el primer día y contra un tocón, paraaprender a gobernar el retroceso y a recargarla-, permanecióapoyado contra un gomero, al lado de un brazo pantanoso cuyaagua negra y quieta reptaba sin movimiento desde un cañaveral,cruzaba un pequeño claro y se internaba de nuevo en otro muro decañas, donde, invisible, un ave -un gran pájaro carpintero llamado«Señor-para-Dios» por los negros- hacía sonar con estrépito lacorteza de una rama muerta. Era un puesto como cualquier otro, sin diferencias sustancialesrespecto del que había ocupado cada mañana por espacio de diezdías; un territorio nuevo para él, aunque no menos familiar que elotro, que al cabo de casi dos semanas creía conocer un poco, lamisma soledad, el mismo aislamiento por el que los seres humanoshabían pasado sin alterarlo lo más mínimo, sin dejar señal niestigma alguno, cuya apariencia debía de ser exactamente igual a ladel pasado, cuando el primer ascendiente de los antepasadoschickasaw de Sam Fathers se internó en él y miró en torno, congarrote o hacha de piedra o arco de hueso aprestado y tenso; sólodiferente porque, de cuclillas en el borde de la cocina, había olido alos perros, acobardados y acurrucados unos contra otros debajo deella, y había visto la oreja y el lomo desgarrados de la perra que,según dijo Sam, había tenido que ser valiente una vez a fin de viviren paz consigo misma, y, el día anterior, había contemplado en latierra, al lado del tronco destrozado, la huella de la garra viva. No oyó en absoluto a los perros. Nunca llegó a oírlos.Únicamente oyó cómo el martilleo del pájaro carpintero cesaba depronto, y entonces supo que el oso lo estaba mirando. No llegó averlo. No sabía si estaba frente a él o a su espalda. No se movió;sostuvo la inútil escopeta; antes no había habido ninguna señal depeligro que le llevara a montarla, y ahora ni siquiera la montó; gustó
  3. 8en su saliva aquel sabor malsano, como a latón, que conocía yaporque lo había olido al mirar a los perros que se apiñaban debajode la cocina. Y, luego, se había ido. Tan bruscamente como había cesado, elmartilleo seco, monótono del pájaro carpintero volvió a oírse, y alrato él llegó a creer incluso que podía oír a los perros, un murmullo,apenas un sonido siquiera, que probablemente llevaba oyendoalgún tiempo antes de que llegara a advertirlo, y que se hacíaaudible y volvía a alejarse y a desaparecer. En ningún momento seacercaron lo más mínimo al lugar donde él estaba. Si perseguían aun oso, era a otro oso. Fue el propio Sam quien surgió del cañaveraly cruzó el brazo pantanoso seguido de la perra herida el díaanterior. Iba casi pegada a sus talones, como un perro de caza; noemitía sonido alguno, y al acercarse se acurrucó contra la pierna delchico, temblando, mirando fijamente hacia las cañas. -No lo he visto -dijo él-. ¡No lo vi, Sam! -Lo sé -dijo Sam-. Ha sido él quien ha mirado. Tampoco lo oíste,¿no es cierto? -No -dijo el chico-. Yo… -Es inteligente -dijo Sam-. Demasiado inteligente. -Miró a laperra, que temblaba leve y persistentemente contra la rodilla delchico. Del lomo desgarrado rezumaron y quedaron colgando unascuantas gotas de sangre fresca-. Demasiado grande. Todavía nohemos conseguido el perro. Pero quizá algún día. Quizá no lapróxima vez. Pero algún día. *** Así que tengo que verle, pensó. Tengo que mirarle. De lo contrario -tenía la sensación-, todo seguiría igual eternamente; todo habría deir como le había ido a su padre y al mayor de Spain, que era mayorque su padre, e incluso al general Compson, que era tan viejo como
  4. 9para haber mandado una brigada en 1865. De lo contrario, todoseguiría así para siempre, la vez próxima y la otra, después ydespués y una vez más. Le parecía poder verse a sí mismo y al oso,oscuramente, ambos en el limbo del que emerge el tiempo paraconvertirse en tiempo; el viejo oso, absuelto de su condición mortal,y él compartiendo, participando un poco en ello, lo bastante. Yahora sabía qué era lo que había olido en los perros apiñados ygustado en su saliva. Reconoció el miedo. Así que tendré que verle,pensó, sin temor ni esperanza. Tendré que mirarle. Fue en junio del siguiente año. Tenía entonces once años. Estabande nuevo en el campamento, celebrando los cumpleaños del mayorde Spain y del general Compson. Si bien uno había nacido ensetiembre y el otro en pleno invierno y en décadas distintas, sehabían reunido para pasar dos semanas en el campamento,pescando y cazando ardillas y pavos y persiguiendo mapaches ygatos monteses por la noche con los perros. O mejor, quienespescaban y disparaban contra las ardillas y perseguían a losmapaches y a los gatos salvajes eran él y Boon Hoggenbeck y losnegros, puesto que los cazadores experimentados, no sólo el mayorde Spain y el viejo general Compson, que se pasaban las dossemanas sentados en mecedoras ante una enorme olla de estofadotipo Brunswick, saboreándolo y revolviéndolo, mientras discutíancon el viejo Ash acerca de cómo lo cocinaba y Tennies Jim se echabawhisky de la damajuana en el cucharón de hojalata que utilizabapara beber, sino hasta el padre del chico y Walter Ewell, que eranaún bastante jóvenes, despreciaban ese tipo de actividades, y selimitaban a disparar a los pavos machos con pistola tras apostar porsu buena puntería. Es decir, cazar ardillas era lo que su padre y los demás pensabanque hacía. Hasta el tercer día creyó que Sam Fathers pensaba lomismo. Dejaba el campamento por la mañana, inmediatamente
  5. 10después del desayuno. Ahora tenía su propia escopeta: era unregalo de Navidad. Volvía al árbol que había al lado del brazopantanoso donde se había apostado aquella mañana del añoanterior. Y con la ayuda de la brújula que le había regalado el viejogeneral Compson, se desplazaba desde aquel punto. Sin saberlosiquiera, se estaba enseñando a sí mismo a ser un más-que-medianoconocedor de los bosques. El segundo día encontró incluso el troncopodrido junto al cual había visto por primera vez la huella deforme.Estaba desmenuzado casi por completo; retornaba con increíblerapidez -renuncia apasionada y casi visible- a la tierra de la quehabía nacido el árbol. Recorría los bosques estivales, verdes por la penumbra; másoscuros, de hecho, que en la gris disolución de noviembre, cuando,incluso al mediodía, el sol sólo alcanzaba a motearintermitentemente la tierra, nunca totalmente seca y plagada deserpientes mocasines y serpientes de agua y de cascabel, del colormismo de la moteada penumbra, de forma que él no siempre lasveía antes de que se movieran; volvía al campamento cada día mástarde, y en el crepúsculo del tercer día pasó por el pequeño corral detroncos que circundaba el establo de troncos en donde Sam hacíaentrar a los caballos para que pasaran la noche. -Aún no has mirado bien -dijo Sam. El chico se detuvo. Tardó unos instantes en contestar. Al caborompiendo a hablar impetuosa y apaciblemente, como cuando serompe la diminuta presa que un muchacho ha levantado en unarroyo, dijo: -Está bien. Pero ¿cómo? Fui hasta el brazo pantanoso. Hasta volvía encontrar el tronco. Yo… -Creo que hiciste bien. Lo más seguro es que te haya estadovigilando. ¿No viste su huella? -Yo -dijo el chico-, yo no… Nunca pensé…
  6. 11 -Es la escopeta -dijo Sam. Estaba de pie al lado de la cerca, inmóvil, el viejo, el indio, con suestropeado y descolorido mono y el sombrero de paja de cincocentavos deshilachado que en la raza negra había sido antañoestigma de esclavitud y era ahora emblema de libertad. Elcampamento -el claro, la casa, el establo y el pequeño corral que elmayor de Spain, por su parte, había arrebatado parca yefímeramente a la inmensidad salvaje- se desvanecía en elcrepúsculo, volviendo a la inmemorial oscuridad de los bosques. Laescopeta, pensó el chico. La escopeta. -Ten temor -dijo Sam-. No podrás evitarlo. Pero no tengas miedo.No hay nada en los bosques que vaya a hacerte daño a menos que loacorrales, o que huela que tienes miedo. También un oso o un ciervoha de temer a un cobarde, lo mismo que un hombre valiente ha detemerlo. La escopeta, pensó el chico. -Tendrás que elegir -dijo Sam. El chico dejó el campamento antes del alba, mucho antes de quetío Ash despertase entre sus colchas, sobre el suelo de la cocina, yencendiese el fuego para hacer el desayuno. Llevaba tan sólo labrújula y un palo para las serpientes. Podría caminar casi una millasin necesidad de consultar la brújula. Se sentó en un tronco, con labrújula invisible en la mano invisible, mientras los secretos sonidosde la noche, que callaban cuando se movía, volvían a escabullirse ycesaban luego para siempre; y enmudecieron los búhos para darpaso al despertar de los pájaros diurnos, y él pudo ver la brújula.Entonces avanzó rápida pero silenciosamente; sin tener concienciade ello todavía, se estaba convirtiendo día a día en un expertoconocedor de los bosques. A la salida del sol se topó con una gama y su cría; los hizo huir desu lecho, y pudo verlos de cerca, el crujido de la maleza, la corta cola
  7. 12blanca, la cría siguiendo a su madre a la carrera mucho más raudade lo que él hubiera podido imaginar. Iba de caza del modocorrecto, contra el viento, como Sam le había enseñado; pero esoahora no importaba. Había dejado la escopeta en el campamento;por propia voluntad y renuncia había aceptado no un gambito, nouna elección, sino un estado en el cual no sólo el hasta entoncesanonimato inviolable del oso sino todas las viejas normas yequilibrios entre cazador y cazado quedaban abolidos. No tendríamiedo, ni siquiera en el momento en que el miedo se apoderara deél por completo, sangre, piel, entrañas, huesos, memoria del largotiempo que había transcurrido hasta convertirse en su memoria:todo, salvo aquella fina, clara, inextinguible, inmortal lucidez, soladiferencia entre él y aquel oso, entre él y todos los otros osos yciervos que habría de matar en la humildad y orgullo de su pericia yentereza, lucidez a la que había apuntado Sam el día anterior,apoyado sobre la cerca del corral a la caída del crepúsculo. Para mediodía había dejado muy atrás el pequeño brazopantanoso, se había adentrado más que nunca en aquel territorioajeno y nuevo. Ahora avanzaba no sólo con la ayuda de la brújula,sino también con la del viejo y pesado y grueso reloj de plata quehabía pertenecido a su abuelo. Cuando se detuvo al fin, lo hacía porprimera vez desde que se levantó del tronco al alba, cuando pudover la brújula. Era ya lo bastante lejos. Había dejado el campamentohacía nueve horas; una vez transcurridas otras nueve, la oscuridadhabría caído ya hacía una hora. Pero él no pensaba en ello. Pensó: Deacuerdo. Sí. Pero ¿qué?, y se quedó quieto unos instantes, pequeño yextraño en la verde soledad sin techo, respondiendo a su propiapregunta antes incluso de que ésta se hubiera formulado y cesado.Eran el reloj y la brújula y el palo, los tres mecanismos sin vidamediante los cuales había repelido durante nueve horas a la
  8. 13inmensidad salvaje. Colgó cuidadosamente el reloj y la brújula deun arbusto, apoyó el palo junto a ellos y renunció a él por completo. Durante las últimas tres o cuatro horas no había avanzado muyde prisa. No caminaba más rápidamente ahora, pues la distancia nohabría tenido importancia ni aun en el caso de que pudiera haberlohecho. Y trataba de recordar la posición del árbol donde habíadejado la brújula; trataba de describir un círculo que volviera allevarle a él, o al menos que se intersecase a sí mismo, pues ladirección tampoco importaba ya. Pero el árbol no estaba allí, e hizolo que Sam le había enseñado: describió otro círculo en direccióncontraria, de forma que los dos círculos hubieran de bisecarse enalgún punto, pero no se cruzó con huella alguna de sus pies, y al finencontró el árbol, pero en lugar erróneo, pues no había arbusto nireloj ni brújula, y el árbol era otro árbol, pues a su lado había untronco derribado, y entonces hizo lo que Sam Fathers le había dichoque debía hacerse a continuación, que era también lo último quepodía hacerse. Se sentaba sobre el tronco cuando vio la huella torcida, ladeforme, tremenda hendidura de dos dedos, la cual, mientras elchico la miraba, se llenó de agua. Cuando alzó la vista, lainmensidad salvaje se fundió, se solidificó, el claro, el árbol quebuscaba, el arbusto, y el reloj y la brújula brillaron al ser tocados porun rayo de sol. Y entonces vio al oso. No surgió, no apareció;simplemente estaba allí, inmóvil, sólido, fijado en el calientemoteado del verde mediodía sin viento no tan grande como lo habíasoñado pero tan grande como lo esperaba, aún más grande, sindimensiones contra la moteada oscuridad, mirándole, mientras él,sentado sobre el tronco, inmóvil, le devolvía la mirada. Luego el oso se movió. No hizo ningún ruido. No se apresuró.Cruzó el calvero; por espacio de un instante entró dentro del plenofulgor del sol; cuando llegó al otro lado se detuvo de nuevo y miró
  9. 14por encima de un hombro hacia él, cuya tranquila respiración aspiróy espiró el aire tres veces. Y se fue. No se internó en el bosque, en la maleza. Se esfumó,volvió a hundirse en la inmensidad salvaje, como si el chicoestuviera viendo cómo un pez, una perca enorme y vieja, sesumergía y volvía a desaparecer en las oscuras profundidades delrío sin mover las aletas lo más mínimo. Será el próximo otoño, pensó. Pero no fue el otoño siguiente, ni elsiguiente ni el siguiente. Tenía entonces catorce años. Había matadoya su ciervo, y Sam Fathers le había marcado la cara con la sangrecaliente, y al año siguiente mató un oso. Pero antes incluso de talespaldarazo había llegado a ser tan diestro en los bosques comomuchos adultos con la misma experiencia; a los catorce años era másexperto en ellos que la mayoría de los adultos con más práctica. Nohabía terreno a treinta millas en torno al campamento que él noconociera, brazo pantanoso, loma, espesura, árbol o senda quesirviera de lindero. Habría podido guiar a cualquiera a cualquierpunto de aquel territorio sin desviarse lo más mínimo, y guiarlo denuevo de regreso. Conocía rastros de caza que ni siquiera SamFathers conocía; cuando tenía trece años descubrió el lecho de unciervo, y sin que su padre lo supiera tomó prestado el rifle de WalterEwell y se apostó al acecho al alba y mató al ciervo cuando el animalvolvía al lecho, tal como Sam Fathers le contó que hacían los viejosantepasados chickasaw. Pero no al viejo oso, por mucho que para entonces conociera sushuellas mejor incluso que las propias, y no sólo la deforme. Podíaver cualquiera de las tres cabales y distinguirla de la de cualquierotro oso, y no sólo por el tamaño. Dentro de aquel radio de treintamillas había otros osos que dejaban huellas casi tan grandes, peroera algo más que eso. Si Sam Fathers había sido su mentor y losconejos y ardillas del patio trasero del hogar, su jardín de infancia,
  10. 15la inmensidad salvaje por la que vagaba el viejo oso era su facultaduniversitaria, y el propio viejo oso macho, ya tanto tiempo viudo ysin hijos como para haberse convertido en su propio progenitor noengendrado, era su alma mater. Pero no lograba verlo nunca. Podía encontrar la huella deforme siempre que quería, a quince odiez millas del campamento; a veces más cerca incluso. En el cursode aquellos tres años, mientras estaba apostado, había oído dosveces cómo los perros tropezaban con su rastro por azar; la segundavez, al parecer, lo hostigaron: las voces altas, abyectas, casi humanasen su histeria, como aquella primera mañana de hacía dos años.Pero no el oso mismo. Y recordaba el mediodía, tres años atrás, enque allá en el calvero el oso y él se vieron fijados en el fulgormoteado y sin viento, y le parecía que aquello nunca habíasucedido, que se trataba de otro sueño. Pero había sucedido. Sehabían mirado el uno al otro, habían emergido ambos de lainmensidad salvaje y vieja como la tierra, sincronizados en aquelinstante merced a algo más que la sangre que anima la carne y loshuesos que sustentan el cuerpo; y se tocaron, y se comprometieron aalgo, y afirmaron algo más duradero que la frágil urdimbre dehuesos y carne que cualquier accidente podía aniquilar. Y entonces lo vio de nuevo. Debido al hecho de que no pensabaen otra cosa, había olvidado buscarlo. Estaba cazando al acecho conel rifle de Walter Ewell. Lo vio cruzar al fondo de una larga franjaarrasada, un corredor barrido por un tornado, precipitarse por lamaraña de troncos y ramas, más a través de ella que por encima deella, como una locomotora, a mayor velocidad de la que él hubieracreído que pudiera alcanzar nunca, casi tan veloz como un ciervo,pues un ciervo se habría mantenido la mayor parte del tiempo en elaire, tan veloz que él no tuvo tiempo siquiera de alzar las miras delrifle, de forma que luego habría de pensar que el hecho de no haber
  11. 16disparado se debía a que él había estado inmóvil a su espalda y eltiro jamás habría llegado a alcanzarlo. Y entonces supo cuál había sido el fallo de aquellos tres años defracasos. Se sentó sobre un tronco, agitándose y temblando como sien su vida hubiera visto los bosques ni ninguna de sus criaturas,preguntándose con asombro incrédulo cómo podía haber olvidadolo que Sam Fathers le había dicho, lo que el propio oso habíaconfirmado al día siguiente, lo que ahora, al cabo de tres años, habíareafirmado. Y ahora entendía lo que Sam Fathers había querido decir cuandose refirió al perro adecuado, un perro cuyo tamaño poco o nadahabía de importar. Así que cuando volvió solo en abril -eran lasvacaciones, de forma que los hijos de los granjeros podían ayudar aplantar la tierra, y al fin su padre, después de hacerle prometer quevolvería en cuatro días, había accedido a concederle su permiso-,tenía el perro. Era su propio perro, un mestizo de esos que losnegros llaman «mil razas», un ratonero, no mucho mayor que unarata y con esa valentía que ha tiempo ha dejado de ser valor paraconvertirse en temeridad. No le llevó cuatro días. Una vez solo de nuevo, halló el rastro laprimera mañana. No era caza al acecho; era una emboscada. Fijó lahora del encuentro casi como si se tratara de una cita con un serhumano. Al amanecer de la segunda mañana. El sujetando al «milrazas», al que habían envuelto la cabeza con un saco, y Sam Fatherscon dos de los perros sujetos por una cuerda de arado se apostaroncon el viento a favor del rastro. Estaban tan cerca que el oso sevolvió, sin correr siquiera, como estupefacto ante el estrépitofrenético y estridente del «mil razas» recién liberado, y se puso aresguardo contra el tronco de un árbol, sobre las patas traseras. Alchico le pareció que el animal se hacía más y más alto y que no iba adejar de alzarse nunca, y hasta los dos perros parecían haber
  12. 17tomado del «mil razas» una suerte de desesperada y desesperantevalentía, pues lo siguieron cuando avanzó hacia el oso. Entonces se dio cuenta de que el «mil razas» no iba a detenerse.Se lanzó hacia adelante, arrojó la escopeta y echó a correr. Cuandoalcanzó y agarró al perrito, que se debatía frenéticamente como untorbellino, al chico le dio la impresión de hallarse literalmentedebajo del oso. Pudo sentir su olor: fuerte y caliente y fétido. Se agachótorpemente, alzó la vista hacia la bestia, que se cernía sobre él desdelo alto como un aguacero, del color del trueno, muy familiar,apacible e incluso lúcida mente familiar, hasta que al fin recordó: eraasí como solía soñarlo. Y ya se había ido. No lo vio irse. Permanecióde rodillas, sujetando al frenético «mil razas» con ambas manos,oyendo cómo se alejaba más y más el humilde lamento de losperros, hasta que llegó Sam. Traía la escopeta. La dejó en el suelo, ensilencio, al lado del chico, y se quedó allí de pie mirándole. -Le has visto ya dos veces con una escopeta en las manos -dijo-.Esta vez no podías haber fallado. El chico se levantó. Seguía sujetando al «mil razas». Incluso enbrazos, lejos del suelo, el animal seguía ladrando frenéticamente,debatiéndose y tratando de escapar, como un manojo de muelles,tras el fragor cada vez más lejano de los perros. El chico peleaba unpoco, pero ni se agitaba ni temblaba ya. -¡Tampoco tú! -dijo-. ¡Tú tenías la escopeta! ¡Tampoco tú! *** -Y no disparaste -dijo su padre-. ¿A qué distancia estabas? -No lo sé, señor -dijo él-. Tenía una gran garrapata en la pataderecha trasera. Me fijé en eso. Pero en aquel momento no tenía laescopeta.
  13. 18 -Pero tampoco disparaste cuando la tenías -dijo su padre-. ¿Porqué? El chico no respondió. Su padre, sin esperar a que lo hiciera, selevantó y cruzó la habitación; caminó sobre las pieles del oso que elchico había cazado dos años atrás y del otro oso, más grande, que élmismo había cazado antes de que su hijo naciera, y se dirigió a lalibrería sobre la que podía verse la cabeza del primer ciervo delchico. Era la habitación que su padre llamaba «la oficina», pues enella tenían lugar todas las transacciones comerciales de laplantación. En ella, a lo largo de los catorce años de su vida, habíaoído las mejores charlas. Solía estar allí el mayor de Spain, y a vecesel viejo general Compson, y también Walter Ewell y BoonHoggenbeck y Sam Fathers y Tennies Jim, porque también elloseran cazadores y conocían los bosques y a sus criaturas. El solía escuchar, no hablaba, se limitaba a atender; la inmensidadsalvaje, los grandes bosques, más grandes y más viejos quecualquier documento registrado de cualquier hombre blanco lobastante fatuo como para creer que en determinado momento habíaadquirido un trozo de ellos, o de cualquier indio lo bastante cruelcomo para pretender que un trozo de ellos le pertenecía hasta elpunto de poderlo transmitir; eran de los hombres, no blancos ninegros ni rojos sino sólo hombres, cazadores con la voluntad y laaudacia necesarias para resistir y la humildad y la pericia necesariaspara sobrevivir, y los perros y los osos y los ciervos se yuxtaponíany descollaban en ellos, abocados y compelidos, bien en torno a lainmensidad salvaje o dentro de ella, a la antigua e incesantecontienda decretada por las antiguas e inflexibles normas quedispensaban de toda contrición y no admitían cuartel; las vocestranquilas y meditadas y graves, destinadas a la mirada retrospec-tiva y a la memoria y a los exactos recuerdos, mientras el chico sesentaba en cuclillas junto al fuego llameante del hogar al igual que
  14. 19Tennies Jim, quien, en cuclillas, se movía únicamente para echarmás leña al fuego y para pasar de un vaso a otro la botella. Porquela botella se hallaba siempre presente, de forma que al rato al chicole daba la impresión de que aquellos intensos momentos de corazóny cerebro y valor y astucia y rapidez se concentraban y destilabanhasta dar lugar a aquel licor de color pardo que ninguna mujer omuchacho o niño, sino sólo los cazadores bebían, y lo bebían no porla sangre que habían derramado sino por una suerte dequintaesencia del inmortal espíritu salvaje, y bebíanmoderadamente, incluso humildemente, no con la mezquinaesperanza del pagano de adquirir por ello las virtudes de la astuciay la rapidez y la fuerza, sino como salutación hacia ellas. Volvió su padre con el libro y se sentó y lo abrió. -Escucha -dijo. Leyó en voz alta las cinco estrofas, con voz quietay pausada; en la habitación no había lumbre, pues era ya primavera.Luego levantó la vista. El chico lo miraba-. Muy bien -dijo el padre-.Escucha. -Volvió a leer, pero esta vez sólo la segunda estrofacompleta, y las dos últimas líneas, y cerró el libro y lo dejó en lamesa a su lado-. «Ella no puede desaparecer, aunque tú no tengas tudicha; tú amarás eternamente, y ella será justa» -dijo. -Está hablando de una chica -dijo el chico. -Tiene que hablar de algo -dijo su padre. Y luego dijo-: Estáhablando de la verdad. La verdad no cambia. La verdad es una.Abarca todas las cosas que tocan el corazón: honor y orgullo ypiedad y justicia y valor y amor. ¿Entiendes ahora? No estaba seguro. De algún modo, era más sencillo que todo eso.Había un viejo oso fiero y cruel, mas no por el mero hecho deconservar la vida, sino con el fiero orgullo de la libertad, lo bastanteorgulloso de su libertad como para verla amenazada y no sentirmiedo y no alarmarse siquiera; aún más, un animal que a vecesparecía incluso poner aquella libertad deliberadamente en peligro a
  15. 20fin de saborearla, a fin de recordar a sus viejos y fuertes huesos ycarne la necesidad de mantenerse flexibles y rápidos paradefenderla y preservarla. Había un hombre viejo, hijo de unaesclava negra y de un rey indio, heredero por un lado de la largacrónica de un pueblo que había aprendido la humildad a través delsufrimiento, y el orgullo a través de la fortaleza que sobrevive alsufrimiento y la justicia, y por el otro, la crónica de un pueblo aúnmás antiguo en aquella tierra que el primero, y que sin embargohabía desaparecido de ella por completo, perpetuándose sólo en lasolitaria fraternidad entre la sangre extraña que corría en las venasde un viejo negro y el espíritu salvaje e invencible de un viejo oso.Había un muchacho que deseaba aprender la humildad y el orgulloa fin de llegar a ser diestro y valioso en los bosques, que de prontose vio convirtiéndose en tan diestro con tanta rapidez que temió nollegar nunca a convertirse en valioso, pues no había aprendido lahumildad y el orgullo, pese a haberlo intentado, hasta un día enque, súbitamente asimismo, descubrió que un viejo incapaz dedefinir ninguna de las dos virtudes le había guiado, como de lamano, a aquel punto en el que un viejo oso y un pequeño perromestizo le habían enseñado que, poseyendo una de las dos, seposeía ambas. Y un pequeño perro sin nombre y mestizo y con muchos padres,adulto ya pero de menos de seis libras de peso, diciéndose comopara sus adentros: «No puedo ser peligroso, porque no hay nadamucho más pequeño que yo mismo; no puedo ser fiero, porquedirán que sólo es ruido; no puedo ser humilde, porque ya estoydemasiado cerca del suelo como para doblar la rodilla; no puedo serorgulloso, porque tampoco puedo estar tan cerca de él como parasaber quién proyecta una sombra, y ni siquiera sé que no voy a ir alcielo, porque han decidido que no poseo un alma inmortal. Así que
  16. 21lo único que puedo es ser valiente. Pero está bien. Puedo serlo,aunque sigan diciendo que sólo es ruido.» Eso era todo. Era sencillo, mucho más sencillo que alguienhablando en un libro de un muchacho y una chica por la que nuncatendría que afligirse, por cuanto jamás podría acercarse más a ella nitendría tampoco que alejarse. El había oído hablar acerca de un oso,y un día llegó a tener la edad necesaria para seguir su rastro, y losiguió durante cuatro años, y al fin se encontró con él con unaescopeta en las manos y no disparó. Porque un pequeño perro…Pero podía haber disparado mucho antes de que el perrito recorrieralas veinte yardas hasta donde le esperaba el oso, y Sam Fatherspodía haber disparado en cualquier momento durante el minutointerminable en que Old Ben, sobre sus patas traseras, se erguíasobre ellos. Se detuvo. Su padre le miraba con gravedad a través dela copiosa media luz de primavera del cuarto; cuando habló, suspalabras fueron tan apacibles como la media luz; no eran palabrasen alta voz, no necesitaban serlo porque iban a ser duraderas: -El valor y el honor y el orgullo -dijo- y la piedad y el amor por la justicia y por la libertad. Todo ello toca el corazón, y aquello a lo ques e aferra el corazón se convierte en verdad, en aquello que alcanzamos a entender como verdad. ¿Entiendes ahora? Sam y Old Ben y Nip, pensó. Y también él mismo. El tambiénhabía actuado correctamente. Su padre lo había dicho.

-Sí, señor -dijo.

 

F I N

 

El Che y El Capital

 

 

Che Guevara, lector de El Capital / Néstor Kohan

 

Diálogo con Orlando Borrego, compañero y colaborador del Che en el Ministerio de Industrias

Sobre el Che Guevara se han escrito muchas biografías. Muchísimas. La mayoría de ellas tocan de oído y se sustentan en testimonios de terceros. En versiones o en reconstrucciones posteriores (algunas honestas y fidedignas, otras claramente tergiversadoras de los hechos históricos y abiertamente opuestas a la revolución) cuya fuente son… otras reconstrucciones previas. Relatos sobre relatos, en una multiplicación infinita de espejos donde el Che Guevara se desdibuja en tanto material de disputa, de tironeo, de abierta manipulación mediática. No importa tanto qué hizo, qué escribió, qué pensó ni qué proyecto tenía realmente el Che sino más bien cómo se lo puede utilizar hoy para otros fines. Ese tipo de ejercicio está más cerca de la propaganda ideológica del sistema y de la construcción hegemónica de una cultura de la resignación que de la rigurosa investigación histórica.

 

De este modo se ha construido la leyenda negra de un Che Guevara salvaje, frío ejecutor, déspota, hombre de acero, fusilador sanguinario y cruzado del medioevo. En suma… un ángel exterminador. Todas estas caracterizaciones pertenecen al ex funcionario de la administración Menem, Mario Pacho O’Donnell, quien recientemente le ha dedicado a su figura una biografía mercantil, tramposamente titulada Che, la vida por un mundo mejor [Buenos Aires, Sudamericana, 2003]. En ese best seller comercial, O’Donnell se queja de la influencia de Guevara sobre la izquierda marxista continental, a la que habría conducido “hacia la violencia terrorista”.

 

En ese mismo registro de sentido, a Guevara se le llegó a atribuir un “fundamentalismo terrorista”, comparándolo sin ningún escrúpulo ni reparo, con Bin Laden, como hizo el ensayista -supuestamente “progresista”…- José Pablo Feinmann en el artículo “El Che y las Torres Gemelas” [Página 12, Buenos Aires, 8 de octubre de 2002]. Antes de ese articulo, el mismo Feinmann lo había caracterizado como un “implacable jacobino”, “un extremista”, “un Superman con kryptonita en los pulmones”, “un Jesucristo superstar” y hasta “un Principito de la izquierda”, en su triste ensayo La sangre derramada [Buenos Aires, Ariel-Planeta, 1998]. En aquel texto, Feinmann remataba su visión “progresista” del Che -que también se expresó en una promocionada obra de teatro- preguntándose, sin rubor en el rostro: “¿Quién puede no pensar que Ernesto Guevara es uno de los grandes responsables [sic] de las masacres de nuestro continente?”.

 

La lista de exabruptos, manipulaciones, tergiversaciones, frivolidades, superficialidades y desconocimientos históricos podría complementarse con miles de ejemplos similares. De biógrafos argentinos o también de otras latitudes, entre los que se destaca el inefable funcionario estatal mexicano Jorge Castañeda.

 

Muchos de ellos, no sólo intentan manipular la figura del Che para oponerlo artificialmente a Fidel, para atribuir su asesinato en Bolivia a una supuesta “inclinación al suicidio” o para explicar su internacionalismo militante a partir de oscuras e insondables enfermedades psicológicas. Al mismo tiempo, el coro de todos estos apologistas menosprecia al unísono, con voz monocorde, la propia formación teórica del revolucionario argentino. A regañadientes, llegan a conceder que “leyó mucho” pero, invariablemente, dejan flotando la idea de que el Che Guevara era un simple diletante y un marxista improvisado, lo cual explicaría -siempre según la opinión de estos biógrafos bienpensantes- sus “fracasos políticos y económicos”.

 

No casualmente, en todas las biografías -incluyendo en este rubro hasta aquellas que simpatizan con el biografiado, más honestas que las de O’Donnell, Feinmann o Castañeda- apenas se dedican unos poquitos renglones a mencionar los estudios teóricos del Che. Llama poderosamente la atención que biografías de casi 1.000 páginas (tan gordas como la guía de teléfonos) despachen la polémica teórica sobre la ley del valor y las categorías mercantiles en la transición al socialismo en menos de media página, mientras invierten no más de dos renglones en mencionar -si es que llegan a mencionarlos…- los seminarios de estudio a los que el Che les dedicó años de su vida militante.

 

En el fondo, ese tipo de tratamiento reposa en un axioma implícito: el Che fue el Che…a pesar de sus ideas, a pesar de su concepción del mundo y a pesar de su ideología política.

Orlando Borrego Díaz no supo del Che Guevara a partir de lo que sobre él dijeron las agencias de noticias norteamericanas, los expedientes de la CIA recientemente desclasificados o los ensayos de algún escritor europeo que se dignó a escribir sobre América Latina para lavar culpas de conciencia. Tampoco se puso a escribir sobre el revolucionario argentino porque una editorial comercial le ofreciera una abultada suma de billetes para confeccionar, en un par de meses y a todo galope, un best seller biográfico, de venta rápida en supermercados y shoppings. Un texto simple, de degustación efímera, para leer en la playa o en la cola de la peluquería.

 

Orlando Borrego (quien nació en Holguín, Cuba, en 1936) lo conoció al Che de primera mano. Fue su compañero de lucha y militancia, su principal colaborador y su amigo personal durante muchos años. En épocas insurreccionales, perteneció al Ejército Rebelde y combatió en la Columna 8 “Ciro Redondo” que dirigía el mismo Che. Más tarde, en tiempos de las célebres polémicas económicas y políticas sobre el desarrollo estratégico de la revolución cubana, fue su principal asistente en el Ministerio de Industrias y su compañero de estudios teóricos. Finalmente, fue el impulsor y animador de la compilación más completa hasta hoy existente sobre la obra, los escritos, las cartas y los discursos del Che, que Borrego -con la colaboración de Enrique Oltusky- realizó desde el Ministerio del Azúcar, cuando el Che todavía estaba vivo (preparando su participación internacionalista en otras tierras del mundo).

 

Borrego acaba de publicar en Argentina dos libros fundamentales: Che Guevara, el camino del fuego [2001] y Che, recuerdos en ráfaga [2003]. Ambos han sido editados por la editorial Hombre Nuevo.

 

En el primero de los libros, Borrego nos introduce al laboratorio mental del Che, en los tiempos tempranos de la transición socialista. De la mano del autor vamos conociendo, palmo a palmo, cada una de las tareas que la joven revolución cubana y su principal dirigente, Fidel, le encomendaron al Che Guevara: el papel de la nacionalización de las grandes empresas capitalistas, los desafíos de industrializar en forma acelerada un país subdesarrollado y tradicionalmente atado a los monopolios norteamericanos, la batalla por el trabajo voluntario y los incentivos morales y la difícil tarea de continuar en forma permanente e ininterrumpida una revolución que se inicia. Ya no sólo con el fusil al hombro, sino también desde el naciente Ministerio de Industrias. En El camino del fuego Borrego nos va explicando las posiciones del Che en el debate teórico en el que fraternalmente polemizaron los partidarios del Cálculo Económico (CE) con los del Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF).

 

Los primeros, encabezados por Carlos Rafael Rodríguez, Alberto Mora, Marcelo Fernández Font y Charles Bettelheim, propiciaban y defendían un proyecto político de socialismo mercantil, con empresas gestionadas en forma descentralizada y con autarquía financiera, compitiendo e intercambiando con dinero sus respectivas mercancías en el mercado. En cada una de las empresas predominaba el estímulo material. La planificación, sostenían los seguidores del Cálculo Económico, operaba a través del valor y el mercado. Ese era el camino principal elegido y promovido en aquellos años por los soviéticos.

 

Los segundos, encabezados por el Che Guevara, y acompañados por Luis Álvarez Rom y Ernest Mandel, entre otros, cuestionaban el matrimonio de socialismo y mercado. Defendían un proyecto político donde planificación y mercado son términos antagónicos. El Che pensaba que la planificación era mucho más que un mero recurso técnico para gestionar la economía. Era la vía para ampliar el radio de racionalidad humana, disminuyendo progresivamente las cuotas de fetichismo en las que se sustentaba la creencia en una “autonomía de las leyes económicas”. Los partidarios del Sistema Presupuestario propiciaban la unificación bancaria de todas las unidades productivas, con un presupuesto único y centralizado, entendidas todas ellas como partes de una gran empresa socialista (integrada por cada una de las unidades productivas particulares). Entre fábrica y fábrica de una misma empresa consolidada no había compraventa mediada por el dinero y el mercado, sino intercambio a través de un registro de cuenta bancaria. Los productos pasaban de una unidad productiva a otra sin ser mercancía. El Che y sus partidarios, promovían e impulsaban el trabajo voluntario y los incentivos morales como herramientas privilegiadas -aunque no únicas- para elevar la conciencia socialista de los trabajadores.

En El camino del fuego Borrego, con gran pedagogía y múltiples ejemplos cotidianos, va mostrando al lector la complejidad de todo el planteo del Che. No sólo teórico sino también práctico. La frutilla de este primer libro está dada por su último capítulo, aquel donde Borrego intercala y comenta un texto fundamental hasta ahora inédito del Che: los cuadernos elaborados en Praga. En ellos Guevara, al año siguiente de la polémica económica de 1963 y 1964 (entre fines de 1965 y comienzos de 1966), somete a dura crítica el Manual de Economía Política oficial en la Unión Soviética. Allí llega a la explosiva y “herética” conclusión -más de dos décadas antes de Mijail Gorvachov- que la URSS está regresando al capitalismo… En Recuerdos en ráfaga, el segundo texto de Borrego, el autor nos pinta un fresco donde emerge en el primer plano el Che cotidiano, su relación con los amigos, con los compañeros de militancia y de estudio, con los colaboradores del Ministerio de Industrias, con los trabajadores y con todas las personas que lo rodearon, lo quisieron y lo siguen queriendo. Borrego incursiona en muchísimos aspectos de la vida íntima de Guevara. No en lo que atañe a la vida sexual -destacada por O’Donnell en forma completamente pacata, y al mismo tiempo tratada con frivolidad y ligereza, para vender más y obtener más dinero con su apurada biografía- sino la intimidad de la vida cotidiana. Aquella faceta de su vida donde el lector encuentra a un Che humano, demasiado humano. Un Guevara que se muestra tal cual es, como uno más de nosotros. Una persona que ama a su pueblo y a todos los pueblos del mundo, que se esfuerza por luchar y por mejorar, que quiere a los animales y los malcría, que hace bromas y jodas con sus compañeros de trabajo, que extraña el asado e incursiona en la ironía argentina, que se ríe y mucho con sus amigos, que se gana el respeto de sus pares y el amor de su pueblo poniendo el cuerpo propio en aquello que predica: una moral comunista.

 

En este segundo libro, Borrego nos acerca un Guevara que baja del cuadrito y del póster en la pared para sentarse al lado nuestro y hablarnos cara a cara, interpelándonos de frente, pero no desde una pose fría de almidón, impostada y artificial, allá, lejos de todos nosotros, sino desde la vida cotidiana. Esa vida que él supo exprimirla hasta borrar las tonalidades grises con que suele teñirla la rutina burguesa del capitalismo.

 

Después de transitar ambos libros, no se llega a una única conclusión. Cada lector y cada lectora extraerán las suyas. Pero, más allá de los matices y los múltiples ángulos de lectura, es casi seguro que quien los lea, querrá al Che todavía más que ahora. Ernesto Guevara se vuelve más entrañable de lo que ya era.

El siguiente diálogo con Orlando Borrego -testigo directo de todo este asunto- trata de profundizar en aquel aspecto del Che Guevara tantas veces silenciado, soslayado, desconocido u “olvidado” por las numerosas biografías: los estudios del Che. El Che como un intelectual revolucionario. Sus lecturas sistemáticas, sus seminarios semanales, sus reuniones bimestrales, su preparación cultural como dirigente político y su proceso de formación teórica. El Che intentando diariamente superarse a sí mismo a través del esfuerzo, no sólo físico sino también de aprendizaje. En suma: el Che que llegó a ser quien fue precisamente por las concepciones, las ideas y los valores que amó y por la voluntad que puso en llevarlos a la práctica, poniendo en juego, incluso, hasta su propia vida.

Néstor Kohan: ¿Cuándo comenzó en Cuba el círculo de estudios sobre El Capital de Carlos Marx, a cargo del profesor Anastasio Mansilla?

 

Orlando Borrego Díaz: En 1961, cuando recién se creó el Ministerio de Industrias. Ya se había terminado el primer seminario sobre El Capitalen el Consejo de Ministros, reunido probablemente ya a fines de 1960. Anastasio Mansilla no fue a Cuba para el seminario del Ministerio de Industrias. Éste fue un segundo seminario. Mansilla fue a Cuba para un seminario previo con un grupo de compañeros del Consejo de Ministros, donde estaba Fidel, el Che, Regino Botti -el de la Junta Central de Planificación- y tres o cuatro ministros más. Los más interesados en ese tema.

 

N.K.: ¿Carlos Rafael Rodríguez también estaba en ese primer seminario?

 

O.B.D.: Sí, Carlos Rafael también estaba.

 

N.K.: ¿Blas Roca?

 

O.B.D.: No, Blas Roca no estaba. Blas Roca estaba metido en problemas de su partido, el Partido Socialista Popular, pero no estaba en este seminario sobre El Capital.

 

N.K.: ¿Cuánto duró el primer seminario, el del Consejo de Ministros?

 

O.B.D.: Duró corto tiempo. Había muchas interrupciones…imagínate…el Consejo de Ministros…Fidel permanentemente movilizado y todo eso.

 

N.K.: ¿Mansilla fue a dar clases a Cuba sobre El Capital por su propia cuenta o alguien le pidió?

 

O.B.D.: Lo que sucedió fue que Cuba le pidió al partido soviético que enviara a alguien, a un profesor, para hacer un seminario sobre economía política.

 

N.K.: ¿Por qué ellos, los soviéticos, seleccionaron a Anastasio Mansilla?

 

O.B.D.: Porque Mansilla estaba como profesor de El Capital en la Universidad de Lomonosov, en la Unión Soviética. Y además, Mansilla tenía la particularidad que hablaba perfectamente el español, porque había nacido en España y sus padres lo enviaron como a muchos niños españoles de la República a la Unión Soviética por miedo a que los franquistas los mataran. Entonces Mansilla dirigió el primer seminario del Consejo de Ministros, donde además estaba Fidel como alumno. Y también el Che. Los dos, Fidel Castro y el Che Guevara, fueron sus alumnos más “difíciles”. Él mismo, Mansilla, me lo contó. Fidel y el Che estudiaban duro, estudiaban mucho… Fidel, el Che y Carlos Rafael Rodríguez ya tenían formación marxista. Botti, el de Economía, otro de los miembros de ese primer seminario, había estudiado en Harvard, en Estados Unidos. Pero bueno…supongo que también tenía sus nociones sobre El Capital. Tú sabes que El Capital se daba en las universidades norteamericanas y en Cuba también, pero era sólo “un bailecito”, es decir, algunos pequeños pasajes, pero nada más. No se leía a fondo.

 

N.K.: ¿Qué edición de El Capital utilizaban para estudiar?

 

O.B.D.: La edición de Fondo de Cultura Económica.

 

N.K.: ¿La traducción de Wenceslao Roces?

 

O.B.D.: Esa misma.

 

N.K.: En el año 1965 Mansilla publica en Cuba un trabajo sobre la teoría marxista de la acumulación en El Capital de Marx [Anastasio Mansilla:Comentarios a la sección séptima del Tomo I de El Capital . La Habana, Publicaciones Económicas, octubre de 1965]. ¿Cómo fue la anécdota donde Fidel discute con Mansilla sobre este tema de la acumulación?

 

O.B.D.: Yo no estuve presente en esa discusión. Pero me lo contó personalmente el mismo Mansilla cuando estuve en Moscú a fines de los años ’70 haciendo un doctorado en economía. Allí volví a ver a Mansilla y volví a estudiar con él El Capital. Yo quería que Mansilla me explique el sistema de contradicciones en El Capital. Era una pregunta que seguro me iban a hacer en el examen para ingresar al doctorado. Eran cuatro exámenes: filosofía, El Capital, la especialidad que tú fueras a estudiar en economía y el idioma. En el examen sobre El Capital Mansilla me ayudó a estudiar, tremendamente. Entonces, en esas noches frías de Moscú, él me contó algunas anécdotas del primer seminario sobre El Capital, cuando el Che y Fidel fueron sus alumnos.

Resulta que cuando están estudiando en el primer seminario sobre El Capital , el del Consejo de Ministros, al terminar una de las clases, Fidel, con mucho respeto, le dice a Mansilla: “profesor Mansilla, hay un error en El Capital”. No era un error de Marx, sino de la traducción al español. Era un error en la traducción de una de las fórmulas de la reproducción ampliada, del segundo tomo de El Capital . Y entonces Mansilla le responde: “No, comandante. Usted está equivocado. Yo llevo muchos años estudiando El Capital, soy profesor en la materia y le puedo asegurar que no hay ningún error en este pasaje”. Entonces Fidel se va. Luego vuelve e insiste. Y Mansilla le vuelve a decir que no, que no hay un error. Entonces, a la tercera vez Fidel vuelve y le dice: “Mire profesor, éste es un pedido personal. Como usted no quiere convencerse que hay un error, cuando usted vaya para su casa, lo revisa, o si quiere aquí mismo” -esto estaba sucediendo en el palacio presidencial- “usted se puede quedar en un despacho, se concentra y lo puede revisar”. Entonces Mansilla se va a su casa y encuentra después de varias horas que sí, que había un error. Cuando vuelven al próximo encuentro le dice a Fidel: “Comandante, vea, sí, tiene usted razón: aquí hay un problema en la traducción al español de esta edición”. Entonces Mansilla me cuenta que Fidel, como alumno suyo, estaba de lo más satisfecho. Por eso Mansilla me decía que Fidel era un “alumno difícil”, cuestionador.

 

N.K.: ¿Cómo se decidió hacer el seminario sobre El Capital en el Ministerio de Industrias?

 

O.B.D.: Bueno, cuando termina el seminario en el Consejo de Ministros, el Che le pide a Mansilla si él puede volver a dar el seminario en el Ministerio de Industrias con el equipo que el Che quería que estudiara. Y Mansilla le responde que por él, encantado de la vida. Pero que había venido a Cuba sólo por una temporada de seis meses. Entonces el Che arregló con los soviéticos que Mansilla pasara más tiempo en Cuba. Fueron dos años más.

 

N.K.: ¿En el intermedio Mansilla volvió a Moscú?

 

O.B.D.: Sí, volvió a Moscú y luego regresó a Cuba a vivir con su familia. Entonces se le ubicó una casa y ya Mansilla organizó el seminario nuestro, para el Ministerio de Industrias.

 

N.K.: ¿Quiénes participaron de este segundo seminario sobre El Capital ?

 

O.B.D.: Estaban el Che, Enrique Oltusky (que trabajaba con nosotros en el Ministerio), Francisco García Valls (que era del partido comunista, después fue ministro de Finanzas en Cuba, embajador en el CAME), Mario Zorrilla (otro viceministro), Juan Manuel Castiñeira (otro viceministro), Luis Álvarez Rom y yo.

 

N.K.: ¿Luis Álvarez Rom luego participa del debate de 1963 y 1964 sobre la ley del valor?

 

O.B.D.: Sí, exacto. Luis Álvarez Rom había sido el director de Contabilidad y Finanzas de nuestro ministerio, había tenido una consultoría sobre contabilidad en Cuba y era un hombre que dominaba muy bien la parte económica práctica pero no tenía conocimientos de El Capital, aunque había leído algunas cosas. Álvarez Rom fue uno de los más dedicados a apoyar al Che en el Sistema Presupuestario de Financiamiento. De tal manera que ya cuando el Sistema Presupuestario de Financiamiento toma auge se decide nombrarlo ministro de Hacienda. Entonces se llamaba Hacienda y no Finanzas, como se le denomina ahora. Álvarez Rom ayuda a armar la parte práctica del Sistema Presupuestario. Fue un hombre que ayudó al Che identificado mucho con él. Y entonces se puso a estudiar intensamente El Capital, lo cual ayudó mucho.

 

N.K.: ¿Cuánto tiempo duró este segundo seminario sobre El Capital, el del Ministerio de Industrias?

 

O.B.D.: Aproximadamente un año.

 

N.K.: ¿Qué leyeron de El Capital?

 

O.B.D.: Todo El Capital, lo leímos completo.

 

N.K.: ¿Cada cuánto tiempo se reunían?

 

O.B.D.: Era un día por semana. Nos reuníamos los jueves a eso de las ocho y media o nueve de la noche y duraba toda la noche. Muchas veces amanecimos estudiando en la madrugada.

 

N.K.: ¿Cuál era el método de estudio con el que discutían El Capital ?

 

O.B.D.: ¿Tú no conociste a Mansilla? ¿No estudiaste con él?

 

N.K.: No, no lo conocí.

 

O.B.D.: Mira, Mansilla tenía un buen método de estudio. El método que utilizábamos era de Mansilla. Él nos daba un capítulo por vez…

 

N.K.: ¿Cada jueves estudiaban un capítulo de El Capital?

 

O.B.D.: No siempre. Porque el capítulo sobre la teoría del valor, el capítulo primero del tomo uno de El Capital lo abordamos durante varias semanas. La idea de Mansilla era que si dominábamos el primer capítulo y luego llegábamos a lo de la plusvalía, de allí para adelante…acumulación y reproducción ampliada, entendíamos todo. Mansilla hizo mucho pero muchísimo énfasis en la teoría del valor. Con muchísimo rigor. Por ejemplo, Mansilla nos daba “De un capítulo hasta aquí…”. Y eso se distribuía entre nosotros. El método de Mansilla consistía en que nos asignaba un capítulo a cada uno. Entonces ese capítulo había que estudiarlo durante toda la semana y en la próxima se empezaba a discutir. Tenías que hacer una exposición del capítulo y discutirlo entre todos.

 

N.K.: ¿Ustedes se distribuían los capítulos a estudiar?

 

O.B.D.: Sí, al Che le tocaba una semana, a mí me tocaba otra, y así de corrido. Por supuesto que el más destacado de todo ese ejercicio era el Che. Porque él tenía más preparación que todos nosotros. Nosotros, prácticamente, recién empezábamos a estudiar economía política. No teníamos idea. Yo era contador. Yo había leído cosas muy simples, muy de manual, como un texto de Blas Roca o un manualcito de economía política de un tal P.Nikitin, que nos llegaba de la Unión Soviética. Eran muy pobres… ¡Así empezamos!.

Entonces ese era el método de Mansilla. Tenía mucho rigor. Exigía mucho. Tanto en la exposición que traíamos preparada y estructurada como en la discusión. En eso el Che también nos enseñó mucho. Él tenía una lapicera con varios colores. El Che siempre traía el libro marcado con cada color, según la importancia del tema que se tratara y después también traía notas. Todo muy riguroso. Y empezamos a intentar imitar al Che en la profundidad del estudio, tal como él hacía.

 

N.K.: ¿Cómo eran las discusiones de ese seminario?

 

O.B.D.: Bueno, fíjate, no era un tipo de discusiones como las clásicas de la enseñanza convencional y eso también sucedía por la falta de formación que había. La dinámica consistía en discutir, por ejemplo, cuota de ganancia. O también discutir qué es una mercancía. Entonces primero había que entender la cuestión teórica. Pero la discusión siempre iba hacia lo práctico. ¿Cómo aplicar ese conocimiento a Cuba? El nuestro era un sistema distinto, no iba a tener el sistema de mercado, entonces había que pensar muy bien si se aplicaba y cómo este tipo de categorías. Eso nos desgastaba mucho. Los participantes querían sacar recetas prácticas de toda la discusión. Y sacar recetas prácticas de El Capital no es nada fácil. Porque Marx no nos dijo cómo se iba a hacer el socialismo. Cuando le preguntaron a Marx, él respondió: “No, yo no soy cocinero para elaborar recetas para el futuro”. Él dijo y demostró científicamente cómo destruir el capitalismo o cómo se desarrolló el capitalismo hasta pasar al socialismo a través de todo un sistema de contradicciones del capital. Entonces eso provocaba entre nosotros largas discusiones para que la gente entendiera la teoría y ver cómo se aplicaba en la práctica.

 

N.K.: ¿Además de economía, Mansilla sabía de filosofía? ¿Tenía otra formación que complementara lo de economía?

O.B.D.: Sí, sabía de filosofía. No digo que fuera un filósofo, pero sabía. Era un hombre que estudiaba mucho. Y tenía otra cosa muy importante. Tenía una actualidad muy grande de datos sobre el fenómeno del capitalismo mundial. Muchos datos. Estadísticas. Entonces cuando analizábamos, por ejemplo, el crecimiento, él tenía los datos precisos de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, etc. Tenía mucha información. Eso ayudaba mucho. Y además tenía todo el bagaje de la Unión Soviética, cómo había sido, cuando empezó Lenin, el “desaguizado” aquel que no se entendía bien…hasta llegar a la NEP [Nueva Política Económica, impulsada por Lenin a partir de 1921] y todo eso lo tenía muy sabido y estudiado. Mansilla era realmente un gran profesor. Fíjate qué profesor era que cuando terminó en Cuba y triunfaron los angolanos en su lucha de liberación en África, Mansilla se fue de profesor del presidente de Angola y de los cuatro o cinco principales generales angolanos. Él fue profesor de ellos, también. En ese grupo de estudios de Angola, el presidente de Angola hacía de auxiliar de Mansilla en las clases que éste dictaba. Lo ayudaba a borrar la pizarra. Siempre lo recuerdo como un tipo muy humilde.

 

N.K.: ¿Qué relación tenían ustedes con Mansilla? ¿Cómo era el trato cotidiano?

 

O.B.D.: En el círculo nuestro lo respetábamos mucho. Todo el mundo, todos nosotros nos dirigíamos a él como “Mansilla”. Enrique Oltusky discutía con él, se peleaba mucho, le decía cosas, la discusión se ponía muy brava [con mucho enojo]. Entonces el Che lo atajaba a Oltusky, lo pateaba por debajo de la mesa para frenar las peleas.

 

N.K.: ¿Cómo fue aquella anécdota donde el Che y Oltusky se pelean con Mansilla sobre Nikita Kruschev y los soviéticos?

 

O.B.D.: La discusión surge porque ya el Che consideraba que se estaban produciendo errores en la Unión Soviética. Sobre todo en la introducción de las teorías capitalistas dentro del sistema socialista. El Che pensaba que eso iba a minar el sistema por dentro. El Che insistía en eso, en sus críticas a los soviéticos y Mansilla los defendía. Mansilla trataba de defender siempre a ultranza a “su querida Unión Soviética”. ¡En eso era ciego!. ¡Que no le toquen a la Unión Soviética!. Nosotros siempre atribuíamos esa actitud a que Mansilla era apenas un niño de nueve años cuando se fue de España. Sus papás, como muchos otros padres españoles, lo mandaron para la Unión Soviética pensando que los fascistas los iban a matar durante la guerra civil. Entonces, a todos esos muchachos, Stalin los alojó en lugares seguros. Estaban en dificultades económicas muy fuertes. Les otorgó cierta cuota alimentaria superior, escuelas…. Realmente los trató extraordinariamente. Se fueron desarrollando. Algunos de estos muchachos se hicieron economistas, otros ingenieros,…

 

N.K.: Entonces Mansilla mantuvo esa fidelidad a la Unión Soviética…

 

O.B.D.: ¡Una fidelidad a ultranza!. Y si le criticaban a Nikita Kruschev, mantenía un respeto total…

 

N.K.: ¿Y si le criticaban a Stalin?

 

O.B.D.: Reconocía “algunos errores” de Stalin, pero no era tampoco, para nada, inconsecuente con su línea de respeto… A León Trotsky sí lo criticaba mucho.

 

N.K.: ¿Cómo fue entonces la discusión del Che y Oltusky con Mansilla?

 

O.B.D.: El Che estaba discutiendo muy fuerte con Mansilla. Haciéndole muchas críticas a los soviéticos y al papel que estaba jugando Nikita Kruschev. Por eso Mansilla decía que el Che, como Fidel, también era un “alumno difícil”. El Che le discutía mucho. En eso la discusión iba subiendo de tono. Enrique Oltusky quería intervenir. El Che lo pateaba por debajo de la mesa para que aquello no pasara a mayores. Oltusky no aguantó más y le dijo a Mansilla: “¡ No joda más, Mansilla!” y a continuación le dijo que lo de Kruschev era algo pusilánime, muy miedoso, con un insulto que solemos utilizar los cubanos…Entonces Mansilla, muy bravo [enojado] le contesto: “Altusky”, porque nunca llegó a llamarlo Oltusky, “yo no jodo machos” y entonces hizo toda una defensa de la URSS y de Kruschev. Cuando terminó la clase, el Che lo reprendió a Oltusky por haber largado ese exabrupto. Oltusky no le hizo caso y volvió a reafirmar el insulto hacia Kruschev. Finalmente, todo terminó a las risas entre el Che y Oltusky cuando el Che cerró la discusión fraternal con una broma.

 

N.K.: Si Mansilla tenía una fuerte formación sobre la historia soviética, cuando discutían sobre la NEP [Nueva Política Económica] y las polémicas bolcheviques de los años ’20 sobre la acumulación socialista, ¿alguna vez se refería a Eugenio Preobrazhensky y a su obra La nueva economía[1926]?

 

O.B.D.: Sí, después nos estudiamos la obra de Preobrazhensky completa.

 

N.K.: ¿La estudiaron junto con Mansilla o solamente entre ustedes?

 

O.B.D.: La estudiamos entre nosotros. Mansilla hablaba de Preobrazhensky con bastante rechazo. Él sugería que Preobrazhensky era un “revisionista”. A Preobrazhensky lo empezamos a conocer por vía Mansilla, pero muy ligeramente. Mansilla no llevó textos de Preobrazhensky. Se refería a él sin textos. Después nos conseguimos los libros de Preobrazhensky y lo estudiamos directamente.

 

N.K.: ¿El Che leyó a Preobrazhensky? Porque sus planteos se parecen bastante…¿no?

 

O.B.D.: Bueno, Preobrazhensky planteaba cosas parecidas, en algunos aspectos. Que se construyera un sistema donde no se incluyeran los elementos de mercado. También la idea de que en una primera etapa había que centralizar mucho, porque en aquel inmenso país con pocas comunicaciones había que centralizar. Preobrazhensky insistía mucho con esa tesis. Claro, no era ni mucho menos el planteo del Che. Pero tienen muchas cosas similares.

 

N.K.: Incluso Preobrazhensky también fue un crítico de la NEP, al igual que el Che…

 

O.B.D.: ¡Preobrazhensky fue un crítico fuerte de la NEP!. Hasta que “lo volaron”…lo mataron…porque ya allí, el que se enfrentaba a Stalin, Stalin lo mataba…Esas fueron de las cosas negras de Stalin.

 

N.K.: ¿Entonces el Che llegó a leer La nueva economía de Preobrazhensky?

 

O.B.D.: Sí, sí, sí. La leyó, y todo eso, como un auxilio…Como también estudió a Trotsky, se lo leyó completo. El Che y todo un grupo de nosotros.

 

N.K.: ¿Qué libros de Trotsky leyó?

 

O.B.D.: Bueno, las cosas originales de Trotsky y después empezaron a salir los tres tomos de Isaac Deutscher: El profeta armado, El profeta desarmado y El profeta desterrado. Se los leyó al detalle. El Che leyó incluso hasta de los últimos libros de Trotsky, aquel libro que no terminó él sino su mujer en México.

 

N.K.: Esos tomos están en la biblioteca personal del Che en La Habana.

 

O.B.D.: Sí, sí, al Che algunos lo acusaban de trotskista. Pero en Cuba a Trotsky se lo consideraba como uno de los dirigentes principales…después de Lenin, Trotsky. Así lo consideraba la gente culta. Por ejemplo Raúl Roa, que era una persona culta.

 

N.K.: ¿A Ernest Mandel lo leían?

 

O.B.D.: ¡Mucho! Además Mandel fue a nuestro país y estuvo con nosotros un tiempo en Cuba.

 

N.K.: ¿Mandel formó parte de estos seminarios sobre El Capital?

 

O.B.D.: No, no formó parte. Pero Mandel fue con sus libros, se hizo amigo del Che, se hizo amigo mío, entonces hacíamos conversaciones largas…

 

N.K.: ¿Ustedes hablaban con él en español?

 

O.B.D.: Sí, él hablaba español. Mandel era un hombre muy bien formado, académicamente. No era ningún tonto. ¿Tú llegaste a conocer personalmente a Mandel?

 

N.K.: Solamente llegué a escucharlo cuando vino a Buenos Aires a principios de los años ’90 a dar una serie de conferencias. Ya estaba muy viejito. No podía siquiera caminar sin que lo ayudaran.

 

O.B.D.: Nosotros lo conocimos muy bien. Mandel era polémico, pero con mucho tacto. El Che hizo buena relación con Mandel. Lo que pasa es que el Che evoluciona y va entendiendo todo lo de Trotsky. Él pensaba que Trotsky había ido “apagándose” hacia el final de su vida, porque llega un momento en que su odio hacia Stalin…que tiene sus razones, ¿no?…en parte lo van transformando en un enemigo de la Unión Soviética. No de Stalin, sino de la Unión Soviética. Hacia el final de su vida lo había de algún modo cegado su odio personal contra Stalin, que era justificado, por cierto. Pero estaba como “loco”. Es que le habían tomado a su hijo preso…y otras tragedias por el estilo, lo que lo condujeron a un odio visceral y personal que de alguna manera lo cegaba. En la historia de la revolución rusa, de la revolución bolchevique, él había sido casi un protegido de Lenin, tenía una historia muy valiente, estuvo preso, se escapó de la prisión, ¡subvirtió a los soldados que lo tenían preso! ¡Fíjate tú qué personalidad! Y luego de escaparse, logra llegar y empieza la batalla por armar los soviets…El verdadero tipo de acción que armó los soviets en San Petersburgo fue él. Lenin entra ya con eso organizado.

 

N.K.: Vos dijiste que Mandel llevó sus libros a Cuba. ¿Cuáles? ¿El Tratado de economía marxista?

 

O.B.D.: Ese mismo. Lo leímos todo, completo. Lo leímos con sus matices. Mandel le tiraba mucho a Lenin.

 

N.K.: ¿En qué sentido decís que “le tiraba”?

 

O.B.D.: Lo digo en el sentido en que Mandel no estaba tan de acuerdo con Lenin, se apoyaba más en Trotsky. Por otra parte, Mandel criticaba mucho la NEP, por eso en ese punto había un acercamiento entre lo que decía Mandel y lo que decía el Che.

 

N.K.: ¿En qué año estuvo Mandel en Cuba?

 

O.B.D.: En 1963-1964.

 

N.K.: ¿También estaba Charles Bettelheim?

 

O.B.D.: En esa etapa de la polémica también estaba Bettelheim.

 

N.K.: ¿El Che tuvo relación personal con Bettelheim?

 

O.B.D.: Sí, tuvieron relación personal. Se escribían…Pero la polémica con Bettelheim fue muy “elegante”, digamos. Fue una polémica “fina”. El Che le mandaba cartas. Le decía: “Profesor: en esto no estamos de acuerdo con usted”. En el nivel académico Bettelheim era refinado, menos polémico, y defendía siempre la idea del cálculo económico. Insistía con la idea de que lo del Che era puro idealismo…que la vía que planteaba el Che acerca del desarrollo de las fuerzas productivas con la conciencia…, que eso no caminaba. ¡ Había que llegar, a través del desarrollo de las fuerzas productivas, a alcanzar un alto nivel de vida y cuando el hombre estuviera satisfecho con todas sus necesidades, entonces adquiriría… ¡la conciencia! [risas].

 

N.K.: ¿Bettelheim era militante del Partido Comunista Francés?

 

O.B.D.: Sí, del PC francés.

 

N.K.: ¿Bettelheim además estuvo en Rusia?

 

O.B.D.: Sí, también estuvo en Rusia.

 

N.K.: Bettelheim había estado allá, en la Unión Soviética, en 1936 para estudiar los problemas de la economía. ¿Participó en la planificación soviética?

 

O.B.D.: Eso no lo sé o por lo menos no lo recuerdo.

 

N.K.: En algunos escritos pedagógicos de Mansilla [Apuntes para el estudio de «El Capital» de Carlos Marx. Mimeo], cuando él desarrolla la teoría del valor y explica los primeros capítulos de El Capital, habla críticamente de “algunos filósofos franceses”. Mansilla les cuestiona su negación a aceptar que el capítulo primero de El Capital hable de la historia y no sólo de la lógica. Es decir que estos “filósofos franceses”, que a él no le gustaban, plantean el valor como una abstracción lógica. En esa argumentación Mansilla sostiene que lo mercantil “existía antes que el capitalismo y perdura incluso durante un período después que el capitalismo es derrotado por la revolución, en la sociedad socialista”. ¿ A quién se refería Mansilla cuando criticaba a estos “filósofos franceses”? ¿A Louis Althusser?

 

O.B.D.: Sí, sí, seguro que esa referencia es sobre Althusser, aunque no se lo nombre. El tema de Althusser salía mucho en las discusiones con el Che.

 

N.K.: ¿Qué opinaba el Che Guevara sobre Althusser?

 

O.B.D.: Él opinaba que Althusser estaba completamente “fuera de foco”. En aquella época nos leímos los textos de Althusser, como también nos leímos los textos de Herbert Marcuse.

 

N.K.: ¿El Che había leído a Marcuse?

 

O.B.D.: Sí, lo leyó y después yo, dentro de mi círculo de lecturas, organicé el estudio de Marcuse y ahí se armó una bronca del carajo [risas]. Ya existía en esa época la revista Pensamiento Crítico. Entonces leímos El hombre unidimensional completo. Entre los dos, entre Marcuse y Althusser, yo prefería a Althusser.

 

N.K.: El Che tenía un ejemplar de Pour Marx [traducido al español por Marta Harnecker con el título La revolución teórica de Marx] y en el capítulo sobre “Marxismo y humanismo” el Che le había escrito en los márgenes anotaciones críticas a Althusser. ¿Ustedes leyeron y discutieron a Althusser en el seminario con Mansilla?

 

O.B.D.: No, sólo de costado, porque el seminario con Mansilla estaba centrado exclusivamente en El Capital de Marx. Se traían algunos otros autores, pero el debate y el estudio estaban centrados en El Capital. Mansilla por ahí traía a colación el Anti-Dühring de Federico Engels, también. El Che leyó a Althusser pero no creo que haya habido alguna reunión centrada en discutir los textos de Althusser. Uno de los temas, sí, giraba en torno a un acuerdo sobre la polémica acerca de la validez del Marx joven y el Marx maduro, ya formado. El Che nos decía que había que ir al Marx joven, por ahí había que empezar. En el Marx joven, con ideas frescas, con más carga de filosofía que de economía…

 

N.K.: Cuando el Che defiende la necesidad de dar cuenta, junto con la construcción de la base material, de “los hechos de conciencia”, él retoma los Manuscritos de 1844 de Carlos Marx…

 

O.B.D.: Exactamente. Por ahí iba la cosa, un texto que Althusser criticaba.

 

N.K.: ¿En qué momento se puso a estudiar los Manuscritos de 1844 de Marx?

 

O.B.D.: No tengo la fecha precisa. Debe haber sido entre 1962 y 1964. Porque después de haber manejado y dominado todo El Capital, el Che se puso a profundizar con otras cosas. Ahí el Che tomó también El Estado y la revolución de Lenin y lo estudió -lo estudiamos- en detalle. Ya no en el seminario, sino solos. El nos dio El Estado y la revolución y nos dijo: “Estudiénse esto”.

 

N.K.: Cuando Regis Debray recién llegó a La Habana y se vinculó con el Che, él venía también con el prestigio de ser alumno de Althusser en la Escuela Normal Superior de París. Más allá de las discusiones políticas, ¿Debray discutió sobre Althusser con el Che?

 

O.B.D.: No, para nada. ¿Vínculos con el Che? Ninguno. Sí tuvo vínculos, personales, con Fidel. Lo que sucede es que cuando se prepara la guerrilla para Bolivia, Fidel quería que Debray fuera, a título de periodista, y pudiera introducirse hasta donde estaba el Che. Y Debray tenía un interés en quedarse con el Che, combatiendo, eso es cierto. De esto yo conozco bastante porque cuando Debray ya era conocido en Cuba y él se marchaba para Bolivia, él me llama una noche. Vivía muy cerca de mi suegro. Debray quería conocerme y hablar conmigo sobre todas estas discusiones: sobre el Sistema Presupuestario de Financiamiento, sobre el pensamiento económico y todo esto. Entonces llegué a la casa de Debray. Me acuerdo que me recibió descalzo. Debray era de una autosuficiencia increíble, realmente increíble. Estuvimos hablando desde las ocho de la noche hasta la una de la mañana. Todo en un tono muy amistoso. Él iba caminando, siempre descalzo, de aquí para allá. Pero hablaba desde una pose…se sentía como un dios…realmente una actitud muy “pesada”. Por eso yo pensé que el encontronazo entre Debray y el Che en Bolivia, para mí, al menos es lo que yo pienso, tiene mucho que ver con la prepotencia de Debray. Debray se consideraba largamente superior al Che Guevara. En conocimiento, en esto y en lo otro…Era muy joven, no tenía ninguna humildad. No llegó a Bolivia para ayudar sino para polemizar como… “Danton”, su sobrenombre en Bolivia. Era demasiado autosuficiente. Desde aquella noche que lo conocí en su casa, yo siempre pensé que iba a chocar con el Che. Era fatal su falta de humildad. En eso tengo que admitir, más allá de las críticas políticas o ideológicas que se pudieran hacer, que los científicos soviéticos que conocí eran tipos mucho más humildes, no tan engreídos. Andaban por la calle con su maletín, te invitaban vodka y una especie de salchichón. Había que convencerlos que primero estudiáramos y después tomáramos vodka [risas]. Yo no podía estudiar si tomaba vodka. En serio, siempre tenían un tono más humilde, no tan autosuficiente. Pero bueno, no creo entonces que Debray y el Che hubieran hablado o discutido sobre Louis Althusser.

 

N.K.: Además del seminario semanal con Mansilla sobre El Capital, ¿ en qué ámbito discutían estas cuestiones con el Che?

 

O.B.D.: Básicamente en las reuniones bimestrales del Ministerio de Industrias. Se planteaba un tema de estudio y discusión. Cualquiera podía ser. Por ejemplo el tema de los estímulos morales asociado a la experiencia soviética. ¿Quién desarrolla el tema para la próxima reunión? Fulano. El Che empleaba el mismo método que Mansilla. ¡Claro! ¡El papel protagónico era siempre de él! [risas]. Él repartía los capítulos. Algunos se los llevaban bien estudiados, otros no. Bueno, eso se explicaba porque teníamos muchísimo trabajo, intenso trabajo y no teníamos tiempo. Los que no estudiaban hacían el ridículo por no haber estudiado a fondo. El Che les platicaba y entonces volvían después a plantearlo. Pero sí, en esa etapa de la revolución discutíamos mucho. En las reuniones bimestrales del Ministerio de Industrias discutimos también el problema de los estímulos, eso fue fundamental.

 

N.K.: ¿Cómo se decidió publicar la revista Nuestra Industria?

 

O.B.D.: Por iniciativa propia del Che. Como la polémica ya estaba fuerte, el Che crea Nuestra Industria Económica para tener, dentro del Ministerio, un órgano para poder escribir. Y allí invita a escribir a todos.

 

N.K.: ¿La revista nace a partir de la polémica?

 

O.B.D.: La polémica es la que genera la necesidad. Nacen dos revistas. La primera fue Nuestra Industria Económica, donde escribía el Che, Álvarez Rom,…mío no salió nada porque yo no tenía capacidad para escribir. Y empezó a escribir mucha gente. Por ejemplo, el argentino Néstor Lavergne, quien estaba totalmente en contra del Sistema Presupuestario. Pero el Che abre Nuestra Industria Económica para que sea un órgano donde publicaran los favorables a sus posiciones y también los contrarios, aquellos que defendían el cálculo económico. Así empieza a crecerNuestra Industria Económica y después el Che promueve Nuestra Industria Tecnológica. En ésta última la polémica no era tanto económica sino más bien entre los técnicos. Los del azúcar, los del petróleo, unos y otros, etc. En esta segunda revista también se divulgaba mucho el trabajo voluntario en la fábrica.

 

N.K.: Hace un tiempo, el sociólogo cubano Aurelio Alonso nos contó que a mediados de los ’60, cuando Fidel estaba en la Plaza en la Universidad de La Habana hablando con los estudiantes, Ricardo Jorge Machado le hace algunas preguntas. Y entonces Fidel le contesta, tienen delante de todo el mundo un intercambio de preguntas y respuestas, y en algún momento Fidel le dice: “¿Así que tú eres uno de los profesores de marxismo que anda diciendo que yo no conozco El Capital y que los dirigentes cubanos no conocen El Capital y que no dominan el marxismo…?”. Y entonces Ricardo Machado le responde que no era así, que seguramente le habían informado mal. Que ellos, los jóvenes vinculados al Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, de ninguna manera estaban pensando de ese modo ni andaban diciendo eso…y a partir de ese intercambio verbal Fidel los fue a visitar varias veces al Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y trabó una relación muy buena con todos estos jóvenes…

 

O.B.D.: Sí, sí, sí, puede ser. En ese momento Fidel iba mucho para la plaza Cadena de la Universidad. Se ponía a discutir mucho con los estudiantes y los jóvenes, en forma muy “fresca”, muy divertida. Cuando la revista Pensamiento Crítico se organiza con gente de la Universidad y del Departamento de Filosofía, yo organicé simultáneamente en el Ministerio del Azúcar un círculo intenso de estudios sobre economía política donde también estaban Fernando Martínez y Aurelio Alonso, que eran parte de aquella revista. Participaba además Alberto Mora, quien también había intervenido en las polémicas del año 1963 y 1964 y había discutido con el Che. Estuvimos unos seis meses estudiando. Entonces una noche del año 1965 -ya el Che se había ido de Cuba-, hablando con Fidel, yo le comenté que estábamos haciendo un círculo de estudios sobre economía política. Y Fidel me dijo: “¡ Oye! ¡Qué interesante! Quiero irme una noche para allá”. Entonces se nos apareció una noche y se pasó discutiendo hasta la madrugada, sentado arriba de una mesa. Realmente fue muy sabroso.

 

N.K.: ¿Qué discutían con Fidel? ¿Sobre El Capital?

 

O.B.D.: No, sobre cosas filosóficas y sobre América Latina, pero esa vez, en rigor, no discutimos sobre El Capital.

 

N.K.: Además de los clásicos marxistas o El Capital, ¿qué otros libros leían y estudiaban junto al Che Guevara?

 

O.B.D.: Bueno, un poco “obligados” por el Che nosotros también nos leímos el libro de Edward Bellamy: El año 2000, escrito en la segunda mitad del siglo XIX. Bellamy [1850-1898] era un pensador socialista utópico norteamericano. Su libro, una utopía novelada, es una cosa increíble. El tema del libro es el socialismo en los Estados Unidos, empezando por la ciudad de Boston. Su personaje central cae en un sueño y empieza a imaginarse la sociedad socialista en EEUU. ¡Es increíble! Seguramente Bellamy ya conocía a Marx. Se habría leído lo que publicaba Marx en los diarios norteamericanos, quizás los artículos del New York Daily Tribune. Al imaginarse la sociedad socialista, se la imagina sin dinero…¡Igual que en el Sistema Presupuestario de Financiamiento, donde en el seno de las empresas estatales queda suprimido el dinero!…también plantea que se usaría una tarjeta para pagar…¡Exactamente una tarjeta de crédito! La tarjeta de crédito surge en 1948. Con la tarjeta de crédito se hacían transferencias sin utilizar el dinero. Entonces Bellamy se imagina una gran diligencia donde iban los ricos, los millonarios, y los que arrastraban esa gran diligencia eran los pobres, los miserables. Bellamy se imagina cómo se podría socializar la economía. Y allí va al tema de la tecnología, y al sistema de distribución justo en sus aspectos prácticos…¡Era asombroso, un tipo realmente visionario! Entonces Bellamy se imagina un sistema de tiendas donde no existe el sistema del pago, tampoco hay pago en salario, en dinero… algo análogo al sistema de los kibutz israelíes -un sistema realmente interesante…, quedan muy pocos kibutz hoy en día, pero es muy interesante analizar los kibutz-. ¡Una idea visionaria, realmente!.

 

N.K.: Entonces el Che, además de estudiar el pensamiento científico y la teoría crítica de Carlos Marx también recupera núcleos del pensamiento utópico, de los grandes utopistas socialistas, del socialismo utópico…

 

O.B.D.: ¿Qué sucede? Que cuando el Che lee a Bellamy encuentra núcleos, encuentra cosas, que -¡para gran sorpresa suya!- coinciden con elementos del Sistema Presupuestario de Financiamiento. Él se sorprende al leer estas ideas en aquella novela. Fíjate que Bellamy también se imagina que en un sistema de distribución en el cual no circula dinero, desde las casas, desde las viviendas particulares, uno se podía comunicar con las tiendas. Había un sistema de comunicación, ¡qué no era el teléfono! Era un sistema de comunicación donde tú llamabas, te comunicabas con la tienda mediante una pantallita donde apretabas unas teclas, y entonces hacías el pedido…Bellamy decía que te enviaban los productos mediante un sistema neumático. No tenía que venir ningún mensajero a traerte el producto a tu casa, como existen hoy los sistemas de envíos a domicilio.

 

N.K.: ¿Qué reacción tiene el Che al conocer el libro utópico de Bellamy?

 

O.B.D.: ¡Se apasiona! Tanto se apasiona que hay una fotografía en la plaza de la Revolución de La Habana, en aquellos días en que estaba leyendo a Bellamy, donde la plaza está llenándose de gente y el Che está leyendo el libro de Bellamy.

 

N.K.: ¿En qué año lo leyó el Che?

 

O.B.D.: Creo que fue en el año 1962. ¡Me obligó a que lo leyera! Me dijo: “¡ Léete esto! ¡Fíjate qué interesante! ¡Cómo coincide con lo que planteamos nosotros!”. Me lo dijo con una pasión tremenda. El Che encontraba coincidencias con el tema del dinero aritmético. En el planteo del Che, en el Sistema Presupuestario de Financiamiento, se elimina el pago entre empresas del sector estatal. Se hacían transferencias bancarias de una cuenta a otra, pero no se realizaba un intercambio de mercancías, una compraventa mediada por el mercado y el dinero. Esto sucedía dentro del sector estatal. Cuando el producto pasaba a otro sector, al mercado, ahí sí había intercambio mercantil, dinero, etc.

 

N.K.: ¿El Che había leído a Charles Fourier?

 

O.B.D.: Sí, seguro. Lo había leído.

 

N.K.: ¿El Che y su equipo del Ministerio de Industrias leían a Oskar Lange?

 

O.B.D.: ¡Sí!¡Mucho! A Oskar Lange, tiempo después, yo lo conocí personalmente. Pude conocer a las tres grandes “vacas sagradas” de la ciencia y la economía política de Polonia: Lange, Kalecki y Bobrowski.

 

N.K.: ¿El Che los estudiaba?

 

O.B.D.: Sí, por supuesto. El Che estudiaba los instrumentos de la econometría de Lange para aplicar a nuestra economía socialista. Se podían utilizar esos instrumentos…¡pero sin el cálculo económico! Esa era la lectura que el Che hacía de la obra de Oskar Lange.

 

N.K.: ¿Cuándo los conociste vos?

 

O.B.D.: Fíjate qué cosa más curiosa. En el primer viaje que hice a la Unión Soviética, fui con la primera delegación cubana. El Che me envía para yo vaya viendo el tema de las empresas y todo eso. Allí tuvimos encuentros con académicos y también encuentros comerciales. Cuando llegamos a Polonia, que era el segundo país de la gira, nos recibió Wladyslaw Gomulka, el secretario del partido comunista. Estaba en medio de un congreso del partido. En la entrevista con Gomulka se produce una polémica. Nuñez Jiménez iba de jefe de la delegación, yo iba de segundo y había tres o cuatro compañeros más. Gomulka era un obrero, un luchador, con toda una trayectoria de lucha…por supuesto que era antisoviético hasta el límite. Gomulka era muy ignorante. Entonces en la entrevista con nosotros nos critica que hayamos mantenido la base norteamericana de Guantánamo. ¡Imagínate! El canciller polaco, que era un hombre muy reconocido en Naciones Unidas, que hablaba muchísimos idiomas y que era cultísimo, le explicó delante nuestro a Gomulka toda la historia de la base naval de Guantánamo. Sabía la historia como un cubano. Entonces Gomulka, después de escuchar la historia, se cayó la boca. Luego, al segundo día, el canciller propone que yo me entreviste con las tres “vacas sagradas” de la economía política en Polonia. Él creía que yo sabía de economía…¡En esa época! ¡Imagínate! Me invitaron a la casa de Bobrowski, también estaban Lange y Kalecki. Lange era el más joven. Bobrowski era un tipo alto, parecía obrero, pero era un intelectual. Kalecki era un tipo flaco, fumaba como un burro, iba cortando los cigarrillos en dos para fumar menos. Hice amistad con los tres viejos. Por entonces yo no tenía idea de la grandeza de esos tipos. Después los leí y tomé conciencia de quienes eran realmente y lo que significaban para el conocimiento social. En econometría Lange era el más adelantado en el socialismo. En planificación ese lugar lo tenía Kalecki.

 

N.K.: ¿No los invitaron a Cuba, como a Bettelheim o a Mandel?

 

O.B.D.: Al profesor Kalecki lo invitamos a visitar Cuba para que diera un seminario a nuestro ministerio de economía, que en aquella época se llamaba Junta Central de Planificación. Kalecki estuvo unos meses en Cuba y nos ayudó mucho. ¡Hay que leer a Kalecki! Sus libros empiezan a utilizarse como libros de texto en economía, sobre todo el tema de la reproducción.

 

N.K.: ¿Con el Che llegaron a estudiar a Isaak Illich Rubin y sus Ensayos sobre la teoría marxista del valor [1928]? Porque sus análisis respectivos de la teoría del valor se asemejan mucho.

 

O.B.D.: No, por lo menos yo no me acuerdo.

 

N.K.: ¿Y Baran y Sweezy?

 

O.B.D.: Sí, en esa época el Che se los leía. A Paul Baran y a Paul Sweezy también los estudiamos bastante, junto con él.

 

N.K.: Cuando el Che Guevara está en Praga, a fines de 1965 y comienzos de 1966, te envía a vos sus apuntes críticos del Manual de economía política de la Unión Soviética. Allí realiza una crítica muy profunda y demoledora de las concepciones oficiales en la URSS, llegando incluso a vaticinar su derrumbe y su regreso al capitalismo. ¿Había leído el Che las notas que Mao redactó en los ’60 [Mao Tse-Tung: Notas de lectura sobre el Manual de Economía Política de la Unión Soviética. En Mao Tse-Tung: Escritos inéditos. Buenos Aires, Ediciones Mundo Nuevo, 1975] criticando ese mismo manual?

 

O.B.D.: No creo que el Che haya alcanzado a leer esas notas de Mao. ¡Y, discutiendo El Capital, no le pusieras a Mansilla cerca a Mao…! porque…

 

N.K.: Aunque el Che discrepa completamente con el etapismo de Mao, sin embargo en otros aspectos sus críticas al manual de economía soviético se acercan…

 

O.B.D.: Bueno, el Che se había leído todo lo de los chinos que se hubiera reproducido en español. La barrera idiomática era una barrera tremenda. Lo que nosotros teníamos acceso de China era muy escaso. Lo que nos llegaba era un boletín que se llamaba Xinhua, de la oficina de información y prensa internacional de ellos. Allí salían síntesis interesantes. Todas las mañanas la embajada china nos enviaba eso. Lo leíamos siempre. Cuando los chinos entran en crisis con los soviéticos, empezaron a “atacar” con mayor bibliografía. Entonces enviaban Xinhua bien “llenito”, un boletín bien gordo. Se distribuía en el Ministerio para el Che, para mí y, creo, que para dos viceministros más. Los otros tomaron miedo por la bronca de los chinos con los soviéticos. No lo recibieron más. Yo seguí recibiéndolo. Cuando en Cuba se forma nuestro primer partido, que se llamaba las ORI [Organizaciones Revolucionarias Integradas, donde se agrupaban diversas corrientes políticas revolucionarias unificadas bajo el liderazgo de Fidel: el 26 de julio, el PSP y el Directorio], se produce la discusión de mi militancia. Entonces a tres comunistas ortodoxos -del grupo de Blas Roca- [del PSP] les tocó formar el trío para analizar mi militancia. Uno de ellos parecía Torquemada. En el Ministerio de Industrias había compañeros de varias corrientes políticas. Del Movimiento 26 de julio, del Partido Socialista Popular, trotskistas, de varios grupos. Una de ellas era una militante del grupo de Aníbal Escalante, la microfracción de Escalante [ultraortodoxa y prosoviética, célebre por su sectarismo], que veía que yo todas las mañanas recibía y leía el boletín de prensa de los chinos. Yo supongo que ella fue la que le informó a esta gente lo que yo leía. Entonces cuando empezó la discusión de mi militancia -que duró como tres horas- me atacaron duramente porque yo era un indisciplinado, ya que seguía estudiando a los chinos y leyendo a Xinhua. Me estaban “traqueteando” duro. Yo seguía insistiendo con que iba a seguir leyendo eso y todo lo que quisiera. Y justo cuando ya estaba a punto de no poder ser admitido como militante, entra a la habitación el Che. De pura casualidad.

 

N.K.: ¿Qué posición asumió el Che?

 

O.B.D.: El Che les pregunta: “¿Qué discuten?”. Ellos le contestan: “La militancia del compañero Borrego”. Entonces el Che pregunta: “Bueno, y ¿qué pasa?”. Entonces ellos empiezan a hablar de todos mis méritos… Y el Che vuelve a preguntar. Y ellos le dicen que a pesar de los méritos hay un problema grave de indisciplina porque el compañero Borrego todos los días lee el boletín de Xinhua. Entonces el Che se dio vuelta hacia estos tipos y les dice: “¡Supongo que ustedes lo están felicitando al compañero Borrego! ¿no? ¡Supongo que no lo estarán criticando por eso!”. Imagínate las caras de estos tipos. Se quedaron paralizados. Finalmente gané mi militancia.

 

N.K.: Esa actitud del Che es una de sus grandes enseñanzas…

 

O.B.D.: Por supuesto. El Che nos enseñó y les enseña a las nuevas generaciones que hay que leer y estudiar a todos. Él, con mucho esfuerzo y perseverancia, estudió mucho y leyó durante toda su vida. Hay que apropiarse de todo el conocimiento social que existe. Hay que estudiar El Capital. Hay que leer a Fidel Castro y al Che Guevara, a Lenin, a Trotsky, a Stalin, a Mao. Hay que leer y estudiar a todos. ¡A todos! Hay que leer, inclusive, a nuestros enemigos: lo que publican los norteamericanos. Al enemigo imperialista no puedes criticarlo si no lo conoces. ¿Cómo se puede ser un verdadero revolucionario, un verdadero marxista, si no lees todo lo que se produce? Para ser un buen militante hay que hacer un esfuerzo diario. Hay que prepararse y hay que estudiar rigurosamente todos los días. ¡Hay que formarse! Esa es una más de las tantas enseñanzas que nos dejó con su ejemplo de vida nuestro querido Che.

 

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La filosofía y el fuego (Lukács ante Lenin) Néstor Kohan

Prólogo del libro de Lukács “Lenin (La coherencia de su pensamiento)”

La filosofía y el fuego (Lukács ante Lenin)

 

Néstor Kohan

 

 

 

 

György Lukács [1885-1971] es un filósofo húngaro y un militante comunista. Probablemente, junto con el italiano Antonio Gramsci, Lukács represente a uno de los principales filósofos marxistas de todo el siglo XX a nivel mundial.
La obra escrita de Lukács es enciclopédica y prácticamente inabarcable. La edición de sus Obras Completas incluye nada menos que… 24 tomos. De esa inmensa masa de trabajos e investigaciones, no pueden obviarse: El alma y las formas [1910], Historia del desarrollo del drama moderno [1911], Teoría de la novela [1920], Historia y conciencia de clase [1923], Lenin (La coherencia de su pensamiento) [1924], Goethe y su época [1946], El joven Hegel [terminado en 1938, publicado en 1948], Peripecias [1948], Thomas Mann [1948], Existencialismo o marxismo [1948], El realismo ruso en la literatura mundial [1949], Realistas alemanes del siglo XIX [1950], Balzac y el realismo francés [1952], El asalto a la razón. La trayectoria del irracionalismo desde Schelling hasta Hitler [1953], La novela histórica [1955], Problemas del realismo [1955], Franz Kafka o Thomas Mann [1957], Significación actual del realismo crítico [1958],  Sociología de la literatura [selección, 1961], Estética [4 tomos, 1963], El hombre y la democracia ([escrito en 1968, publicado póstumamente) y La ontología del ser social (3 tomos, [1971-73], publicado póstumamente).
Lukács nace en Budapest en 1885 (allí fallece en 1971). En su juventud pasa varios años en Alemania donde conoce a Simmel, Bloch, Tönnies, Windelband, Rickert y Max Weber. Con este último traba estrecha amistad. De regreso en Budapest, entre 1915 y 1917 Lukács funda el grupo cultural “Círculo de los domingos” donde asisten, entre otros, Arnold Hauser y Karl Mannheim. El comienzo de la primera guerra mundial en 1914 juega un papel importante en su primera radicalización política. En esos tiempos juveniles, Lukács rechaza al capitalismo desde las posiciones de un romanticismo revolucionario (muchas veces místico, mesiánico y trágico) que concibe al mundo burgués no tanto como una sociedad de explotación sino más bien como un modo de vida inauténtico, vulgar, mediocre, ordinario y rutinario. Ese rechazo se funda muchas veces en una ética absoluta asentada en el “deber ser” kantiano, que no acepta ninguna transacción con la realidad. Por eso, en el pensamiento crítico de la primera juventud de Lukács predomina la revuelta ética anticapitalista por sobre la teoría y la estrategia revolucionaria.
En 1917 Lukács funda la “Escuela libre de las ciencias del espíritu” donde colabora el compositor Béla Bartók. Ese mismo año saluda con entusiasmo la revolución bolchevique que lo radicalizará todavía más. El 2 de diciembre de 1918 ingresa al Partido Comunista, fundado en Budapest solamente doce días antes. Cuando él ingresa al partido, éste contaba con menos de cien miembros.
A continuación comienza a militar en la izquierda del comunismo de la naciente Internacional Comunista. En ese período, Lukács es co-director de la revista Kommunismus, órgano de la Internacional Comunista para los países danubianos. Allí se publican, antes de formar parte del libro, varios ensayos de Historia y conciencia de clase. Mantiene entonces sus posiciones anticapitalistas y el énfasis culturalista en su interpretación del marxismo, pero va abandonando sus anteriores puntos de vista místicos y espiritualistas.
En 1919 participa en forma activa y militante de la insurrección consejista que proclama la República Soviética de Hungría en aquel país. Llega a ser ministro de Cultura y Educación Popular de esa revolución. Entre otras medidas, establece el Instituto de Investigación para el Fomento del Materialismo Histórico. Una de los ensayos de Historia y conciencia de clase surge de la conferencia pronunciada por Lukács en la inauguración de dicho Instituto.
Tras la derrota huye a Viena, donde vivirá desde 1919 hasta 1929. Mientras tanto, el gobierno húngaro del dictador y contralmirante Miklós Horthy lo condena a muerte. En 1921, en el III Congreso de la Internacional Comunista, Lukács conoce personalmente a Lenin quien, discutiendo precisamente con la izquierda de la Internacional, había publicado el año anterior —en julio de 1920— El Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo. Según Michael Löwy, a partir de 1920 Lukács se distancia de la corriente izquierdista de la Internacional y adopta las posiciones de un realismo revolucionario (Véase Michael Löwy: Para uma sociología dos intelectuais revolucionarios. A evoluçao política de Lukács. Sao Paulo, Ciencias Humanas, 1979. pp.193). El término de “realismo revolucionario” no significa que en esta etapa de su evolución intelectual Lukács se haya adaptado al orden establecido. Por el contrario, alude al hecho de que el filósofo, manteniendo sus posiciones radicales, supera entonces el rigorismo formal de la ética kantiana (cuya generalidad impide operar sobre la realidad) para adoptar el punto de vista de los revolucionarios bolcheviques encabezados por Lenin y Trotsky.
Entre 1919 y 1923 escribe los ensayos del Historia y conciencia de clase, su libro fundamental, máxima expresión filosófica de la revolución bolchevique y una de las grandes obras del siglo XX. En ella sintetiza el mesianismo judío revolucionario, el cuestionamiento de Weber a la burocracia, la crítica hegeliana de Kant (y del iuspositivismo de Kelsen), junto con la crítica de Marx al fetichismo de la economía política y de la sociedad mercantil capitalista.
Según un célebre pasaje de Historia y conciencia de clase, toda la concepción marxista de la historia está resumida y sintetizada en la teoría del fetichismo de la mercancía que Marx expone en El Capital.
Cuando Lukács escribe Historia y conciencia de clase, los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 de Marx (que tanto impactaron en el Che Guevara en los ‘60) todavía no habían sido publicados. Recién se publican en 1932. Cuando Lukács llega en 1930 a Moscú, participa en el desciframiento del original de Marx y comienza a trabajar en el Instituto Marx-Engels junto con David Riazanov. Pero una década antes, entre 1919 y 1923, el pensador húngaro no había leído aún esos Manuscritos de 1844. No obstante desconocerlos, en Historia y conciencia de clase Lukács ya ubica el eje de la teoría marxista en la concepción dialéctica centrada en la unidad sujeto-objeto y en las categorías de alienación, cosificación, reificación y fetichismo.
Lukács ya había utilizado anteriormente estas categorías. Por ejemplo, la primera vez que aparece el concepto de “reificación” en sus escritos es en 1909, en su Historia de la evolución del drama moderno. Pero, entre 1919 y 1923, la reificación es ubicada al interior de la lógica misma del capitalismo.
De este modo, en Historia y conciencia de clase Lukács generaliza la teoría del fetichismo desde la mercancía —“la célula básica del capitalismo”, según la expresión de Marx— a todo el orden social. Articulando en un mismo discurso filosófico la teoría de la cosificación, la crítica de las antinomias del pensamiento burgués (y de la socialdemocracia), en tanto expresión conceptual reificada, y la defensa de la posición revolucionaria del proletariado, Lukács establece una ecuación brillante. Sostiene que el pensamiento racionalista formal (allí incluye desde Kant y el positivismo, hasta Kelsen y Weber) expresa “un pensamiento burgués cosificado”. Ese pensamiento burgués que surge de la sociedad capitalista —no depende, pues, de la “bondad” o “maldad” de un empresario particular— se sustenta en un dualismo extremo entre la objetividad y la subjetividad.
Dentro de la objetividad se encontrarían las leyes de la economía y el mercado, mientras que en el plano de la subjetividad se ubicaría la lucha de clases, la conciencia revolucionaria y la ética comunista. Si el marxismo ortodoxo de Karl Kautsky entendía al marxismo como una teoría positivista de las “leyes objetivas”, el revisionismo de Edward Bernstein se limitaba a defender al socialismo sólo como una ética. Pero ambos divorcian, separan y escinden el objeto y el sujeto. La base de esa escisión es, según Lukács, el fetichismo y sus derivados: la objetivación, la racionalización formal, la dominación burocrática y la cosificación. El proletariado puede romper y hacer estallar esa cáscara fetichista que envuelve lo social porque es la única clase social que puede impugnar en su totalidad al sistema. No se limita a un reclamo fragmentario.
Aunque los ensayos de ese libro comenzaron a redactarse en 1919, fueron modificados antes de ser publicados en 1922, después de la crítica de Lenin al izquierdismo. Fue en 1922 cuando Lukács redacta el principal de todos los ensayos: “La cosificación y la conciencia del proletariado”, pieza maestra del pensamiento dialéctico y del rechazo de todas las formas de positivismo que impregnaron muchas veces al marxismo, castrando su impulso revolucionario en aras de una supuesta “cientificidad” natural.
Historia y conciencia de clase recupera para el corazón del marxismo la dialéctica revolucionaria que la II Internacional había bochornosamente abandonado y olvidado, tanto con la ortodoxia de Kautsky como con el revisionismo de Bernstein, ambos críticos de la revolución rusa de Lenin y Trotsky.
Al año siguiente de la publicación de Historia y conciencia de clase, muere Lenin. Inmediatamente Lukács redacta este nuevo libro, más pequeño, que ahora presentamos. Lo hace en una clara continuidad con Historia y conciencia de clase. Lo titula Lenin (La coherencia de su pensamiento) y lo publica en Viena.
Su tesis central defiende la actualidad de la revolución frente a quienes la pretenden postergar para un inalcanzable, lejano y difuso día de mañana, separando la táctica de la estrategia, dejando a la crítica social sin política, aislando las reivindicaciones puntuales de todo proyecto de transformación global de la sociedad, divorciando la ciencia de la ética y escindiendo, en definitiva, el objeto del sujeto.
En el lenguaje de nuestros días, lo que aquí Lukács está poniendo en discusión es precisamente la fragmentación del rechazo del capitalismo en múltiples nichos inconexos (mientras se reclama un imposible “capitalismo con rostro humano”) y la maniobra de postergar para pasado mañana o vaya uno a saber para cuando la perspectiva socialista de “otro mundo posible”.
En estas cortas y afiebradas páginas Lukács, el más brillante, el más erudito, el más refinado de los filósofos marxistas, intenta aferrar entonces el pulso vivo e imperecedero de Lenin. Desde ese ángulo sintetiza al dirigente bolchevique de la siguiente manera: “un pensamiento enteramente vertido a la praxis”. De manera sumamente similar al intento de Gramsci presente en los Cuadernos de la cárcel, Lukács ubica en Lenin (La coherencia de su pensamiento) al revolucionario ruso como un pensador de la filosofía de la praxis.
En un balance maduro sobre aquel ensayo juvenil de 1924, Lukács vuelve sobre sus pisadas y se interroga nuevamente sobre Lenin. Así dice, en enero de 1967, que: “Durante toda su vida Lenin no dejó, pues, de estudiar, siempre y en cualquier lugar, fuera la lógica de Hegel o el juicio de un obrero sobre el pan. El estudio permanente, el dejarse instruir siempre de nuevo por la realidad, es un rasgo esencial de la absoluta prioridad de la praxis en la línea leninista de conducta. Ya esto, pero sobre todo su manera de estudiar, abren un abismo insondable entre él y todos los empiristas y «políticos realistas»”. Esa actitud que Lukács encuentra y subraya en Lenin —tan alejada de las modas, de las frivolidades del mercado (de las ideas), del “último grito” promocionado por los monopolios editoriales y sus industrias culturales— es la que nos está haciendo falta en nuestros días. Hoy se vive, se palpa, se respira y se siente una sed de teoría, de teoría política viva, no de paper académico ni de best seller mercantil. Por eso vale la pena releer estás páginas de Lukács ante Lenin.
El universo teórico-político en el que se inscriben las tesis del ensayo sobre Lenin gira en torno a los mismos problemas de Historia y conciencia de clase y a los mismos puntos de vista radicales, aun cuando el volumen sobre Lenin tiene un talante político más inmediato y directo. Según Michael Löwy: “En estas condiciones, nos parece que Lenin de Lukács es, en último análisis, la continuación de Historia y conciencia de clase, estando las dos obras fundadas sobre las mismas premisas teóricas fundamentales” (Véase Michael Löwy: Para uma sociología dos intelectuais revolucionarios. A evoluçao política de Lukács. Obra citada. pp. 212 [la traducción de esta cita me pertenece]).
Retomar entonces la herencia radical de Lenin constituye, según la conclusión con la que Lukács cierra este libro, “la tarea más noble para todo aquel que verdaderamente asuma el método dialéctico como arma de la lucha de clases”. Creemos no exagerar al caracterizar esa conclusión como pertinente, útil y sumamente productiva para el mundo  teórico y político contemporáneo. Por eso lo publicamos cuando se cumplen 80 años de la muerte de Lenin. No se trata de trasladar mecánicamente las conclusiones de Lenin al mundo actual, haciendo violenta abstracción de las transformaciones históricas que han ocurrido desde que él murió hasta nuestros días. Pero sí se trata de retomar sus preguntas, sus indagaciones, sus interrogantes, sus inquietudes y sobre todo, como subraya Lukács, su manera de estudiar la sociedad. Esa manera que ha sido abandonada o sencillamente desechada —sin mayores trámites ni beneficio de inventario— por los partidarios del posmodernismo y del posestructuralismo contemporáneo.
Cabe aclarar que, aunque su autor mantenía una admiración total por Lenin, líder indiscutido de los bolcheviques, la recepción de Historia y conciencia de clase no fue de ningún modo bienvenida en la URSS. Cuando recién vio la luz, esta obra fue “condenada” inmediatamente por la ortodoxia cientificista de un marxismo que se parecía demasiado al positivismo.
Este rechazo provino tanto de la Segunda Internacional —y su principal teórico: Karl Kautsky— como en la voz oficial de la Tercera Internacional —cuya presidencia estaba por entonces a cargo de Zinoviev—. Ambos condenaron, casi al mismo tiempo, Historia y conciencia de clase en 1924. Lo mismo hizo Nicolás Bujarin. A su vez, el diario oficial soviético Pravda aprovechó la ocasión y condenó de un solo plumazo a Lukács, Korsch, Fogarasi y Revai (esta condena se publicó en el Pravda el 25 de julio de 1924).
Mientras tanto, el filósofo soviético Abraham Deborin (antiguo menchevique y discípulo de Plejanov), rechazando Historia y conciencia de clase, escribió un artículo cuyo título lo dice todo: “Lukács y su crítica del marxismo”. Lo publicó en 1924 en la revista soviética Pod Znamenen Marxisma [Bajo la bandera del marxismo]. Allí defendía la tesis  plejanoviana de que el marxismo desciende del materialismo naturalista, sumamente criticado por Lukács. A estas impugnaciones se sumó también la de un joven intelectual comunista húngaro llamado László Rudas, defensor de la dialéctica de la naturaleza y de una concepción objetivista extrema del marxismo.
Resulta por demás sugestivo observar que en muchas de las impugnaciones, rechazos y airadas condenas que la ortodoxia realizó contra Lukács en este período encontramos exactamente los mismos motivos ideológicos y los mismos lugares comunes que esa misma ortodoxia utilizó en América Latina para enfrentar y condenar al marxismo revolucionario del Che Guevara y de sus partidarios. En ambos casos se los acusa de “subjetivismo”, “romanticismo”, “voluntarismo” y, por supuesto, de “no respetar las condiciones objetivas ni las leyes científicas”… Aunque las circunstancias históricas eran distintas (revolución rusa en la década del ‘20, revolución cubana en los ’60) las condenas y los exorcismos de ambas herejías eran prácticamente las mismas. Parecían calcadas unas sobre otras.
Durante muchísimos décadas se pensó que Lukács había aceptado mansamente esas impugnaciones ya que, al poco tiempo, en 1926, el gran filósofo húngaro acerca sus posiciones a los puntos de vista que por entonces, burocratización mediante, tras la muerte de Lenin, se van convirtiendo en oficiales en el Partido Comunista de la Unión Soviética.
Pero recientemente, hace menos de una década, se ha descubierto que el pensador húngaro sí respondió los ataques ortodoxos. En 1925, después de publicar su Lenin, Lukács redactó Chvostismus und Dialektic. En Francia se lo tradujo en el año 2001 con el título: Dialectique et spontanéité. Em défense de Histoire et conscience de classe [Dialéctica y espontaneidad. En defensa de «Historia y conciencia de clase»]. París, Les Éditions de la Pasión, 2001. Prefacio de Nicolás Tertulian.
Michael Löwy ha cuestionado la fidelidad de esa traducción francesa del título original (Véase Michael Löwy: “Un marxismo de la subjetividad revolucionaria. Dialéctica y espontaneidad de Lukács”. Mimeo).
Este manuscrito se descubrió en los antiguos archivos del Instituto Lenin de Moscú y fue publicado por primera vez en Budapest en 1996 (todavía no ha sido traducido al castellano).
Fiel a su convencimiento militante de que la disputa había que darla al interior del comunismo, ese ensayo de anti-crítica no lo envió a Occidente, donde lo hubieran acogido con los brazos abiertos (no por simpatía, obviamente, sino para utilizarlo contra el comunismo de la URSS). Lo presentó a dos revistas soviéticas. Westnik der kommunistischen Akademie se llamaba una, y Pod Znamenen Marxisma [Bajo la bandera del marxismo], la otra. En esta última había sido publicada la crítica contra Lukács de Deborin. La respuesta de Lukács, obviamente, nunca se publicó… Lenin había muerto y los debates al interior de la URSS comenzaron a resolverse administrativa y burocráticamente. Lo interesante es que si bien Lukács responde a las críticas soviéticas contra su principal libro, nunca se toma el trabajo de responderle a la socialdemocracia.
En el mismo año —durante 1925— en que elabora esta defensa de Historia y conciencia de clase, Lukács escribe una crítica concisa y pequeña, pero demoledora, del volumen Teoría del materialismo histórico. Ensayo popular de sociología marxista [1921] de Nicolas Bujarin. En ese momento, Bujarin era otra de las voces cantantes de la ortodoxia soviética. No casualmente será este mismo Bujarin quien, presidiendo en 1928 el VI Congreso de la Internacional Comunista, declarará al materialismo dialéctico (DIAMAT) “filosofía oficial” de la Internacional. Lukács escribe entonces el ensayo “Tecnología y relaciones sociales” donde demuestra, analizando la caída del Imperio romano, que las tesis ortodoxas no sólo son teóricamente erróneas sino que además son inútiles para explicar la historia. Allí acusa a Bujarin de caer en “un materialismo burgués” y en un “burdo naturalismo”. Como se sabe, Antonio Gramsci llegará a las mismas conclusiones que Lukács (sin haber leído su crítica) cuando arremete contra Bujarin en sus Cuadernos de la cárcel.
Pero en 1926 la ola revolucionaria expansiva, nacida en 1917, había comenzado a decaer. Descendía el impulso revolucionario tras muchas derrotas proletarias (Alemania, Italia, Hungría). Ese año Lukács escribe un ensayo que marca su viraje político: “Moses Hess y los problemas de la dialéctica idealista”. Dejando atrás el radicalismo político de Historia y conciencia de clase y de su Lenin, allí celebra la “reconciliación” hegeliana con la realidad como señal de realismo… Es el paso filosófico para aceptar una reconciliación de él mismo con esa Unión Soviética que comenzaba a burocratizarse de la mano de Stalin, con el telón de fondo de un fuego revolucionario que se iba lenta y trágicamente apagando.
En 1928, Lukács redacta las tesis del II Congreso del PC húngaro a realizarse en 1929, conocidas como “Tesis de Blum” (Lukács firma con seudónimo porque estaba en la clandestinidad). En ellas se opone al sectarismo extremo que primaba en el denominado “Tercer Período” de la Internacional Comunista (cuyo lema era “clase contra clase”, identificando como enemigo principal —justo cuando en Alemania los nazis avanzaban hacia el poder— a la izquierda de la socialdemocracia). En 1929 Lukács pasa tres meses en Hungría (dirigiendo en forma clandestina el trabajo partidario).
Sus “Tesis” son derrotadas y se lo amenaza con la expulsión del partido. El ejecutivo de la Internacional Comunista —ya completamente stalinizada— envía una “Carta abierta” al PC húngaro donde reclama “concentrar el fuego contra las tesis antileninistas del camarada Lukács”. Lukács es obligado a publicar una declaración autocrítica… Él acepta. A partir de esa aceptación, abandona la política directa para refugiarse durante casi treinta años en el mundo de la cultura y la filosofía.
A pesar de esa marcha atrás y de ese acercamiento al stalinismo —y su aceptación de la doctrina del “socialismo en un solo país”—, Lukács mantiene una tensión conflictiva con esta corriente. Ese cortocircuito atraviesa y recorre la mayor parte de su vida intelectual madura. Tal es así que, aunque Lukács vive exiliado en la Unión Soviética durante el nazismo (los alemanes asesinan en 1944 a su hermano mayor János), los jerarcas oficiales soviéticos lo hostigan en reiteradas ocasiones. Y eso que él ya había aceptado la “división de tareas” que por esa época el stalinismo imponía en todo el mundo a los intelectuales miembros de los partidos comunistas (ellos se ocupaban de la cultura, pero… la política práctica la manejaban los cuadros de Stalin).
En la URSS, entre sus adversarios se encontraba, por ejemplo, Alexander Alexandrovich Fadeyev [1901-1956]. Pope de la doctrina oficial soviética en asuntos de literatura e impulsor de la revista oficial Gaceta Literaria de Moscú, donde se atacaba públicamente a Lukács. Junto a él, otro de sus adversarios era Yermilov. Ambos defensores de la línea del Proletcult.
Pero el recelo de los intelectuales stalinistas oficiales hacia este antiguo izquierdista, no queda reducido allí. Se lo obliga a formular varias “autocríticas” (la primera es la ya mencionada de 1929. Habrá otras…) y se lo encarcela en dos oportunidades.
Cuando llega a Moscú, Lukács trabaja entre 1929 y 1931 en el ya mencionado Instituto Marx-Engels-Lenin dirigido por Riazanov. Allí no sólo puede consultar los Manuscritos económico filosóficos de 1844 sino que también toma conocimiento de los Cuadernos filosóficos de Lenin, publicados después de la muerte del dirigente bolchevique, entre 1929 y 1930, cinco años después de que Lukács redactara su Lenin. La lectura de los apuntes manuscritos de Lenin sobre la Ciencia de la Lógica contribuirá al cambio de perspectiva de Lukács sobre Hegel que se expresará en El joven Hegel.
Luego de un breve período en Alemania —que se extiende desde 1931 a 1933— Lukács regresa a Moscú. Allí forma parte del consejo de la revista Literaturny Kritik [Crítica Literaria] junto a su gran amigo Mijail Lifshitz, autor del excelente estudio La filosofía del arte en Karl Marx.
Aunque la publicación de Lukács y Lifshitz contaba inicialmente con la “protección” del filósofo oficial Pavel Iudin, en 1940 es cerrada. En ese tiempo —entre 1939 y 1940— Lukács publica el ensayo titulado “Tribuna del pueblo o Burócrata”. Ese ensayo, según su brillante discípulo István Mészáros: “es la crítica más aguda y penetrante de la burocratización publicada en Rusia durante el período de Stalin” (Véase István Mészáros: El pensamiento y la obra de G.Lukács. Barcelona, Fontamara, 1981. pp. 123).
Al año siguiente, en 1941, Lukács es detenido en la URSS a partir de la denuncia de un agente húngaro. Sus interrogadores soviéticos intentan, sin éxito, extraerle una declaración según la cual habría sido desde principios de los años veinte “un agente trotskista”. Permanece prisionero poco tiempo, entre el 29 de junio de 1941 y el 26 de agosto de ese mismo año.
Según Vittorio Strada —director del Instituto Italiano de Cultura en Moscú durante los 90—, a fines de 1999 habría aparecido en la capital rusa un volumen titulado Conversaciones en la Lubjanka, donde se publican por primera vez los materiales de aquella investigación policial a la que fuera sometido Lukács en 1941 (El título original de ese volumen es Besedi na Lubjanke). Entre los “errores cometidos”, por los cuales le pregunta el interrogador de la policía soviética, Lukács habría respondido lo siguiente: “Historia y conciencia de clase contiene la síntesis filosófica de mis ideas ultraizquierdistas de ese período. La base de esta filosofía es una sobrevaloración de los factores subjetivos y la desvalorización de los factores objetivos. He sobrevalorado el papel histórico de la sociedad y desvalorizado el papel histórico de la naturaleza. He polemizado contra Engels en la cuestión de la dialéctica de la naturaleza […] Todo esto demostraba que, en el campo de la filosofía, yo era un idealista” (véase Vittorio Strada —Corriere della Sera, Milán, 2 de febrero de 2000—, traducido y publicado en Argentina por La Nación el 27 de febrero de 2000. pp. 3. Nosotros no hemos tenido acceso a esas Conversaciones. Según Strada, se publicaron apenas 300 ejemplares en ruso. No tenemos noticias de que se hayan traducido a algún idioma occidental. Debe tomarse la información de este artículo con absoluta cautela, dado el profundo desprecio por Lukács que destilan tanto el académico italiano que dice haber tenido acceso al ejemplar, el Corriere della Sera donde publicó su nota original, como el diario conservador argentino que la tradujo. Nicolas Tertulian, en su prefacio a Dialéctica y espontaneidad editado en Francia, también hace referencia a este libro publicado en Moscú).
Entre 1944 y 1945, tras la derrota de los nazis, Lukács tiene la posibilidad de instalarse en Alemania o en Hungría. Elige su país. Ejerce allí una actividad cultural y militante frenética, hasta que vuelve a buscarse “problemas” con la burocracia. Luego de la publicación de numerosos ensayos entre 1946 y 1949, nuevamente debe soportar el fuego cruzado de los ideólogos oficiales. El primer ataque lo abre László Rudas. A ese ataque le siguen muchos otros en la prensa de Hungría. Lo acusan de “revisionismo”, de “servidor del imperialismo” y otros disparates del mismo calibre. Márton Horvath, miembro del buró político en el campo cultural, se pliega a los ataques. El conflicto se vuelve intenso y agudo cuando su viejo adversario Fadeyev publica desde la URSS un ataque virulento en el periódico Pravda. Empieza a circular la amenaza de una nueva detención policial del filósofo.
Entonces, Lukács vuelve a “autocriticarse”…
József Revai, ideólogo del PC húngaro, jefe de redacción del órgano del partido comunista Szabad Nép y ministro de cultura entre 1949 y 1953, declara que esa autocrítica era demasiado “formal” y sigue atacando a Lukács. Pero éste ve el gesto de Revai como algo positivo pues de algún modo impide la detención que se preveía a partir del momento en que los soviéticos de Pravda tomaron cartas en el asunto contra Lukács.
A los pocos años, tras la muerte de Stalin [1953], cambia la relación de fuerzas. Lukács se convierte entonces en miembro del comité central ampliado del PC húngaro y, lo que es más importante, en ministro del gobierno de Imre Nagy, abortado por la invasión soviética de ese año. Una invasión realizada en tiempos del supuestamente “abierto” Nikita Kruschev… Con los tanques soviéticos en Hungría, Lukács es capturado y deportado a Rumania junto con Nagy (a este último lo ejecutan allí en 1958).
Vuelve desde Rumania a su casa el 10 de abril de 1957. Entonces el departamento de Lukács en la Universidad es clausurado y a él se le prohíbe mantener cualquier contacto con los estudiantes. Los ataques continúan durante varios años, en Hungría, Alemania, Rusia y en otros países del Este europeo. Por ejemplo, en 1960, la editorial Aufbau Verlag de Berlín publica un largo volumen de 340 páginas titulado: Georg Lukács y el revisionismo.
¿Por qué Lukács, tantas veces víctima del stalinismo, no rompe definitivamente con esta corriente? ¿Por qué aceptó hacer esas humillantes “autocríticas”?
Las razones son múltiples y las interpretaciones posibles también. Por ejemplo, en la editorial con que la revista Pensamiento Crítico presenta por primera vez al público cubano capítulos de Marxismo y filosofía de Karl Korsch y de Historia y conciencia de clase de Lukács se plantea lo siguiente: “Alabadas y atacadas durante casi medio siglo [referencia a ambas obras], han permanecido casi desconocidas para la mayoría de los marxistas […] Ese destino ensombreció la posibilidad de enjuiciar uno de los movimientos teóricos más interesantes que se produjeron en una etapa crucial del movimiento revolucionario de este siglo […] También afectó a los autores: uno [Korsch] abandonó el movimiento revolucionario, y el otro [Lukács] claudicó en sucesivas autocríticas que no ayudaron nada al desarrollo del sentido de los deberes del intelectual comunista en la dictadura del proletariado” (véase Pensamiento Crítico N°41, La Habana, junio de 1970, Editorial. p.7 [el subrayado me pertenece]).
Es cierto. Lukács “claudicó”. Aceptó dar marcha atrás y terminó rechazando su propia obra. Pero ¿por qué?. Esa es la cuestión. No fue por oportunismo. Podría quizás pensarse que prefirió ser un “hereje” desde dentro y no desde fuera del comunismo de aquellos años. Podría haberse ido a vivir a EEUU (como Agnes Heller y algunos otros de sus discípulos húngaros… hoy tristemente liberales y posmodernos), donde lo hubieran recibido con bombos y platillos. Él mismo reconoció años después: “Hubiera tenido repetidas veces la posibilidad de cambiar de residencia, pero siempre rechacé tal cambio de lugar” (Véase G.Lukács: “Más allá de Stalin” [1969]. En G.Lukács: Testamento político y otros escritos sobre política y filosofía inéditos en castellano. Buenos Aires, Herramienta, 2003. pp.130).
Sin embargo, eligió quedarse. Primero en la URSS, sufriendo incluso la cárcel, la no publicación de algunos de sus libros y hasta la incautación de papeles manuscritos a manos de la policía (por ejemplo, una biografía que había escrito sobre el autor del Fausto y que probablemente llevaba por título Goethe y la dialéctica, de la que sólo se conservó un fragmento, publicado luego en italiano). Después en Hungría, donde también es apresado, insultado y expulsado de la Universidad. Fue una elección política militante, sumamente incómoda, angustiosa y lacerante, que sacrificaba su propio interés intelectual, llegando al límite de la humillación y el autoflagelo, en función de algo que él consideraba mayor: “la reforma radical del socialismo”, según sus propias palabras.
Haciendo un balance maduro de aquella decisión, en “Más allá de Stalin” Lukács caracteriza su militancia intelectual como “una lucha en dos frentes: contra el americanismo y el stalinismo”.
Pero la comprensión crítica de este último no fue rápida ni espontánea. Él reconoce sin medias tintas ni eufemismos que en un comienzo: “En las disputas partidarias inmediatamente posteriores a la muerte de Lenin, me encontré del lado de Stalin en algunas cuestiones esenciales, aunque todavía no me hubiera presentado con esta posición en forma pública. El problema principal consistía en el «socialismo en un solo país». Concretamente, cedió la ola revolucionaria que se había desatado en 1917”. (véase G.Lukács: “Más allá de Stalin”.Obra Citada. pp.125). Más adelante, en el mismo balance retrospectivo donde recorre diversos encontronazos suyos con la cultura oficial del stalinismo, el pensador húngaro afirma con notable honestidad: “Ni siquiera los grandes procesos [Lukács se refiere a los denominados «juicios de Moscú», donde fue liquidada toda la vieja guardia bolchevique. Nota de N.K.] pudieron alterar hondamente esa posición. El observador actual puede designar esto como ceguera. Olvida, al hacerlo, algunos importantes factores que para mí eran decisivos, al menos en aquel tiempo. […] Recién cuando la acción de Stalin se expandió a amplias masas con el lema «el Trotskismo debe ser extirpado, junto con todas sus raíces», se fortaleció la crítica interna, intelectual y moral. Sin embargo, esta quedó condenada al silencio frente a la esfera pública, a causa de la necesaria prioridad de la lucha contra Hitler” [el subrayado me pertenece].
Desde nuestro punto de vista, Lukács no fue un oportunista. Fue un comunista convencido que sufrió trágicamente, en carne propia, el estrangulamiento y la burocratización de la maravillosa revolución socialista de 1917 y del impulso de ofensiva que ella inyectó a la rebelión anticapitalista mundial en aquellos tiempos.
Intentando explicar y explicarse, décadas después, ya al borde la muerte, las razones de su comportamiento político durante aquellos años, afirma: “Desde mi punto de vista, aun el peor socialismo es preferible antes que el mejor capitalismo. Estoy profundamente convencido de esto, y viví esos tiempos con esta convicción” (Véase G.Lukács: “Entrevista: En casa con György Lukács” [1968]. En G.Lukács: Testamento político y otros escritos sobre política y filosofía inéditos en castellano. Obra Citada. pp.121).
Esa toma de posición, que de algún modo cedía su radicalismo juvenil —lo más interesante y actual de toda su obra— en aras del reconocimiento de “la racionalidad de la realidad histórica”, incluso al punto de llegar al sacrificio personal cuando padeció diversos procesos de “caza de brujas”, también se proyectó en su producción teórica. Especialmente, en la interpretación y reinterpretación de su admirada dialéctica de Hegel y, en particular, en El joven Hegel, libro leído y estudiado por el Che Guevara en Bolivia, dicho sea de paso.
A pesar del clasicismo, del “realismo político” y de la mesura con que el Lukács maduro, crítico de su propia producción juvenil, abordó la teoría del marxismo (tanto en filosofía, con La ontología del ser social, como en los gruesos volúmenes de su Estética y en muchos otros de sus trabajos), durante su vejez su principal obra inspiró a muchos jóvenes de la nueva izquierda del ‘68. Entre ellos, por ejemplo en Alemania occidental (la RFA), muchos militantes, en medio de las rebeliones estudiantiles y en pleno apogeo de la izquierda extraparlamentaria radical, se pasaban de mano en mano ediciones “piratas” [ilegales o artesanales] de… Historia y conciencia de clase.
Todo lo apuntado previamente podría quizás ser materia de análisis, debate y estudio para los historiadores del socialismo. Lukács, en ese caso, quedaría encerrado en un museo, el museo de las ideas. Pero no tendría nada que decirnos hoy en día a las nuevas generaciones. No es precisamente su caso.
Cinco décadas después de que Maurice Merleau-Ponty reinstalara en el seno de la intelectualidad occidental su formidable e inigualada Historia y conciencia de clase, el interés por la obra y el pensamiento de György Lukács parece resurgir de las cenizas y volver al centro del debate.
Pensadores tan diversos como Fredric Jameson, en Estados Unidos, Michael Löwy y Nicolas Tertulian, en Francia, Itsván Mészáros, en Inglaterra, Carlos Nelson Coutinho, Leandro Konder y Ricardo Antunes, en Brasil, y muchos otros intelectuales críticos encuentran inspiración en la obra de Lukács para continuar batallando contra la globalización capitalista contemporánea y sus perversas lógicas socio-culturales. Incluso John Holloway, cuyas tesis sobre el poder resultan tan discutibles y endebles desde nuestro punto de vista, se ha inspirado en el pensamiento de Lukács en no pocos pasajes de su libro más difundido.
Volver a discutir este texto injustamente “olvidado” de Lukács constituye un enorme desafío. Se trata de retomar lo mejor que produjo en el campo del pensamiento teórico la revolución bolchevique en la pluma de uno de los principales filósofos del siglo XX. Pero el desafío no se detiene allí ya que no se trata de cualquier obra. Lo que aquí está en discusión es nada menos que Lenin, el más vilipendiado, el más insultado, el más rechazado de los políticos revolucionarios radicales del siglo XX. Pues bien. Sin hagiografías, sin panteones intocables, sin santos ni momias embalsamadas, y por supuesto a contramano de cualquier moda que nos quieran imponer, de lo que se trata es de volver a leer, estudiar colectivamente y discutir a Lenin. Nada mejor entonces que comenzar con esta sugerente y provocativa introducción de Lukács.
Néstor Kohan
Diciembre de 2004

 

 

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=10714

 

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OBSERVACIÓN DEL ARTE Y ARTE DE LA OBSERVACIÓN / Bertolt Brecht

Es una opinión antigua y elemental que una obra de arte, en sustancia, deba actuar sobre todos los hombres, independientemente de su edad, educación y condición.
El arte -dice- se dirige al hombre, a todos ellos, y no importa que éste sea viejo o joven, trabajador manual o mental, culto o inculto. De modo que una obra de arte puede ser comprendida y gozada por todos los hombres, ya que todos los hombres llevan en sí alao de artístico.
De semejante opinión deriva a menudo una decidida aversión hacia las llamadas interpretaciones de las obras de arte hacia un arte que tiene necesidad de toda suerte de explicaciones. y no se halla en condiciones de actuar “por sí mismo”. ¿Cómo, -se dice- podría el arte actuar sobre nosotros? ¿Sólo cuando> los expertos lo hayan hecho objeto de sus disquisiciones? ¿El Moisés de Miguel Ángel debería conmovernos únicamente cuando nos lo haya explicado un profesor? Así se dice, pero al mismo tiempo no se ignora que hay personas más dotadas que otras para disfrutar del arte y para sacarle partido. Es la mal afamada “minoría de entendidos”. . Existen muchos artistas (y no de los peores) que están decididos a no hacer, de ningún modo, arte sólo para esta pequeña minoría de “iniciados” y que desean crear para todo el “pueblo” . Es una intención democrática, pero -a mi entender- no del todo democrática. Es democrático hacer del “pequeño círculo de entendidos” un “gran círculo de entendidos”.

La observación del arte puede conducir a un efectivo aprovechamiento del mismo, sólo si existe un arte de la observación. Si es verdad que en cada hombre se esconde un artista, que el hombre es el más dotado de sentido artístico de todos los .animales, es cierto asimismo, que tal disposición puede ser desarrollada y puede decaer. En la base del arte hay una capacidad de trabajo. El que admira el arte, admira un trabajo, un trabajo hábil y logrado. Y es necesario conocer alguna cosa de tal trabajo, a fin de admirar y gozar del resultado, es decir, de la obra de arte.
Tal conocimiento, que no sólo es conocimiento sino también, sensibilidad, es particularmente necesario para la escultura.
Es preciso tener un poco de sensibilidad para la piedra, la madera o el bronce y también unas nociones acerca del empleo de estos materiales. Es imprescindible el sentir el cuchillo abriéndose camino en la madera, cómo del tocón informe emerge lentamente la figura, de la esfera la cabeza, de la superficie convexa el rostro. Es más, en nuestra época hay necesidad de una ayuda que .antes no era precisa. Desde un cierto punto de vista el surgir de nuevos métodos de producción de base mecánica, ha puesto, en crisis al artesanado. Se ha perdido la noción de la calidad de los materiales, y el proceso de elaboración no es ya el mismo que antaño. Ahora cada objeto es el fruto de la colaboración de muchos y el individuo no realiza ya por sí solo -como en un tiempo- todas las operaciones, sino que controla -de cuando en cuando- únicamente una fase en el desarrollo del objeto. Así, se han ido perdiendo también el conocimiento y el sentido del trabajo individual. En la época capitalista el individuo se halla en pie de guerra con el trabajo.
El trabajo amenaza al individuo. El proceso de trabajo y su producto suprimen todo posible elemento individual. Un zapato nada sugiere acerca de la personalidad del que lo ha fabricado. La escultura es todavía una actividad artesana. Pero hoy en día una escultura se observa como si -al igual que cualquier otro objeto- se hubiese producido de manera mecánica. Solamente el resultado del trabajo es considerado (y eventualmente gozado), pero ya no el trabajo en sí mismo. Esto significa mucho para el arte del escultor.

Si se quiere alcanzar la fruición del arte, no es nunca suficiente el querer consumir cómodamente y a buen precio sólo el resultado de la creación artística; es necesario participar de la creación misma, ser en cierta medida creadores nosotros mismos, ejercitar una cierta dosis de fantasía, acompasar o bien contraponer nuestra propia experiencia a la del artista, etcétera. Incluso el que se limita a comer, trabaja: corta la carne, se lleva el bocado a los labios, mastica. El arte y su fruición no puede ser conquistado de modo más fácil. Así es necesario participar en el trabajo del artista, en tiempos reducidos, pero de una manera profunda. El material -la ingrata madera, la arcilla a menudo demasiado flexible- le produce cansancio y cansancio le da también el objeto, en nuestro caso -por ejemplo- una cabeza humana.
¿Cómo nace su reproducción de una cabeza?
Es instructivo -y proporciona deleite- el ver fijados por lo menos en la imaginación, las diversas fases por las que una obra de arte atraviesa, el trabajo de unas manos hábiles e inspiradas, el poder intuir algo de las penas y de los triunfos vividos por el escultor durante su trabajo. He aquí, en primer lugar, aparecer audazmente las formas fundamentales, toscas y un tanto irregulares, la exageración, la heroificación, la caricatura si así se desea…
Hay en esta fase algo de animal, informe, brutal. Vienen después los rasgos más particulares y sutiles. Un detalle, la frente por ejemplo, comienza a tomar un valor dominante. Después aparecen las correcciones. El artista descubre cosas, choca con dificultades, pierde la conjunción, construye otra nueva, abandona una concepción, formula otra. Viendo al artista se empieza a observar y a conocer su capacidad. Es un artista de la observación. Observa un objeto viviente, una cabeza que ha vivido y vive, es un maestro del ver. Se intuye que es posible aprender de su capacidad de observación. Enseña el arte de observar las cosas. Se trata de un arte muy importante para todos. La obra de arte enseña a observar exactamente, esto es, de manera profunda, amplia y grata no sólo el objeto que ella modela, sino también otros objetos.
Enseña a observar en general. Si el arte de la observación es ya necesario para poder experimentar algo del arte en cuanto tal, para poder encontrar hermoso lo hermoso; deleitarse con la medida de la obra de arte y admirar el espíritu del artista, es aún más necesaria para comprender los elementos de que el artista se vale en su obra de arte. Ya que la obra del artista no sólo es una bella expresión de un objeto real (una cabeza, un paisaje, un acontecimiento humano) y ni siquiera la hermosa expresión de la belleza de un objeto, sino y sobre todo es una representación del objeto, una explicación del objeto.
La obra de arte explica la realidad que representa, refiere y traduce las experiencias que el artista ha llevado a cabo en la vida, enseña a ver justamente las cosas del mundo. Naturalmente los artistas de distintas épocas, ven las cosas de muy diversas maneras.
Su modo de enjuiciarlas no depende sólo de su índole personal, sino tambIén del conocimiento que ellos y su tiempo tienen de las cosas. Es una característica de nuestro tiempo el considerar las cosas en su desenvolvimIento, como cosas volubles, influidas por otras cosas y por toda clase de procesos, como cosas variables.

Este modo de enjuiciamiento lo encontramos tanto en nuestra ciencia, como en nuestras artes. Las reproducciones artísticas de las cosas manifiestan más o menos conscientemente las nuevas experiencias que hemos adquirido de ellas, nuestro creciente conocimiento de la complejidad, variabilidad y natural contradicción de las cosas que nos rodean …y de nosotros mismos.

Es necesario saber que por mucho tiempo los escultores han creído su deber el representar lo “‘esencial”, lo “eterno”, lo “definitivo”, para abreviar, el “alma” de sus modelos. Su,concepción era ésta: Cada hombre tiene un determinado carácter que lleva consigo desde su nacimiento y que ya puede ser observado en el niño. Este carácter puede desarrollarse, es decir, se hace más concreto cuanto más avanza el hombre en años, se revela cada vez más, el hombre se vuelve – digamos- cada vez más distinto cuanto más vive.

Naturalmente puede hacerse más confuso, ser modelado – en un determinado momento de su vida, ya en la juventud ya en la vejez- de la manera más clara y decidida y volver luego a borrarse, a confundirse, a desvanecerse. Pero siempre es algo bien determinado lo que aquí se modela, se acentúa o se desvanece, concretamente el alma singuIar, eterna e irrepetible de este hombre en particular. El artista elaborará pues este rango fundamental, esa marca decisiva del individuo; debe subordinar a este único rasgo todos los demás y eliminar la contradicción de los diversos rasgos en un mismo hombre, de modo que nazca así una clara armonía, que no puede ser exhibida por la cabeza real, sino por la obra de arte, por la reproducción artística. Esta concepción de la tarea del artista parece ahora haber sido superada y abandonada por algunos artistas y aparece en su lugar una nueva concepción.
Naturalmente estos escultores saben que en el individuo existe algo como un carácter determinado en virtud del cual, éste se distingue de los demás individuos. Pero no ven ese carácter como algo armónico, sino como una cosa contradictoria y consideran su deber, no el eliminar de sus rostros tales contradicciones, sino el representarlas.
Un rostro humano es para ellos algo así como un campo de batalla sobre el que libran entre sí fuerzas opuestas una eterna lucha, una lucha sin conclusión. No dan forma a la “idea” de la cabeza, a la idea originaria que el creador pudo haber soñado, sino a una cabeza que la vida ha formado y continuamente transforma, de modo que lo nuevo combate con lo antiguo, por ejemplo el orgullo con la humildad, la ciencia con la ignorancia, el valor con la cobardía, la serenidad con la desesperación, etcétera. Un retrato así reproduce la vida del rostro de modo que es una lucha, un proceso contradictorio. No simboliza un saldo de las ganancias y las pérdidas, sino que concibe a la faz humana como algo vivo, vital, en desarrollo. No se trata que de tal manera venga a faltar la armonía: las fuerzas que combaten acaban por equilibrarse; así como un paisaje puede estar en contradicción (he aquí un árbol que en realidad debe su supervivencia a la continua lucha de numerosas fuerzas contradictorias) y sin embargo producir una sensación de tranquilidad y armonía, así también puede ser un rostro. Es una armonía, pero una nueva armonía. Este nuevo modo de ver de los escultores representa sin duda, un progreso en el arte de la observación, y el público encontrará, durante algún tiempo, dificultades cuando se ponga a observar sus obras de arte -hasta que él también haya realizado ese progreso.

Berltot Brecht

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